DIARIOS Y CARTAS



Franz Kafka. Entre la soledad y el mundo



Esta zona fronteriza entre soledad y compañía, he podido cruzarla rarísimas veces, e incluso puedo decir que me he afincado en ella más que en la misma soledad. (Franz Kafka, Diarios (1914-1923).


La vida de Kafka puede ser definida, de manera global, como la dolorosísima lucha entre soledad y mundo. En efecto, él desea la soledad. Su ser tiende hacia ella casi inexorablemente, pero en la conciencia de que le reporta un destino fatal. Es esta conciencia la que en determinado momento lo lleva a escribir el tan citado aforismo 52: “En la lucha entre ti y el mundo ponte de parte del mundo” (W. Hoffmann, Los aforismos de Kafka, p. 154).

La tierra prometida, piensa Kafka, no se encuentra en la absoluta soledad. Así, para llegar a Canaán, para ser un humano completo, hay que cumplir con los imperativos del mundo, mismos que podrían resumirse en ser esposo y padre, y desarrollar una actividad económicamente lucrativa.

Ésta es su tragedia. Ama la soledad, el desierto, la muerte y, contra todo su ser, pretende vivir, incorporarse al mundo. El mejor ejemplo lo constituyen sus tentativas de matrimonio. Casarse implica cumplir con las leyes de la vida, entrar en comunidad, comunicarse; pero, se “desesperaría en la felicidad de un matrimonio ideal” (Diarios (1914- 1923), p. 191): no puede renunciar a sí mismo.

Opta por la soledad y rompe con Felice Bauer. Se ama al grado de condenarse. Se entrega, pues, como Josef K. en complicidad con sus verdugos, a la muerte. Pero no quiere morir y nuevamente vuelve la vista a Canaán. Varía al fin el rumbo para luego retornar, destrozado, al camino conocido.

Tal es su constante y agotadora lucha, parecida “a los castigos escolares en los que el alumno tiene que escribir diez, cien o más veces [...] una frase carente de sentido [...]; pero [que] en [su] caso se trata de un castigo en el que la orden es: «tantas veces como seas capaz de resistir»” (Diarios (1914-1923), p. 14).

La terrible tensión entre soledad y mundo lo deja, como al cazador Gracchus, sin poder vivir ni morir. Intenta preferir la soledad, el camino al desierto. Por eso teme al amor de Milena:

Mi mundo se derrumba, mi mundo está reconstruyéndose [...]. El derrumbe no lo lamento, estaba en tren de derrumbarse, pero lo que lamento es la reconstrucción (Cartas a Milena, p. 71).

De alguna manera la infancia incide en el tiempo del Kafka adulto que, como se ha visto, transcurre en el conflicto no resuelto entre soledad y mundo. Y es que su niñez se marca por carencias afectivas, principalmente debidas a la prepotencia del padre y a la pasividad de la madre. Tal ambiente de frialdad provoca en el niño, según después lo expresará, sentimientos de desamparo e indefensión que intenta remediar cerrándose a lo que viene de fuera.

La ruptura con el exterior hace de Kafka un ser excluido, aparte de esos otros que conforman la realidad. La vivencia de la separatidad es terriblemente angustiante en cuanto que, como diría Ortega y Gasset, hay una afectación del hombre por su circunstancia. Por ello Kafka piensa, sobre todo durante su juventud, en la necesidad de relacionarse y superar el aislamiento:

[...] respetemos al topo y su manera de vivir, pero no hagamos de él nuestro santo (Cit. por M. Robert, Kafka, p. 24).

[...] la relación con los otros hombres es la relación de la plegaria, la relación consigo mismo es la relación del esfuerzo por superarse; de la plegaria se toma fuerza para este esfuerzo (W. Hoffmann, Los aforismos de Kafka, p. 164; aforismo 106).

No harás nada sin la compañía de los otros. La soledad es horrible (Cit. por M. Brod, Kafka, p. 72).

Sin embargo, no puede encontrar más que el fracaso.

La incapacidad para experimentar la comunicación en parte es debida a que abrirse a lo externo implica la revivificación de anteriores estados de ansiedad; lo remite al viejo sentimiento de desprotección:

Me hacía falta estar con personas extrañas, y sin embargo no me encontraba a gusto en su presencia (Cartas a Felice, t. II, p. 232).

[...] tan raras veces siento bienestar en compañía de otras personas (Cartas a Felice, t. II, p. 286).

Esa ansia de entrar en contacto con los hombres se transforma en angustia cuando es satisfecha (Cit. por K. Wagenbach, La juventud de Franz Kafka, p. 85; en carta a Brod).

Así, pues, por el temor que la comunicación misma provoca, Kafka se repite en una incomunicación que le ha servido desde su infancia como resguardo contra la angustia de encontrarse inerme frente a los otros.

Por otra parte, en la soledad el niño se revierte sobre sí mismo. Hay un afán por autoobservarse que lo torna egocéntrico. El girar sobre el propio yo le impide cualquier tentativa de una verdadera relación interpersonal. Él mismo se descubre:

[...] pese incluso al más justificado deseo de comunicación con los demás, me resulta imposible salir de mí mismo (Cartas a Felice, t. III, p. 560).

