biografía
       
bibliografía
Le manifeste Dada d'Hugo Ball
14 juillet 1916
Le dadaïsme comporte une multitude de manifestes reflétant
bien la pensée du mouvement.
Celui-ci fut rédigé par Hugo Ball, écrivain et poète Dada, en 1916.
«Dada est une nouvelle tendance artistique, on s'en rend bien compte, puisque, jusqu'à aujourd'hui, personne n'en savait rien et que demain tout Zurich en parlera. Dada a son origine dans le dictionnaire. C'est terriblement simple. En français cela signifie «cheval de bois». En allemand «va te faire, au revoir, à la prochaine». En roumain «oui en effet, vous avez raison, c'est ça, d'accord, vraiment, on s'en occupe », etc. C'est un mot international. Seulement un mot et ce mot comme mouvement.
Très facile à comprendre. Lorsqu'on en fait une tendance artistique, cela revient à vouloir supprimer les complications. Psychologie Dada. Allemagne Dada y compris indigestions et crampes brouillardeuses, littérature Dada, bourgeoisie Dada et vous, très vénérés poètes, vous qui avez toujours fait de la poésie avec des mots, mais qui n'en faites jamais du mot lui-même, vous qui tournez autour d'un simple point en poétisant. Guerre mondiale Dada et pas de fin, révolution Dada et pas de commencement. Dada, amis et soi-disant poètes, très estimés fabricateurs et évangélistes Dada Tzara, Dada Huelsenbeck, Dada m'Dada, Dada m'Dada, Dada mhm, Dada dera Dada, Dada Hue, Dada Tza.
Comment obtenir la béatitude? En disant Dada. Comment devenir célèbre? En disant Dada. D'un geste noble et avec des manières raffinées. Jusqu'à la folie. Jusqu'à l'évanouissement. Comment en finir avec tout ce qui est journalisticaille, anguille, tout ce qui est gentil et propret, borné, vermoulu de morale, européanisé, énervé ? En disant Dada. Dada c'est l'âme du monde, Dada c'est le grand truc. Dada c'est le meilleur savon au lait de lys du monde. Dada Monsieur Rubiner, Dada Monsieur Korrodi, Dada Monsieur Anastasius Lilienstein. Cela veut dire en allemand : l'hospitalité de la Suisse est infiniment appréciable. Et en esthétique, ce qui compte, c'est la qualité. Je lis des vers qui n'ont d'autre but que de renoncer au langage conventionnel, de s'en défaire. Dada Johann Fuchsgang Goethe. Dada Stendhal, Dada Dalaï-lama, Bouddha, Bible et Nietzsche. Dada m'Dada. Dada mhm Dada da. Ce qui importe, c'est la liaison et que, tout d'abord, elle soit quelque peu interrompue.
Je ne veux pas de mots inventés par quelqu'un d'autre. Tous les mots ont été inventés par les autres. Je revendique mes propres bêtises, mon propre rythme et des voyelles et des consonnes qui vont avec, qui y correspondent, qui soient les miens. Si une vibration mesure sept aunes, je veux, bien entendu, des mots qui mesurent sept aunes. Les mots de Monsieur Dupont ne mesurent que deux centimètres et demi. On voit alors parfaitement bien comment se produit le langage articulé. Je laisse galipetter les voyelles, je laisse tout simplement tomber les sons, à peu près comme miaule un chat… Des mots surgissent, des épaules de mots, des jambes, des bras, des mains de mots. AU. OI. U. Il ne faut pas laisser venir trop de mots. Un vers c'est l'occasion de se défaire de toute la saleté. Je voulais laisser tomber le langage lui-même, ce sacré langage, tout souillé, comme les pièces de monnaies usées par des marchands. Je veux le mot là où il s'arrête et là où il commence. Dada, c'est le coeur des mots. Toute chose a son mot, mais le mot est devenu une chose en soi. Pourquoi ne le trouverais-je pas, moi ? Pourquoi l'arbre ne pourrait-il pas s'appeler Plouplouche et Plouploubache quand il a plu ? Le mot, le mot, le mot à l'extérieur de votre sphère, de votre air méphitique, de cette ridicule impuissance, de votre sidérante satisfaction de vous-mêmes. Loin de tout ce radotage répétitif, de votre évidente stupidité.
Le mot, messieurs, le mot est une affaire publique de tout premier ordre.
