A LAS AFUERAS

Vanessa Herrero

Reseña aparecida en la revista “EL CRÍTICO” de La Escuela de Letras de Madrid (marzo, 2005)

Las tiendas de canela fina y El sanatorio de la clepsidra componen la obra de ficción del escritor de vanguardia Bruno Schulz (1892-1942). Dos libros de cuentos que, unidos por una misma temática, sirven de colofón a la obra plástica del artista polaco,
de la que tenemos una breve muestra en El libro idólatra.
La producción artística de este autor se completa con una serie
de ensayos, publicados íntegramente en Maldoror -una joven editorial que ha comenzado su andadura sacando a la luz toda
la obra del escritor polaco-.

Los cuentos de Schulz pertenecen a ese tipo de obras que se escapan de los márgenes, que no cierran filas en torno a un único objetivo, ni a un solo sentido; su pluralidad recuerda a la de una obra bosquiana. Y es que tanto el Bosco como Schulz comparten una perversidad semejante, una visión del mundo arrebatadora, malvada e inagotable, al situar al lector o al espectador ante innumerables detalles que nos llevan a imaginar una cantidad ilimitada de mundos aparentes, y aparentemente reales.

La diversificación de la mirada comprende, en ambos autores, una técnica y una razón. En el caso de Schulz, la técnica conduce a varios resultados consecutivos: la convergencia temporal, la degradación de la narrativa como concatenación de sucesos, y por tanto la eliminación de la lectura argumentativa; lo que desencadena en la descomposición de la lógica, ya que por cada camino que dirime el autor, crecen al mismo tiempo un sin número de alternativas, ramificaciones y posiciones antónimas, carentes de analogía. No hay pues, o al menos no se muestra de esa manera, un camino unidireccional en su prosa. Esta avanza irreverentemente hacia donde se dirige la mirada del autor, posándose en los detalles de fantasmas, larvas y farfarele. Esa mirada ejecutada por Józef, protagonista y voz de ambos libros, se asemeja a la de un espectador hipersensibilizado con la obra que admira, un contemplador que convive con lo observado. Un creador en la medida en que interactúa, comprende y analiza, como un generoso cicerone, la obra para los inexpertos lectores, discípulos a los que interpela sobre un cuadro universal de detalles, carente de jerarquías. Todo lo habido en sus cuentos le pertenece, todo lo creado se comprende, disipa y cierra a su alrededor. En este punto se encuentra la mayor peculiaridad y valor de la obra de Schulz: lo nombrado no se doblega para la consecución de un fin, sino que lo es por haber sido nombrado: "Hay muchas historias que no han nacido nunca. Entre las raíces ¡cuántos coros quejumbrosos, cuentos contados interminablemente, monólogos inagotables, improvisaciones insospechadas!

¿Tendremos la paciencia de escucharlos? Antes de la más antigua de las historias contadas, hubo otras que no habéis escuchado, hubo predecesores anónimos, novelas sin títulos, epopeyas enormes, pálidas y monótonas, byliny sin formas, troncos informes, gigantes sin rostro que oscurecían el horizonte, palabras oscuras, dramas vesperales de las nubes, y todavía más lejos libros-leyendas, nunca escritos, libros-aspirando-a-la eternidad, libros fuegos fatuos, perdidos in partibus infidelium...

El universo schulziano se expande en nuevos relatos, cada uno de ellos es la posibilidad de una nueva frontera, una frontera que se observa como un mapa, y se detiene en una visión sincrónica de la realidad, un plano extenso y minucioso que se desborda en inagotables realizaciones. La acumulación de ellas anula el tiempo, y los elementos que componen su realidad se convierten en piezas imprescindibles para saciar su misma ansia: "Este es el momento para desarrollar aquí un breve paralelismo entre Alejandro el Grande y mi persona. Alejandro el Grande era sensible a los aromas de los países. Su olfato presentía posibilidades inauditas. Era de esos a los que la mano de Dios roza el rostro durante su sueño, que tienen conocimiento de lo que no saben y a través de sus párpados cerrados disciernen los reflejos de mundos lejanos".

Sin embargo, Schulz o Józef distan en la resolución de ese sueño con el que se medía Alejandro. Conocedor del error de Alejandro, Józef no necesita posar su pie en los territorios conquistados; su comprensión llega bien a través del sueño, bien mediante la atenta mirada de un libro de sellos o la vigilancia de un anuncio para el crecimiento del cabello. Cada una de las manifestaciones que se le presentan a este personaje son fragmentos de la desmesurada y vasta realidad, de los oscuros misterios que se muestran en cada primavera o en cada ser. Alejandro, al contrario que el protagonista, es un hombre de acción, como también lo es otro de los personajes de los cuentos de Schulz, el padre de Józef. Sin embargo, la energía de este personaje se agota en torno a la regencia de una tienda de telas; un pequeño universo en el que el padre compone e inventa dentro de una jaula demasiado estrecha. El padre de Józef trata de modificar el mundo creado; la limitación de su artesanía imagina un universo de segunda mano, una copia despojada del dolor de la continuidad y la diversidad: "Nosotros no aspiramos -decía-, a obras de largo aliento, a seres duraderos. Nuestras criaturas no serán héroes de novelas de muchos volúmenes. Sus papeles serán cortos, lapidarios, sus caracteres sin profundidad. En ocasiones, únicamente los llamaremos a la vida para que ejecuten un solo gesto".

Como los maniquíes del padre, los personajes de Schulz son vehículos de expresión de un estado o un deseo, incapaces de comprender y de comprenderse; tanto el padre como el resto de personajes de Schulz son representaciones, figuras muy cercanas a las que empleó Kafka en sus relatos- la admiración de Schulz por Kafka fue manifestada en uno de sus ensayos-. No obstante, la diferencia entre ambos estriba en la inclusión de Józef en el relato. Józef aparece situado a distinto nivel que el resto de los personajes. Su figura ocupa un lugar mesiánico, su posición elevada lo aleja de las narraciones kafkianas; ya que para Kafka, como decía en las conversaciones escritas por Gustav Janouch, "todo está encadenado". Ni siquiera aquellos que detentan el poder se encuentran libres de tal encadenamiento. No tan libres como sitúa Schulz a Józef, un personaje capaz de comprender y decidir sobre su destino, de escapar del sanatorio de la clepsidra, o lo que es lo mismo, de enfrentarse a un tiempo impuesto, de reconocer el gran "libro" que representa todo lo creado ante unos pedazos de papel. Misiones otorgadas sólo a unos pocos, porque únicamente unos pocos son capaces de leer el mensaje cifrado de un mundo hilvanado con códigos, de comprender, como decía Józef que "tienen conocimiento de lo que no saben".

decor









Bruno Schulz (1882-1942)

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LA INFANCIA COMO IDEAL
Pablo D´Ors
Reseña aparecida en “Blanco y Negro Cultural”, diario ABC nº 615 (8 de noviembre 2003) ver más

LA VÍA PARALELA DEL TIEMPO
(EL LIBRO DE LA SEMANA)
José María Guelbenzu
Reseña aparecida en ”BABELIA”
nº 618 (EL PAÍS, 27 de septiembre de 2003) ver más