La necesidad de concentrarse en sí mismo, de autoanalizarse en la soledad con el propósito de librarse de su problemática, lo lleva a volcarse en la escritura, porque él «consiste» en literatura (véase Cartas a Felice, t. II, pp. 439 y 446 fundamentalmente). Entonces, el autoanálisis y la consecuente liberación estarán dados merced a la creación literaria, por lo que no debe extrañar que Kafka haya pensado titular su obra como “Tentativa de evadirme de mi padre” (M. Brod, Kafka, p. 34). Copio, a continuación, tres citas relativas a la doble función de la literatura:

Cada cual se saca a sí mismo a su manera del submundo en que yace, y mi manera consiste en escribir. Por eso, si he de mantenerme arriba, no me es posible hacerlo más que escribiendo (Cartas a Felice, t. III, p. 600; en carta a Grete Bloch).

La tensión entre la relación Yo-mundo subjetivo y el mundo exterior objetivo, [...] es el problema principal de todo arte (cit. por G. Janouch, Conversaciones con Kafka, p. 257).

[...] he tenido la noción de que mi vida reglamentada, vacía, alienada, propia de un soltero, tiene una justificación. Puedo entablar de nuevo un diálogo conmigo mismo [la literatura] y no estoy contemplando el vacío absoluto con los ojos fijos. Sólo por esta vía puede haber una mejora para mí (Diarios (1914-1923), p. 76).

La literatura ―Kafka pretende convencerse― le permite vivir. Pero la escritura, que está relacionada con la soledad, cercena la posibilidad de ligarse a persona alguna. Si con la literatura respira, no puede menos que dedicarse a ella con exclusividad; de lo contrario ―intenta engañarse―, incurriría en su perdición. Clara prueba de la relación aislamiento-escritura lo es el hecho de que siempre se refirió a su vida de escritor como la causa que impedía la unión con una mujer. O más aún: cuando Felice «osa» decirle que le gustaría estar junto a él durante sus redacciones nocturnas, Kafka llega al extremo de afirmar que desearía habitar una cueva absolutamente solo para poder escribir (Cartas a Felice, t. II, p. 245).

La vocación literaria se constituye, así, en motivo para evitar una aproximación con las personas de las que sin embargo requiere. Y es esta conciencia de la necesidad de los otros, aunada al infeliz amor ―pero amor al fin― a su soledad, lo que lo hace buscar un mecanismo que permita romper su aislamiento, al mismo tiempo que excluya la posibilidad de entrar en comunidad. Dicho mecanismo es el enlace epistolar.

La relación interpersonal que Kafka verifica mediante la correspondencia se parece a lo que sucede en su cuento Preparativos de boda en el campo: se envía un cuerpo vestido, un doble, pero nunca asiste el sujeto mismo.

Por realizar un simulacro de comunicación, dada la propia incapacidad para salir de la soledad, Kafka no puede obtener nada. Lo sabe:

La forma de rechazo con que siempre me he encontrado, no ha sido la que dice: “no te amo”, sino la que dice: “no puedes amarme por mucho que desees, porque amas de un modo desdichado el amor hacia mí; el amor hacia mí no te ama” (Diarios (1914- 1923), p. 218).

Kafka cree en el deber de incorporarse a un mundo al que rehúye, porque ama la soledad que le duele. Terrible conflicto.

Con el propósito de restablecer los desgarros de la infancia, Kafka buscó el aislamiento, y en éste se forjó un universo propio que se transformará, para el adulto, en su literatura. La soledad penetra en la intimidad. En ella vive, en ella escribe. Así, se convierte en su «voluntad», la desea. Por eso afirma que el mejor momento de su vida fue la temporada de soledad completa en Zürau, donde

[...] pensaste que habías terminado con todo, donde te limitaste únicamente a aquello que, dentro de ti, era incuestionable, donde eras libre [...], en el refugio de tu enfermedad, y cuando al mismo tiempo no tenías mucho que cambiar de ti mismo, sino tan sólo volver a trazar con más firmeza, el viejo, mezquino diseño de tu naturaleza (Cartas a Milena, p. 68).

Mezquino diseño de su naturaleza... La soledad lo excluye del mundo.

Kafka cree en el deber de cumplir con los requerimientos del orden social, por eso no abandona el odiado trabajo; pretende contraer matrimonio ―el más importante de dichos requerimientos― a sabiendas de que no lo podrá realizar en cuanto que es lo que más se opone a su «voluntad»: la «horrible» soledad que ama. Se instala, pues, en una “zona fronteriza entre soledad y compañía”, pero ésta es agotadora.

Intenta no dirigir más la mirada hacia el mundo, pero al darle la espalda, entre otras cosas siente transgredir el «programa» de infancia y, por ende, el hacer debido frente a sus padres:

[...] la concordia familiar sólo se ve perturbada por mí, y conforme pasan los años de modo cada vez más grave, con frecuencia no sé qué hacer ni qué pensar, sintiéndome profundamente culpable ante mis padres y ante todo el mundo (Cartas a Felice, t. I, p. 215).

[...] Lo cierto es que, desde siempre, a pesar de toda maldad, desconsideración, egoísmo, desamor, he temblado ante ellos [los padres] y sigo haciéndolo hoy, porque uno no puede dejar de hacerlo, y aunque ellos, mi padre por una parte y mi madre por la otra, han destruido casi sin remedio mi voluntad, a pesar de todo «quiero ser digno de ambos». Ellos me han engañado, y sin embargo no puedo rebelarme contra la ley natural sin volverme loco (Diarios (1914-1923), p. 16; énfasis mío).