Hugo Ball, Zurich, le 14 juillet 1916»
— DadaïsmeEl Movimiento Dadá
En plena Gran Guerra, un joven poeta alemán llamado Hugo Ball, decidió pasar de kaiseres y armadas, y, desertando del ejército, se traslada con su compañera, Emmy Jennigs, a la ciudad de Zurich, en la neutral Suiza, donde siendo ella bailarina y pianista proyectan, para ganarse la vida, transformar una taberna de chicas de alterne en café literario, inaugurándose el cabaret Voltaire el 1 de febrero de 1916. Pronto se convierte el lugar en puerto de todos aquellos poetas y pintores que han preferido, y podido, desertar de las patrias a desertar de su propia voluntad de vida y libertad, y se va creando compacto, pintoresco e internacional alrededor del bakuninista Ball, con los rumanos Tristán Tzara y Marcel Janko, el alsaciano Jean Arp y su compañera Sophie Taeuber, los alemanes Huelsenbeck y Hans Richter, y otros colegas de variadas actividades y nacionalidades. Y nace el más libertario de los movimientos artísticos: “Dadá”, revolucionando y transgrediendo cuantos conceptos se tenían hasta el momento sobre el arte. el poeta Tzara lo explica así: ”Dadá nació de una rebelión que en aquel momento era común a todos los jóvenes, una rebelión que exigía una adhesión completa del individuo a las necesidades de su naturaleza, sin consideraciones para la historia, la lógica, la moral común, el Honor, la Patria, la Familia, el Arte, la Religión, la Libertad, la Fraternidad, ni para muchas otras nociones más, correspondientes a necesidades humanas, pero de las cuales solo subsistían algunas convicciones huecas, ya que habían sido vaciadas de su contenido inicial”. Y Hugo Ball, aclararía:
Gadji beri bimba
glandiri lauli loni cadori
gadjama bim beri glassala...
En el Voltaire se daban recitales de música ruidística, de poesía fonética, de teatro dadá, mientras en sus paredes se exponían lienzos de pintores desconocidos, como Picasso, George Grosz, Janko, Arp y otros. A veces se dejaba que tocara el piano algún espontáneo novel como Arthur Rubinstein, o que recitara sus poemas Max Jacob. A veces el personal asistente no sabía muy bien de que iba la fiesta y las botellas y picassos volaban por los aires, teniendo que intervenir la fuerza pública...
Francis Picabia, pintor francés instalado en la revolucionaria Barcelona de la huelga de “La Canadiense” y las luchas por la jornada de 8 horas, entra en contacto con los dadás de Zurich y funda en Barcelona la revista 391, difundiendo el dadaísmo en España, mientras otros simpatizantes lo van extendiendo por toda Europa y los Estados Unidos. La provocación a los conceptos artísticos y formas de vida burguesas son continuos, y en algunos lugares llega a alcanzar el movimiento tal auge que la policía y demás entes represivos comienzan a atacarle con decisión, como en el caso de Colonia, donde las autoridades llegan a juzgar al grupo dadá de la ciudad como más peligroso y subversivo que los movimientos políticos marxistas.
A mediados de la década de los 20 empieza a decrecer la fuerza dadaísta, pues algunos de sus más agresivos miembros se pasan a las filas del recién fundado surrealismo, que con principios paralelos adopta, sin embargo, unas formas más organizadas con pretensiones científicas. Tal es el caso de Max Ernst y de Picabia; por otra parte el poeta francés André Breton, autor del Manifiesto Surrealista y principal animador de la tendencia, es por esa época un marxista convencido y ataca con toda la fuerza de sus escritos el manifiesto libertarismo explicito en dadá. Aunque Breton, hombre inquieto y reflexivo, iría evolucionando progresivamente sus ideas hacia el antiautoritarismo, llegando a simpatizar con la Federación Anarquista francesa y colaborando en su periódico LE LIBERTAIRE en la década de los 50. Escribiría el poeta “La bandera roja, pura de marcas e insignias, siempre recuperaré hacia ella la mirada que tenía a los 17 años, cuando durante una manifestación popular, la vi desplegarse a millares sobre el cielo bajo del Pre-Saint-Gervais. Y sin embargo, y siento que por la razón no puedo evitarlo, seguiré estremeciéndome mas aún al evocar el momento en que aquel mar llameante, en lugares poco numerosos bien delimitados, se vio perforado por el vuelo de las banderas negras”.
Más cerradas las filas continuarían las actividades dadá durante todo el periodo de entre guerras, realizándose algunas de las mas afortunadas y simpáticas de sus obras, como la Merz-Saule de Kurt Schwitters, que consistía en una escultura de ensamblajes en columna en continuo crecimiento, Schwitters pertenecía al grupo de Hannover, y coleccionaba billetes usados de autobús y tranvía, cintas de raso, envolturas de queso, suelas desgastadas, briznas de paja, botones de ropa deshecha y cuanto desperdicio similar encontraba en su camino que sedujese su atención, y con ellos componía collages que son obras maestras del refinamiento y la sutileza. La columna tuvo su origen en el piso bajo que ocupaba el estudio del pintor y poco a poco fue creciendo a base de materiales encontrados y regalados por sus amigos hasta que llego al techo, entonces alquiló el piso superior y, haciendo un agujero en el techo, continuó su obra. El proceso se hubiera prolongado hasta llegar al ático del edificio, pero los nazis comenzaron a enmarranar Alemania y la sensibilidad de Schwitters no lo pudo soportar y se largó a Noruega, y, cuando la invadió la peste parda, a Inglaterra. La columna fue destruida por un bombardeo durante la guerra.
Después de la Segunda Guerra Mundial los ataques a dadá cambian de sentido: se recurre a la captación. Jean Arp, que no había conseguido vender ni una sola de sus esculturas hasta que tuvo mas de 60 años, ve como sus obras comienzan a cotizarse, disputándose su posesión los más importantes museos del mundo. Pinturas de Janko, que había cambiado por embutidos para poder sobrevivir, se subastan en las más conocidas galerías; los coleccionistas buscan las obras de Picabia, de Richter...; los críticos estructuralistas escriben libros tratando de explicar las poesías automáticas de Hugo Ball. Pero nacen nuevos dadás, que adoptan nuevos nombres, que a veces surgen sin conocer la existencia del primitivo grupo.
Aparecerá la action painting, los happenings, el land art, el body art, el arte bruto, el arte pobre, y todo un etcétera. El camino emprendido por la creación artística a partir de la brecha abierta por dadá será irreversible, y la andadura se continúa en nuestros días, a veces sosegada, otras vertiginosas, pero siempre incesante. Mientras en las galerías los comerciantes siguen enmierdando al público con bonitas y fáciles decoraciones; mientras el teatro continúa en su mayor parte estancado en formas y temas costumbristas decrépitos, siguen apareciendo por doquier grupos de jóvenes artistas gritando con sus pinturas, sus esculturas, sus poesías o sus acciones que la rebelión se perpetúa y se acrecienta por momentos, y que dadá sigue vigente como a cada instante nacen flores.
Antonio Zara
(Publicado originalmente en la revista ADARGA)
Dada movement
Subversive and irreverent, Dada, more than any other movement, has shaken society's notions of art and cultural production. Fiercely anti-authoritarian and anti-hierarchical, Dada questioned the myth of originality, of the artist as genius suggesting instead that everybody should be an artist and that almost anything could be art. Surrealism, Constructivism, Lettrism, Situationism, Fluxus, Pop and OpArt, Conceptual Art and Minimalism: most twentieth-century art movements after 1923 have roots to Dada. Dada works still have a radicality and freshness that attracts today's culture jammers and disrupters of life as usual.
Emerging during the crisis period of the First world war, Dada's strategies of critiquing the dominant culture have been used by radical groups ever since. The Dada Cabaret was re-enacted by young German and Austrian writers and artists immediately after the Second World War, and Dada slogans were painted on buildings in Paris during the protests of 1968. Greil Marcus traces the connections between Dada, the Situationists and the Sex Pistols, suggesting that Dada was a model of revolt for these later movements. He quotes Henri Lefebvre, a close friend of the Situationists, who wrote: "To the degree that modernity has a meaning, it is this: it carries within itself, from the beginning, a radical negation - Dada, this event which took place in a Zurich café." Similarly, Stuart Home, in his The Assault on Culture, points to the impact of Dada on Lettrism, Situationism, Punk and Neoism.
Dada artists and writers were among the first to intervene in mass media; indeed interventions made up much of their activity. They cut out reproductions of photographs in the daily press and critically recontextualized them. Walter Benjamin recognized the importance of Dada when he wrote in 'The Work of Art in the Age of Mechanical Reproduction' that when authenticity ceases to be an important part of making art, "the total function of art is reversed. Instead of being based on ritual it begins to be based on another practice, politics." Dada photomonteurs rearranged the cultural and political myths propagated by the press. The Berlin Dadas even presented themselves as an advertising agency; they exploited the desire for sensationalism by feeding the mass media improbable and ridiculous stories.
Exhibitions, catalogues and books on twentieth-century art have generally presented Dada solely as an art movement, which they insert into Modernism's evolution from Cubism to Italian Futurism, Russian Futurism, Expressionism, Constructivism and Surrealism. Dada is often described as a transitory phenomenon, as late German Expressionism, or as the preparatory phase for Surrealism or Constructivism.