Viene a la mente La metmorfosis. Gregorio Samsa quiere ser digno ante sus progenitores: “¡Señor principal, tenga consideración con mis padres!” (p. 26). Pero ya no lo es, se ha convertido en insecto y, en esta condición, está impedido para cumplir con la normatividad del mundo. Finalmente se deja morir, y al hacerlo otorga absoluto respeto a sus padres.

Pero Gregorio se transforma en insecto por haber sido digno de sus padres, por no haber sido él, por su sumisión. Respetar la voluntad egoísta de los progenitores conlleva la conversión en un ente horripilante, ya que ha dejado de ser él mismo para ser lo que los otros desean.

Honrar a los padres, esto es, respetar el programa de infancia, significa la destrucción de la individualidad en cuanto que su voluntad de adulto es la soledad para la literatura. El proceso mental es un expediente defensivo. Lo cierto es que Kafka ha conferido valor a dicho programa; tanto es así que, al mismo tiempo, piensa que su indudable inclinación hacia la soledad ―el desierto― lo hará “sucumbir como un perro” (M. Brod, Kafka, p. 83).

Como ha quedado asentado, en virtud de que ha habido una integración previa a la familia y a la comunidad en general, Kafka valora la temida realidad exterior. De allí sus tentativas de matrimonio que concluyen en fracasos, porque retorna siempre a la soledad; a un desierto en el que, por serlo, no tiene que luchar más, en el que puede dedicarse a él mismo, esto es, a su literatura.

Pero la elección por la soledad es angustiante. Esta angustia tiene en su raíz un sentimiento básico de culpa: se pierde al mundo y se abandona el hacer correcto, ya que “no hay un haber, sólo un ser [...] que anhela asfixiarse” (Hoffmann, Los aforismos de Kafka, p. 155; aforismo 35). Ejemplo de la elección vivida como condenado se encuentra en una anotación en su diario. Rompe con Felice y dice a los padres de ésta (y a los suyos propios y a todo el mundo) un “discurso desde el cadalso” (“no tengáis de mí un mal recuerdo”: Diarios (1914-1923), p. 65; énfasis mío).

Lo más dramático, ciertamente, es el reconocimiento de la invalidez de su elección. En la soledad no se vive, en ella se aprende a morir. Es por este lúcido reconocimiento por el que renace el deseo de rescatarse de la soledad que ama. Vuelve, entonces, la agotadora tensión por el mundo y después, nuevamente, como siempre la soledad.

Antes de la ruptura final con Felice Bauer, Kafka en algunas ocasiones había tratado de defenderse de la deficitaria comunicación recibida en la infancia. Pero, después, se afinca de manera casi definitiva en la soledad.

Para 1922, la elegida soledad lo ha llevado a la completa desesperación. De este año, en el que las anotaciones del diario son de una sinceridad desgarradora, selecciono una cita que muestra lo que ha sido el transcurrir de su existencia y a lo que se ha llegado; asimismo, hay en el texto el análisis del porqué de su problemática:

Un poco inconsciente, cansado de deslizarme cuesta abajo; aún quedan armas aplicadas muy raras veces. Me acerco tan pesadamente a ellas, porque no conozco el placer de usarlas; no lo aprendí de niño. No sólo no lo aprendí “por culpa de mi padre”, sino también porque quería destruir la “calma”, alterar el equilibrio, y por ello no podía permitir que naciera una persona nueva en otra parte [...]. En realidad también tengo “culpa” en este aspecto [...].

[...] ahora soy ciudadano de este otro mundo que se comporta, con respecto al mundo habitual, como el desierto con respecto a la tierra cultivada (llevo cuarenta años emigrando de la tierra de Canaán), miro hacia atrás como un extranjero; es cierto que pertenezco también a ese otro mundo ―lo he traído conmigo como herencia paterna; soy el más insignificante y el más temeroso de sus habitantes [...].

[...] las esperanzas infantiles (especialmente respecto a las mujeres): “Puede que me quede en Canaán”, y entre tanto, llevo ya muchísimo tiempo en el desierto y sólo existen visiones de desesperación [...], y Canaán debe representarse como la única tierra prometida, porque no hay otra para el hombre (Diarios (1914-1923), p. 210).

En el apunte anterior aparece la clara percepción de que el mensaje familiar (para Kafka, fundamentalmente paterno) ha actuado sobre él. Así, desde la preferida terrible soledad, él ve un mundo en el que no ha podido transitar sino dando tumbos (por el padre y por él mismo). Sea suficiente un breve repaso de la niñez de Franz Kafka:

Durante su infancia hubo un resquebrajamiento de la confianza básica. El “esclavo” (Carta al padre, p. 27) no pudo menos que tener miedo a las relaciones con las figuras parentales y a su medio en general. Por este motivo, principalmente, se encierra en un mundo propio. La urdimbre, pues, lo “empuja” (Diarios (1914-1923), pp. 209 y 200) a la soledad.

Solo y situado en el estrato más bajo de la escala jerárquica, no aprende a utilizar las “armas” para incorporarse a la temida realidad exterior y para defenderse de él mismo, de su propia necesidad de soledad.