Yet considering it as ending or initial stage assesses Dada in terms of those other movements: a study that describes Dada as a precursor of Surrealism emphasizes the proto-surrealist dimensions of Dada at the expense of other aspects of the movement. Dada writers and artists did have connections to earlier movements, and some joined other groups after 1923. But they changed their orientations during the cultural crisis of the First World War.
— Dada Companion
Richard Huelsenbeck: En Avant Dada.
L'histoire du dadaïsme
Dada a été fondé au printemps 1916 à Zurich, dans une petite taverne, le Cabaret Voltaire, par Messieurs Hugo Ball, Tristan Tzara, Hans Arp, Marcel Janco et Richard Huelsenbeck. Hugo Ball y avait monté, avec son amie Emmy Hennings, un spectacle de variétés auquel nous avons tous activement participé. La guerre nous avait projetés par-dessus les frontières de nos patries. Ball et moi nous venions d'Allemagne, Tzara et Janco de Roumanie, Hans Arp de France. Nous étions tous d'accord: la guerre avait été fomentée par les différents gouvernements pour les raisons les plus platement matérialistes; nous, les Allemands, nous connaissions J'accuse sans quoi il eut été bien difficile de nous convaincre que le Kaiser et ses généraux aient pu être qualifiés d'hommes honnêtes. Ball était réfractaire et moi-même j'avais pu échapper de justesse aux poursuites de ces valets de bourreaux qui, pour des raisons soi-disant politiques, entassent les hommes dans les tranchées du nord de la France et leur donnent des grenades à bouffer.
Aucun de nous n'avait ce genre de courage, qui consiste à se faire fusiller pour les idées d'une nation qui, dans le meilleur des cas, n'est qu'un consortium de trafiquants de fourrures et de peaux et, dans le pire, une association de psychopathes s'en allant, comme dans la «patrie» allemande, avec un livre de Goethe dans leur havresac, pour embrocher à la baïonnette Français et Russes. Arp, Alsacien, avait vécu le début de la guerre et ce déchaînement de haine patriotique à Paris ; il était plein d'un dégoût infini pour ces tracasseries mesquines et cette transformation lamentable d'une ville et d'un peuple pour lequel nous avions gaspillé notre amour avant la guerre. Les politiciens sont partout les mêmes, des têtes creuses et viles. Les soldats ont partout ce même air de brutalité joviale, signe d'une inimitié mortelle pour toute émotion spirituelle. Dès le début, à Zurich, les énergies et les ambitions des collaborateurs du Cabaret Voltaire étaient purement artistiques. Nous voulions faire du Cabaret Voltaire un centre de « l'art le plus nouveau », bien que de temps à autre nous n'hésitions pas à dire aux petits bourgeois zurichois, gras et ignorants, que nous les prenions pour des cochons et le Kaiser pour le fauteur de la guerre. Chaque fois cela déclenchait beaucoup de vacarme et les étudiants - la racaille réactionnaire la plus stupide de Suisse, si, vu l'abrutissement national obligatoire, il est encore possible d'appliquer un superlatif à l'abrutissement et à la bêtise d'un groupe particulier - donnaient grossièrement et rageusement une idée de l'opposition du public, celle-là même qui allait plus tard permettre à Dada d'accomplir sa marche triomphale à travers le monde. Nous avons découvert le mot Dada par hasard, Hugo Ball et moi, dans un dictionnaire allemand-français, en cherchant un nom pour madame Le Roy, la chanteuse du Cabaret.
Dada signifie en français : petit cheval de bois. Il impressionne par sa brièveté et son pouvoir suggestif. Dada devint vite l'enseigne de tout ce que nous avons lancé comme art au Cabaret Voltaire. Par «l'art le plus nouveau» nous entendions alors, en général, l'art abstrait. La signification du mot Dada s'est par la suite transformée. Alors que les dadaïstes des pays de l'Entente, sous l'égide de Tristan Tzara, ne voient dans le Dadaïsme guère plus que de l'« art abstrait », en Allemagne, où les conditions psychologiques pour une activité comme la nôtre diffèrent fortement de celles de la Suisse, de la France et de l'Italie, Dada a pris une couleur politique très précise que nous allons analyser plus loin. Les collaborateurs du Cabaret Voltaire étaient des artistes dans la mesure où ils pressentaient tous, du bout des doigts, les nouvelles évolutions des possibilités artistiques. C'est Ball et moi qui avons très activement contribué à faire connaître l'Expressionnisme en Allemagne; Ball était un ami intime de Kandinsky et il avait essayé de fonder avec lui un théâtre expressionniste à Munich. Arp, à Paris, avait été en contact avec Picasso et Braque, les chefs de file du cubisme, et il était convaincu qu'il fallait abandonner la conception naturaliste. Tristan Tzara, ce zigoto romantique international, ce zélé propagandiste à qui, en fait, nous devons l'énorme diffusion du Dadaïsme, amena de la Roumanie une compétence littéraire sans limites. L'art abstrait signifiait pour nous, à cette époque où nous dansions, chantions, récitions tous les soirs au Cabaret Voltaire, honnêteté absolue. Faire du naturalisme c'était encore s'intéresser aux thèmes chers au bourgeois, notre ennemi mortel, et cet intérêt psychologique entraînait, qu'on le veuille ou non, une identification avec toutes les morales bourgeoises. Archipenko, que nous vénérions alors comme modèle inégalé de l'art plastique, affirmait que l'art ne devait être ni réaliste ni idéaliste, mais vrai ce qui voulait surtout dire que toute imitation, même cachée, de la nature était un mensonge. Dans ce sens, Dada devait donner un nouvel élan à la vérité. Dada devait être le point de concentration des énergies abstraites et la Fronde permanente du grand mouvement international de l'art. Par l'intermédiaire de Tzara, nous étions aussi en relation avec le mouvement futuriste et en correspondance avec Marinetti. Boccioni était déjà mort. Mais nous connaissions tous son gros livre théorique Pïttura e scultura futuriste. La conception de Marinetti était réaliste et nous ne l'aimions pas, bien que nous reprenions volontiers à notre compte le concept de simultanéité qu'il employait si souvent. C'est Tzara qui fit dire, pour la première fois, plusieurs poèmes en même temps et il eut beaucoup de succès, encore que le poème simultané était déjà connu en France grâce à Derème.
De Marinetti nous adoptions également le bruitisme, le concert bruitiste, qui avait fait sensation lors de la première manifestation à Milan, où ils avaient présenté le Réveil de la capitale. J'ai parlé de la signification du bruitisme à l'occasion de plusieurs soirées dada. Le bruit, introduit dans l'art par Marinetti, sous forme imitative (ici on ne saurait plus parler d'une forme d'art spécifique, musique ou littérature), pour évoquer ce «réveil de la capitale» avec un tas de machines à écrire, de grosses caisses, de crécelles d'enfant et de couvercles de casseroles, n'était au début probablement guère plus qu'un moyen un peu poussé pour exprimer la multiplicité bigarrée de la vie. A l'inverse des cubistes ou des expressionnistes allemands, les futuristes se sentaient de véritables hommes d'action. Alors que les «artistes abstraits», à force de voir dans une table non pas du bois et des clous, mais l'idée même de la table, étaient en train d'oublier qu'on peut aussi l'utiliser pour y déposer quelque chose, les futuristes, eux, voulaient se placer dans la «rigidité» des choses - pour eux la table était un ustensile de la vie comme n'importe quelle autre chose. En dehors des tables il y avait les maisons, les poêles à frire, les pissotières, les femmes, etc. C'est pourquoi Marinetti et ses partisans aimaient la guerre comme l'expression la plus aiguë du conflit entre les choses, comme éruption spontanée de possibilités, comme mouvement, comme poème simultané, comme symphonie de cris, de coups de fusils et de commandements, car une recherche pour résoudre le problème de la vie en mouvement y était pour le moins tentée. Le mouvement provoque l'ébranlement. Le problème de l'âme est de nature volcanique. Chaque mouvement produit naturellement des bruits. Tandis que le nombre et par conséquent la mélodie, sont des symboles qui supposent une capacité d'abstraction, le bruit indique directement l'action. La musique est, en général, une affaire harmonique, un art, une activité de la raison - le bruit est la vie-même qu'on ne saurait juger comme un livre, partie intégrante de notre personnalité, qui nous attaque, nous poursuit et nous déchire. Le bruitisme est une conception de la vie qui - et cela peut d'abord sembler étrange - nous oblige à prendre une décision définitive. Il y a les bruitistes et les autres. Mais continuons avec la musique. Chez Wagner on voyait tous les mensonges de l'abstraction pathétique - le bruit d'un frein pouvait au moins nous donner mal aux dents. Ce qui, en Amérique, avait transformé les steps et les rags en musique nationale, devint dans la vieille Europe contorsion et tendance au «bruit».