La soledad le ofrece un seguro mundo privado, pero el enclaustramiento lo aleja de los otros y del hacer debido. Entonces desea al mundo, mas sin quererlo en virtud del temor y la extrañeza frente al ambiente externo que la misma soledad ha incrementado, y por la mencionada necesidad de ella. Así, surge la angustiosa tensión entre soledad y mundo que el adulto no resuelve. Al no hallar resolución, Kafka se autoflagela y se autocompadece, como si ésta fuese la condición de su existencia.

Por otro lado, cabe subrayar la última parte de la cita. Kafka se descubre desesperado y da la victoria a ese mundo en el cual no ha podido permanecer. La conciencia de sí es implacable: la soledad por la que optó no lo condujo a otro sitio que no fuera a un peregrinar en el desierto.

Su vida en general, escribe en ese mismo año, no ha sido más que una sucesión de fracasos. De éstos hace inventario: “piano, violín, idiomas, germanística, antisionismo, sionismo, horticultura, carpintería, literatura, intentos de matrimonio, casa propia” (Diarios (1914-1923), p. 206).

En efecto, dentro de este inventario se encuentra la literatura que, quiso creer, lo habría de redimir. Pero Kafka siempre supo que el “escribir significa abrirse desmesuradamente, la más extrema franqueza y la más extrema entrega” (Cartas a Felice, t. II, p. 245). Entonces, si la literatura no se concibe sin la introducción de la propia problemática, ella implica un descenso al infierno (véase Escritos sobre sus escritos, p. 175). Por lo tanto, no puede salvar a nadie y se convierte en “[...] un mal mediante el cual se libera para llegar a otro nuevo” (cit. por Janouch, Conversaciones con Kafka, p. 38) o bien en el “salario por servicios diabólicos” (Escritos sobre sus escritos, p. 175).

Hay que recordar, también de 1922, otro relato de Kafka: Un artista del hambre. Se hace pasar por arte lo que no es más que un problema del protagonista: repulsión hacia los alimentos. Sin embargo, son alimentos... (“Canaán debe representarse como la única tierra prometida, porque no hay otra para el hombre”).

Como se ha visto, 1922 es un año de importancia cardinal. En los apuntes del diario ya no hay más tretas justificadoras con las que a veces pretendió engañarse. La misma literatura es sólo otro elemento del balance negativo, de ese caminar sin avance (véase Diarios (1914-1923), p. 206) que ha sido su vida.

Kafka, pues, llega a la conclusión de que nunca tuvo “ni la más mínima orientación para abrir[se] paso en la vida (Diarios (1914-1923), p. 206) y, por lo tanto, su existencia fue sólo una marcha inmóvil.

La conclusión refleja un fracaso en la realización del yo, y esto tiene entre sus principales condicionantes el hecho de que la formación de su personalidad careció de certero apoyo afectivo en una atmósfera de seguridad. Su vida fue un caminar sin progreso, en buena medida porque los desgarramientos de la infancia lo marcan. Por consiguiente, no tuvo lugar el porvenir. El futuro ―Kafka siempre lo supo merced a su incuestionable facultad de análisis―, fue experimentado en los sollozos de la niñez y siempre fue pasado.

Lillian von der Walde Moheno (Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa)

— Destiempos



Writing the Unwritable - Exploring the Differend in Kafkas’s Letter to His Father



Franz Kafka’s over forty page long, sprawling Brief an den Vater (1919) never reached its addressee, because he never sent it to him. However – was it ever meant to reach him? In the following lines I want to discuss the possible addressees with special regard to the differend, as defined by Jean-François Lyotard in his book The Differend. Phrases in Dispute. In the letter, Kafka responds to a question of his father, Hermann Kafka, why he maintains to be afraid of him. He then recapitulates his life with his father and thereby shows that he has always been a tyrant for him. Franz felt guilty all his life and his father gave him this feeling by expecting a gratitude that Franz never showed and could never show. His father’s physical and psychological strong presence was so overwhelming for Franz, who had completely different interests than his father had and wanted his son to have, that he actually tried to escape him several times – and failed. Franz furthermore describes traumatic scenes of his youth, in which the much stronger father always tyrannized the young Franz. Later in his life there are also Franz’ several attempts to marry, another means to escape the father’s shadow into his own life, that originate from the difficult relationship with Hermann Kafka. Of course, every attempt is doomed from the beginning on because there is no way for Franz to free himself from this overwhelming and omnipresent father-figure. „[…] Du warst für mich das Maß aller Dinge.” (FK 151)

Then, at the very end of his letter, he even comes up with his version of a possible response letter from the father. In so doing, most of his former arguments seem to become relative and even wrong. In fact, this passage, Franz Kafka speaking with the imaginary voice of Hermann Kafka, is the key element of the letter to his father and will be the center of the following attempt to show the desperate situation Franz Kafka finds himself in. Furthermore the letter, in its entirety, might also show Kafka’s way of escaping his father’s influence, or better, be this way.

As a first step, one should ask who the true addressee of the letter is. Did it really fail to reach him, because Hermann Kafka never got it? Or could the intended recipient also be a third person, an unknown reader? Or every possible reader? Or even Kafka himself? And if the father is not the true addressee of the letter, then why was Kafka writing it?

To find out about this, one first has to uncover, in exactly what kind of desperate situation, in which there seems to be nothing he could do to better it, Kafka finds himself in. Jean-François Lyotard establishes the term of the wrong: “This is what a wrong [tort] would be: a damage [dommage] accompanied by the loss of the means to prove the damage.” (L 5)

Kafka certainly got this damage very early in his youth, the description of his father as he perceived him as a child is that of a true monster:

„Dich aber hörte und sah ich im Geschäft schreien, schimpfen und wüten, wie es meiner damaligen Meinung nach in der ganzen Welt nicht wieder vorkam. Und nicht nur Schimpfen, auch sonstige Tyrannei.” (FK 172)

This is one of many passages in which Franz is terrified by the sheer presence of his father, even though he is not yelling at Franz but at his employees. This disturbed father-son relationship can be found in a concentrated form when Franz describes a traumatic incident:

„Ich winselte einmal in der Nacht immerfort um Wasser, gewiß nicht aus Durst, sondern wahrscheinlich teils um zu ärgern, teils um mich zu unterhalten. Nachdem einige starke Drohungen nicht geholfen hatten, nahmst Du mich aus dem Bett, trugst mich auf die Pawlatsche und ließest mich dort allein vor der geschlossenen Tür ein Weilchen im Hemd stehen. […] Noch nach Jahren litt ich unter der quälenden Vorstellung, daß der riesige Mann, mein Vater, die letzte Instanz fast ohne Grund kommen und mich in der Nacht aus dem Bett auf die Pawlatsche tragen konnte und daß ich also ein solches Nichts für ihn war.“ (FK 149)

This is a remarkable passage in many concerns. First of all, it is the way, Kafka describes himself. He does not cry, but “winseln”, which has two negative connotations: It indicates that Franz was really getting on the nerves of his father (and therefore takes the blame in the beginning of the incident’s description), and also that the one doing it („winseln”) is not only small but rather pathetic as well. In the next insertion („gewiß nicht aus Durst, sondern wahrscheinlich teils um zu ärgern, teils um mich zu unterhalten”) Kafka stresses his own guilt by blaming himself for the attempt to annoy („ärgern”) his father or at least to do it for his own entertainment. The father’s way of punishing his son seems to be justified on the one hand, but, on the other hand, trying to see the situation objectively, without being manipulated by Kafka’s weighted choice of words, far too extreme. Even the description of the punishment itself seems to convey it as being more harmless than it may have been: His father keeps him outside for a little while („ein Weilchen”) – Kafka uses the trivialized form of the noun. One should not forget at this point, that the older Kafka writes about, or even in the perspective of, the young Kafka.

In many psychoanalytical interpretations of the letter (some of them finding an unsolved Oedipus complex) the lonely Kafka on the “Pawlatsche” is also one of the key scenes. It would go beyond the scope of this interpretation to consider Freudian readings of the letter to his father but the possibility of an unsolved Oedipus complex might help to understand the complexity of Kafka’s trauma and the hopelessness of his situation.

Afterwards, when writing about the consequences this punishment had for him, he does not trivialize the situation any more – it seems to be the more grown up voice of Kafka speaking about a „quälende Vorstellung”. To sum it up, one can say that Kafka’s father truly did tyrannize his son, but surprisingly Kafka chooses a very mild language to describe his nightmares, indeed, he seems to use two entirely different voices: the young and the old Kafka.

As one can now see; the first part of Lyotard’s definition of the wrong is fulfilled: the damage. However, Kafka, at first glance, does not seem to fulfill the second prerequisite, which is the loss of the means to prove the damage, because he can testify that his father tyrannized him and even stresses this by speaking with two different voices: the young Kafka seems to be the witness for the older Kafka, appearing as the plaintiff. But is this really true? Can Kafka be a plaintiff? Looking closely at the text previously, revealed that the surprisingly mild language does not seem to fit the image of a plaintiff. This is one of the first indications of Kafka’s inability to be such a plaintiff. In fact, he appears to be a victim; as Lyotard defines it: “It is in the nature of a victim not to be able to prove that one has been done a wrong. A plaintiff is someone who has incurred damages and who disposes of the means to prove it. One becomes a victim if one loses these means.” (L 8)

It first seemed that Kafka had the means to prove the damage, because by speaking with the voice of the young Kafka, he is a direct witness of his trauma.

Yet, there remains one fundamental problem, the reason why Kafka can never be a plaintiff and must always be a victim: his father is also his judge.

Lyotard goes on: “One loses them, for example, if the author of the damages turns out directly or indirectly to be one’s judge.” (L 8)

Kafka fully understands this vicious circle – that is the reason why he uses such mild language to describe his father’s cruelties and, at the end of his own letter, writes in the name of the father and thereby reveals that what his father did to him is even more than just a crime. Moreover, it is the “perfect crime”, as Lyotard explains:

“Reciprocally, the “perfect crime” does not consist in killing the victim or the witnesses […], but rather in obtaining the silence of the witnesses, the deafness of the judges, and the inconsistency (insanity) of the testimony.” (L 8)

The literal silence of the witness, therefore, no longer surprises: Kafka never gave the letter to his father and he never published it, because it would not have changed anything. With his father being the judge, he could never prove the wrong that he did to him and therefore had to remain the silent victim. What Lyotard calls the "inconsistency of the testimony” is also already recognized by Kafka when he writes the imaginative answer of his father:

„Lebensuntüchtig bist Du; um es Dir aber darin bequem einrichten zu können, beweist Du, daß ich alle Deine Lebenstüchtigkeit Dir genommen und in meine Taschen gesteckt habe.“ (FK 215)