Le bruitisme est une sorte de retour à la nature. Il se présente comme musique de la sphère des atomes, de sorte que la mort est moins une évasion de l'âme des peines terrestres que vomissements, cris et convulsions. Les dadaïstes du Cabaret Voltaire ont adopté le bruitisme sans se douter de sa philosophie - en réalité ils voulaient le contraire : le repos de l'âme, une berceuse sans fin, l'art, l'art abstrait. Au fond, les dadaistes du Cabaret Voltaire ne savaient pas du tout ce qu'ils voulaient. Sous le nom de «Dada» s'assemblèrent les lambeaux d'une « affirmation de l'art moderne » qui on ne sait où ni quand - était restée accrochée dans leurs têtes. Tristan Tzara était dévoré par l'ambition d'être reconnu dans les cercles d'art internationaux comme un égal ou même comme un «chef». Toute son activité n'était qu'ambition et inquiétude. Il cherchait à polariser son inquiétude et à faire décorer son ambition. Et voici que s'offre à lui la possibilité extraordinaire et unique de jouer, comme fondateur d'un mouvement artistique, le rôle immortel d'un mime littéraire. La passion d'un esthète ne saurait en aucun cas être inventée par un homme aux concepts simples qui s'adresse à un chien en disant chien et à une cuiller en l'appelant cuiller. Mais quelle satisfaction de passer dans certains cafés, à Paris, à Berlin et à Rome, pour un homme d'esprit ! L'histoire littéraire est une imitation grotesque de l'histoire universelle et un Napoléon parmi les littérateurs est la personnalité la plus tragi-comique que l'on puisse imaginer. Tristan Tzara fut un des premiers à saisir la puissance suggestive du mot Dada. A partir de ce moment-là, il travailla avec acharnement à la propagation d'un mot qui n'allait recevoir son contenu que plus tard. Il empaquetait, collait et expédiait; il bombardait de lettres Français et Italiens ; peu à peu, il faisait de lui le «centre». Nous n'en voulons ni à la gloire du «fondateur du Dadaïsme» ni à celle du «Superdada» Baader, un piétiste souabe qui, sur ses vieux jours, ayant découvert le Dadaïsme, sillonnait les pays pour la plus grande joie de tous les fous. Au temps du Cabaret Voltaire nous voulions «documenter» : nous avons publié le Cabaret Voltaire, un ramassis des plus diverses tendances artistiques qui nous semblaient alors être «Dada». Ce que Dada pouvait vraiment devenir, nul d'entre nous n'était capable de le pressentir, car personne n'avait suffisamment compris l'époque pour se placer au-delà des conceptions traditionnelles et de se faire une idée de l'art en tant que phénomène moral et social. L'art était là, c'est tout, et il y avait les artistes et les bourgeois. Il fallait aimer les uns et détester les autres.
L'artiste, selon la conception de Tzara, était tout de même autre chose que le poète allemand. Guillaume Apollinaire affirmait en plaisantant que son père avait été portier au Vatican ; je le soupçonne d'être né dans un ghetto galicien et de s'être fait naturaliser français parce qu'il avait compris que c'était à Paris qu'on pouvait le mieux faire de la littérature. Le courtier littéraire n'est pas la figure la plus malheureuse créée par l'Internationale de l'esprit. Quelle franchise libératrice et quelle impudeur honnête que de considérer la littérature comme un commerce. Les littérateurs ont leur honneur de voleur et leurs travers - lors des relations internationales, dans les recoins des halls d'hôtel et dans les wagons-restaurants de la Mitropa, le masque de l'esprit tombe vite, on a trop peu de temps pour s'habiller de l'idéologie qui pourrait plaire à l'autre. Manolescou, le grand rat d'hôtel, a écrit ses Mémoires qui, en ce qui concerne la diction et l'«esprit», peuvent être placés plus haut que toutes les autobiographies allemandes nées de la guerre. Ce qui compte, c'est l'élasticité. Marinetti ressemble déjà beaucoup plus au grand magicien de la littérature à venir, jouant au golf en bavardant sur Mallarmé ou, si nécessaire, se livrant à des considérations sur la philologie ancienne tout en sachant à quelle dame de la société il peut proposer une aventure. Le poète allemand, c'est le nigaud parfait ; il trimbale un concept académique de l'«esprit», il poétise, suivant les besoins, le communisme, le sionisme, le socialisme et il est tout ébahi d'avoir été si doué par la muse. Le poète allemand a la poésie infuse. Il s'imagine que tout est simplement évident. Il ne se rend pas compte de l'incroyable charlatanerie qu'on fait avec l'«esprit», ni qu'il est bon d'en faire. Dans sa tête il existe une échelle de valeurs où il place, tout à fait en bas, les indifférents à l'art, voire les gens plus ou moins incultes, et l'homme d'esprit, le Hasenclever, la nature schillerienne aux nostalgies éthériques, tout en haut. C'est ainsi. Qu'on écoute à ce propos le vieux Schopenhauer qui développe dans Parerga à quel point l'Allemand en fait un culte de sa culture et l'on se rendra compte, si l'on est psychologue, de la situation ridicule et sans espoir du poète allemand. Le poète allemand qui pense aux violettes même quand il dit chien sanguinaire, ce petit bourgeois au-dessus du petit bourgeois, cet abstrait par naissance, - ce n'était certainement pas à celui-là que pensait Tzara quand il faisait du Dadaïsme un mouvement de l'art abstrait. Néanmoins, il n'a jamais compris ce que cela signifie que de faire de la littérature, le revolver en poche.