Kafka himself realizes that he cannot escape, that he has to remain the victim. At the very end, Kafka says something remarkable about his father’s possible answer, now with his own voice again:

„[…] mit der Korrektur, die sich durch diesen Einwurf ergibt, eine Korrektur, die ich im einzelnen weder ausführen kann noch will, ist meiner Meinung nach doch etwas der Wahrheit so sehr Angenähertes erreicht, daß es uns beide ein wenig beruhigen und Leben und Sterben leichter machen kann.“ (FK 217)

He calls the imagined answer a correction („eine Korrektur“). Without this alteration, in which he himself lets his father be the judge and destroy Franz’ former arguments, the image would be wrong. Thus, the image Kafka is creating of the relationship can only come close to the truth („der Wahrheit so sehr Angenähertes”) when including the imaginary reply, in which the father appears as the judge. This indicates that Kafka knows about being a victim and, even more importantly, being doomed to stay the victim. Therefore, it is essential, that Kafka cannot explain the correction, as he says “eine Korrektur, die ich im einzelnen weder ausführen kann noch will”. He literally cannot say what he wants to and therefore uses the structure of an imagined reply. What Kafka tries to express here, therefore, is a differend as Lyotard defines it: “I would like to call a differend [différend] the case where the plaintiff is divested of the means to argue and becomes for that reason a victim.” (L 9)

Lyotard furthermore explains that a differend can not be expressed by means of ordinary communication: “In the differend, something 'asks' to be put into phrases, and suffers from the wrong of not being able to put into phrases right away. This is when the human beings who thought they could use language as an instrument of communication learn […] that they must be allowed to institute idioms which do net yet exist.” (L 13)

So maybe Kafka’s inability of explaining the correction he made by including his father’s possible answer is the proof that he only has an idea of what he wants to say, but no means to do so. Because he is obviously trying to express the differend, he manages it, as far as this is possible, by creating the father’s voice. Therefore he cannot speak the truth, but something very close to it („der Wahrheit so sehr Angenähertes”).

The letter consequently only works as a contrast between the voice(s) of the son and the imagined voice of the father – in so doing it reaches a high level of describing the differend, but it also shows that Franz is and will always be the victim.

Coming back to the question, who might be the addressee of this letter, one can now assume that it might not be the father. As the judge, he would have nothing but another proof of his sons inability to live („Lebensuntüchtig bist Du”), as Kafka stresses. Thus, it would be useless to give him the letter; he already committed the “perfect crime”.

Nevertheless, Kafka did write the letter. Why? Could the writing itself be the reason for writing it?

Kafka knows that he can never escape his role as the victim. Maybe that is why he entirely committed himself to literature. As soon as one starts to write, the author dies, postulates Roland Barthes in his essay The death of the author. Barthes proposes that the very act of narration stands in opposition to the idea of a subject acting in the present. Once the author sits down to write, he or she becomes the one who is the mediator between the language and the writing, he becomes a scriptor. He lives only in the moment of writing and his text becomes “a multi-dimensional space in which a variety of writings, none of them original, blend and clash. The text is a tissue of quotations drawn from the innumerable centers of culture.” (RB 146)

When Kafka gives birth to the scriptor while writing his texts it is an entirely new instance which might be influenced by, but is not necessarily part of, Franz Kafka, the victim. Therefore, the act of writing itself seems to be the only possible, yet partial, release for Kafka. Of course he will never be able to free himself entirely because he will still always be his father’s victim, but the very moment of creating the tissue of quotations can bring relief. Therefore, Kafka’s existence is totally committed to literature, as he wrote to Felice: „Ich habe kein literarisches Interesse, sondern bestehe aus Literatur, ich bin nichts anderes und kann nichts anderes sein.” (letter to Felice, 08.14.1913) Thus, Stanley Corngold, trying to evolve Kafka’s Narrative Perspective in the so titled essay, states:

“If Kafka, the man, embodies literature, if, indeed literature inscribes Kafka, then it would seem, in a strict sense, that no such thing as Kafka’s self exists. […] The phenomenon of Kafka appears to illustrate par excellence 'the death of the author'.” (SC 162)

And Theo Meyer, who tries to find evidence for Kafka’s being literature in his essay Franz Kafka, Labyrinth und Existenz, writes:

„Sich durch Schreiben am Leben erhalten, im Schreibvorgang als solchem den Sinn der eigenen Existenz zu sehen, zu erfahren – dies wird in wachsendem Maße zum Daseinsentwurf des Schriftstellers Kafka.“ (TM 477)

Much evidence for Kafka’s existential view of writing can be found; as well as in other sources, also in the letter to his father. When speaking about his three unsuccessful attempts to marry, Kafka admits that it is not his father who hindered him in the first place:

„Ich habe schon angedeutet, daß ich im Schreiben und in dem, was damit zusammenhängt, kleine Selbständigkeitsversuche, Fluchtversuche mit allerkleinstem Erfolg gemacht habe, sie werden kaum weiterführen, vieles bestätigt mir das. Trotzdem ist es meine Pflicht oder vielmehr es besteht mein Leben darin, über ihnen zu wachen, keine Gefahr, die ich abwehren kann, ja keine Möglichkeit einer solchen Gefahr an sie herankommen zu lassen.“ (FK 211)

One should not underestimate this statement because of the typical trivializations. Writing is by far the most important thing for Kafka and that is why he wants to have a wife on the one hand but cannot marry (it would make it impossible to spend all his free time writing) on the other. He has to be a bachelor, has to commit his whole existence to writing. Kafka himself would not have agreed with Barthes view of an instance writer, of the author not being the “I” when writing it, as Corngold points out: “[…] Kafka’s subject is a poetic self” (SC 165). Nevertheless, Meyer refers to an important sentence of Kafka, writing to his friend Oskar Pollak: „Wenn das Buch, das wir lesen, uns nicht mit einem Faustschlag auf den Schädel weckt, wozu lesen wir dann das Buch?“ Meyer, therefore, characterizes Kafka’s texts as „Selbstbefreiungsversuche eines Schriftstellers, der in mehrfacher Hinsicht an Repressionen, an äußeren und inneren Zwängen litt, die er durch das Schreiben zu kompensieren und zu überwinden hoffte.“ (TM 471)

In addition, Corngold comes to the similar conclusion that Kafka’s writing “always generates a second, an excessive text oblique to the first.” (SC 168) The person, Franz Kafka, generates a scriptor who can go beyond the experiences and the reality of Kafka’s victimized self.

Asking once again, who, after all, is the addressee of his letter, one can finally also say, that there could be none - indeed, does not have to be one.

Kafka himself wanted the letter to be destroyed after his death – it fulfilled its task, which might only have been to become written. Kafka dedicated his life to the being literature, which, considering the wrong that doomed him to be a victim for his lifetime, might also have given him the only possible relief by automatically creating an instance, the scriptor, which itself gave origin to the text. Kafka could never actually manage to escape his father’s influence, being the victim, but, while writing, he created something that was independent from it.

The letter to his father therefore works on two different tiers: it does not only show, on its first, very literal level, how close one can come in describing the differend, while knowing that a perfect description would be against its definition and thus must be impossible, but, on a second level, also shows an author finding a way to deal with it: by writing the unwritable.

Christian Fischer

— The Kafka Project



Notes sur Kafka, 2



Journal de Kafka, 6 août 1914, quatre jours après la déclaration de guerre de l’Allemagne à la Russie : «Considéré du point de vue de la littérature, mon destin est très simple. La disposition à représenter ma vie intérieure toute pareille à un rêve, der Sinn für die Darstellung meines traumhaften innern Lebens, a fait tomber tout le reste dans l’accessoire, et tout le reste s’est affreusement rabougri et ne cesse de se rabougrir.» Juste après, il dit avoir assisté, le regard mauvais, à un défilé patriotique avec discours du bourgmestre et acclamations de la foule.

On dirait que c’est à partir de cette disposition introspective qu’a pu éclore le cauchemar trop réel qui s’en est suivi de par le monde. (Borges : « Le destin de Kafka consista à transformer les événements et les agonies en fables. » On pourrait aussi affirmer l’inverse.)


Journal, 7 août 1917 (un brouillon pour sortir de la colonie pénitentiaire, mais comme toujours, Kafka disait ne pas trouver la sortie):

«Le voyageur se sentait trop fatigué pour ordonner ou même pour faire encore quelque chose. Il se contenta de tirer un mouchoir de sa poche, fit un geste comme pour le plonger dans le seau à distance, pressa le mouchoir sur son front et s’étendit à côté de la fosse. C’est dans cet état que le trouvèrent deux messieurs envoyés par le commandant pour le chercher. Lorsqu’ils lui adressèrent la parole, il sauta sur ses pieds, tout ragaillardi. Il dit, la main sur le cœur: “Que je sois un chien [ein Hundsfott : une canaille], si je tolère ça !” Mais alors il prit cela au mot, aber dann nahm er das wörtlich, et se mit à courir de tous côtés à quatre pattes. Cependant il faisait un bond de temps en temps, s’arrachait positivement du sol, se suspendait au cou de l’un des messieurs, s’écriait tout en larmes : “Pourquoi moi !”, et se hâtait de rejoindre son poste.»

(Dans mon infidèle mémoire, l’homme-chien, par-dessus le marché, aboyait. Mais, corrigeait Kafka au nom de son végétarisme, «je n’aboie pas, et je ne mords pas non plus».)

Fatalement j’évoque la photo-emblème de Kafka vers 1908 — quelque peu chaplinesque sous le chapeau melon mal vissé — tenant par l’oreille, comme pour tenter, sans succès, de l’immobiliser devant l’objectif, un colley en pleine métamorphose. Sur la photo complète — publiée par Brod, puis par Wagenbach —, à gauche, on découvre la figure souriante, anodine et bouclée, de la serveuse de cabaret H[ansi Julie Szokoll], une de ses amours vénales au « corps de petit garçon » (ainsi que Kafka la décrit initialement dans une lettre du 9 juin à Max Brod) ; mais presque toujours son image est coupée, à l’image du destin de Kafka, resté seul avec le chien.

N.B. Le 13 décembre 1911, couché sur le canapé, il fait des rêves dégoûtants, et se réveille un chien couché sur le corps, une patte tout près de son visage : «j’ai eu peur un bon moment d’ouvrir les yeux et de le regarder.»