Pendant une certaine période, j'ai voulu faire de la littérature, le revolver en poche. A peu près comme un chevalier pillard, un Ulrich von Hutten moderne c'était l'image que je m'étais faite du Dadaïsme. Le dadaïste devait avoir un grand mépris pour ceux qui trouvent dans « l'esprit » un tusculum et un refuge pour leurs faiblesses. Le philosophe dans sa mansarde, c'était une affaire archi-dépassée, mais aussi l'artiste art-déco, le littérateur de café, l'esprit « fin » qui lance ses petites trouvailles dans la bonne société, bref, le genre d'homme qui se laisse ébranler par les exploits intellectuels et se réjouit d'élever, grâce aux choses de l'esprit, une sorte de barrière susceptible, à ses yeux, de le rendre plus valable que les autres - celui-là, c'est tout le contraire d'un dadaïste. Installés dans les villes, ils peignaient leurs petits tableaux, fignolaient leurs vers, et toute leur structure humaine était pitoyablement déformée : sans muscles, sans intérêt pour les événements du jour, ennemis de la publicité, ennemis de la rue, du bluff et des grandes transactions qui menacent quotidiennement la vie de milliers d'hommes. Oui, la vie ! Le dadaïste aime la vie parce qu'il peut s'en débarrasser à tout moment, la mort étant pour lui une affaire dadaïste. Le dadaïste envisage sa journée, sachant qu'un pot de fleurs peut lui tomber sur la tête ; il est naïf ; il aime le bruit du métro. C'est un habitué des agences de voyages Cook et il connaît les pratiques des faiseuses d'anges qui, derrière des rideaux bien tirés, sèchent les foetus sur du papier buvard pour les mettre, une fois moulus, dans le commerce sous forme de café malté.
Être dadaïste, c'est à la portée de tout le monde. Dada ne se limite pas à une quelconque forme d'art. Le dadaïste, c'est le garçon du bar Manhattan qui sert le curaçao d'une main et attrape la gonorrhée de l'autre. Le dadaiste, c'est le Monsieur en imperméable qui entreprend, pour la septième fois déjà, le tour du monde. Devrait être dadaïste celui qui a compris, une fois pour toutes, qu'on n'a le droit d'avoir des idées que lorsqu'on les applique dans la vie - le type totalement actif ne vivant que d'action, son seul moyen de connaissance. Le dadaiste est l'homme qui loue un étage à l'hôtel Bristol sans savoir où prendre l'argent pour donner un pourboire à la femme de chambre. Le dadaïste est l'homme du hasard avec de bons yeux et le coup du père François. Il peut lancer son individualité comme un lasso, et il juge chaque cas suivant la situation. Il se résigne au fait que le monde abrite à la fois des mahométans, des zwingliens, des lycéens, des anabaptistes, des pacifistes, etc., etc. Il voit d'un bon oeil la diversité du monde sans s'en étonner pour autant. Le soir, l'orchestre joue au bord de la mer et les putes, qui se balancent sur leurs talons-aiguilles, te sourient en te dévisageant ouvertement. C'est un monde merdique et complètement dingue. Tu flânes comme ça, sans but précis, et tu te fabriques une philosophie pour le dîner. Mais sans crier gare, le facteur t'apporte le premier télégramme qui t'apprend que tous tes cochons sont morts de la rage, qu'on a lancé ton frac de la tour Eiffel et que ta femme de ménage a attrapé une carie des os. Tout étonné, tu regardes la lune qui te semble un bon terrain d'investissement, quand le même facteur t'apporte un autre télégramme, annonçant que toutes tes poules ont crevé de la fièvre aphteuse, que ton père, en tombant, s'est embroché sur une fourche et qu'il a gelé, que ta mère a volé en éclats à cause de ses noces d'argent (mais peut-être était-ce aussi la poêle qui est restée accrochée à ses oreilles, je n'en sais rien). C'est la vie, mon honorable ami. Les jours se suivent comme les mouvements de tes intestins, et toi, si souvent menacé d'étouffement par une arête de poisson, tu vis toujours. Tu