Lettre du jeune Kafka à Oskar Pollak, 27-1-1904:

«Je crois qu’on ne devrait somme toute lire que des livres qui mordent et piquent. Si le livre que nous lisons ne nous réveille pas d’un coup de poing sur le crâne, à quoi bon lire ce livre ? Pour qu’il nous rende heureux, comme tu l’écris ? Mon Dieu, nous serions tout aussi heureux si nous n’avions pas de livres, et des livres qui nous rendent heureux, nous pourrions à la rigueur en écrire nous-mêmes. Mais nous avons besoin de livres qui agissent sur nous comme un malheur dont nous souffririons beaucoup, comme la mort de quelqu’un que nous aimerions plus que nous-mêmes, comme si nous étions chassés dans des forêts, loin de tous les hommes, comme un suicide — un livre doit être la hache qui brise la mer gelée en nous. Voilà ce que je crois.»

Das glaube ich est l’aboiement d’un jeune chien. La jeunesse de Kafka, ici, consiste à souligner la croyance : la dernière phrase est donc de trop. Plus tard, il effacera ce voilà, qui trahissait son destin : Nous Juifs, répétera-t-il, sommes nés vieux. (Mondrian, quoique non-Juif, dira la même chose de lui-même)

Mais, témoignages et photos concordent : à quarante ans, et gravement malade, il avait, malgré ses tempes grison-nantes, l’apparence d’un adolescent.

Rite de passage. La vieille langue française conserve quelques traces de l’être animal de l’humain : blanc-bec, jacasser, jeter sa gourme. En jetant sa gourme, le blanc-bec se défait de son animalité de jeune volatile ou de jeune cheval. Mais la langue (poétique), l’image (chinoise) peuvent nous réconcilier avec l’animal que donc je suis.

De Jules Laforgue, Notes sur Baudelaire (Mélanges posthumes, p. 114 — signalé par Florent Perrier):

«Il a trouvé le miaulement, le miaulement nocturne, singulier, langoureux, désespéré, exaspéré, infiniment solitaire — dans ses élévations, ces syllabes envolées, extatiques, ce que les compositeurs appellent sous-harmoniques.»


D’une lettre à Ottla, février 1921:

Le soir j’étais triste parce que j’avais mangé des sardines, c’était bien préparé, mayonnaise, petits morceaux de beurre, purée de pommes de terre, seulement c’était des sardines. Depuis quelques jours déjà j’avais envie de viande, ç’a été une bonne leçon. Après quoi je suis allé dans la forêt triste comme une hyène (avec un peu de toux comme signe humain distinctif) et j’ai passé la nuit triste comme une hyène. Je me figurais l’hyène qui se trouvait une boîte de sardines perdue par une caravane, piétinait le petit cercueil de fer-blanc et en avalait les cadavres. En quoi elle ne se distingue peut-être de l’homme que parce qu’elle y est forcée et ne le veut pas (sinon pourquoi serait-elle si triste, pourquoi la tristesse lui fermerait-elle toujours à demi les yeux ?), alors que nous le voulons sans y être forcés. Tôt le matin le docteur m’a consolé : après tout c’est moi qui ai mangé les sardines et non les sardines qui m’ont mangé
.

* (ein wenig Husten war das menschliche Unter-scheidungszeichen) — mais la toux, me faisait observer Anouk J., n’est pas un signe humain distinctif, et Kafka le savait bien : le chien malade que Blumfeld le vieux garçon n’achètera pas gémit, toussotte, winselt, hüstelt**. La toux n’est pas réservée à l’homme, pas plus que le langage. Pas plus que l’écriture, sinon moins. Et quant à ce qui force ou non hommes et bêtes…

** Gregor Samsa devenu insecte : «Pour s’éclaircir la voix le plus possible en vue de la conversation qu’il aurait bientôt à soutenir, il toussa un peu, s’efforçant de le faire très bas, car peut-être ce bruit ne sonnait déjà plus comme une toux humaine ; lui-même n’osait plus en décider.»


La stratégie de Kafka est l’exploration de cette perméabilité qui affaiblit ses défenses : il se projette au cœur de l’attaque tout en maintenant sa force interne. 30 août 1912 (une quinzaine de jours plus tôt, il avait rencontré Felice Bauer et envoyé à l’éditeur les prosettes de son premier livre, Regard) : « Je deviens difficile à ébranl.,mer et pourtant je suis inquiet. Comme j’étais cet après-midi couché dans mon lit et que quelqu’un tournait rapidement une clef dans la serrure, j’ai eu un moment des serrures sur tout le corps comme dans un bal costumé et à de brefs intervalles ici ou là une serrure était ouverte ou fermée. » Trois semaines après, il écrit coup sur coup Le Verdict, Le Chauffeur et les chapitres suivants du roman Le Disparu, puis La Métamorphose.

Cinq ans plus tard, le dénouement de son impossible lien avec Felice est proche : en août, il crache le sang. Début septembre, on diagnostique la tuberculose. Début octobre, il écrit à Brod : « J’en suis arrivé à penser que la tuberculose, telle que je l’ai, n’est pas une maladie particulière, pas une maladie méritant un nom particulier, mais tout bonnement un renforcement du germe de mort en général… »


C’est à partir de métaphores que souvent Kafka développe ses histoires, en particulier ses histoires animales. Janouch lui parle de son état:

«Bref, comme dit mon père, la vie de fonctionnaire est une vie de chien!

— Oui, dit Kafka. Mais je n’aboie à personne, et je ne mords pas non plus. Comme vous le savez, je suis végétarien. En fait de viande, les végétariens ne vivent que de leur propre chair.»[...]

Jean-Claude Lebensztejn

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