tires la couverture sur tes oreilles et tu siffles la Madelon. Et, qui sait, ne chante pas trop tôt, le lendemain te surprendra peut-être devant ta table, la plume prête à porter le coup, penché sur ton nouveau roman Canailles. Qui sait ? Ça c'est le vrai Dadaïsme, Messieurs. Si Tristan Tzara avait compris, ne serait-ce qu'un tout petit peu, quelque chose au sens de cette fabuleuse existence qu'on mène comme ça entre singes et punaises, il n'aurait pas fait du Dadaïsme de l'art abstrait. Il aurait pris conscience de la fumisterie de l'art et de toutes ses tendances et il serait devenu dadaïste. Où ont-ils laissé leur ironie, ces Messieurs qui tiennent à être signalés dans une histoire littéraire ? Où est cet oeil qui rit et cet oeil qui pleure au-dessus de l'énorme cul et du carnaval du monde ? Ils ont perdu leur indépendance derrière leurs livres. L'envie d'être aussi célèbres que Rabelais ou Flaubert, leur à enlevé le courage de rire. Ils ont encore tant à marcher, tant à écrire, tant à vivre. Rimbaud a sauté dans la mer pour nager jusqu'à Sainte-Hélène, ça c'était un type, eux, ils sont assis dans les cafés et méditent sur la manière d'en devenir « un », le plus rapidement possible. Ils se font une idée académique de la vie.
Tous les littérateurs sont des Allemands et c'est bien pour cela qu'ils n'atteindront jamais la vie. Oui, Rimbaud avait fort bien compris que la littérature et l'art sont des choses très suspectes - quelle belle vie, par contre, que celle d'un pacha ou d'un souteneur à qui le craquement des lits chante la chanson de l'augmentation des revenus. Entre les mains de Tzara, le Dadaïsme connut de grands succès. Ils ont écrit des livres qui se sont vendus dans toute L'Europe ; ils ont organisé des soirées où des milliers de personnes se sont bousculées pour entrer. La presse du monde entier s'est intéressée au mouvement Dada. Du nouveau ! Du sensationnel, messieurs-dames! Dada, entre les mains de gens qui n'étaient pas des dadaïstes, devint un événement sensationnel pour l'Europe. Il touchait l'âme du véritable Européen, celui qui est chez lui au milieu des pistons et des chaudières à vapeur, celui qui lève à peine les yeux de ses Daily News quand on le rencontre à la gare de Charing Cross, celui qu'on aperçoit, vêtu d'élégants habits de voyage, sur l'arrière des paquebots de la Red Star Line, la pipe shag négligemment coincée entre ses dents en or. - Dada a su mettre en mouvement les grandes rotatives, on parlait de lui au Collège de France et dans les livres de psychanalyse. A Madrid on s'efforçait de le comprendre, au Chili on se battait à cause de lui, même à Chicago, au-dessus du breakfast des élèves de Durham et du marché aux grains, célèbre grâce à Frank Norris, apparût pour un instant, comme sur un grand écran fantomatique, le mot Dada. Pendant des dizaines d'années il n'y eut pas en Europe un mot, un concept, une philosophie, un slogan de parti ou de secte dont on puisse dire, qu'il ait pénétré dans l'imagination d'une société civilisée avec autant de violence catastrophique. Il ne faudrait pas oublier la profonde signification psychologique de ce fait. Dans les cerveaux de tous ces gens, dans les cafés, dans les théâtres, sur les champs de courses et dans les bordels, qui s'intéressaient au Dadaïsme en l'injuriant comme «le ridicule produit de la plus moderne des folies de l'art», Dada n'agissait plus depuis longtemps comme une tendance artistique. On mériterait de devenir professeur de philosophie avec chaire dans une université berlinoise, si l'on refusait de se rendre à l'évidence que quatre-vingt-dix-neuf hommes sur cent, dès qu'apparaissent les problèmes de tendance, de technique et de perspective, n'ont avec l'art pas plus de relation que n'en a la fameuse vache avec le dimanche de Pâques.[...]
— Documents Dada








































