LA VÍA PARALELA DEL TIEMPO
(EL LIBRO DE LA SEMANA)

José María Guelbenzu

Reseña aparecida en ”BABELIA” nº 618
(EL PAÍS, 27 de septiembre de 2003)

El escritor polaco Bruno Schulz convirtió la imaginación en lenguaje, transformando la realidad en arte. La obra hizo de su pequeño mundo un escenario sin límites.

El escritor Bruno Schulz (Drohobycz 1892-1942) murió dos veces. La primera, a manos de un miembro de la Gestapo durante la ocupación nazi de Polonia; la segunda, cuando su pueblo natal, Drohobycz, del que nunca se separó ni física ni espiritualmente, pasó a formar parte de la Unión Soviética y su obra —la que no desapareció en la guerra- fue proscrita por las autoridades literarias comunistas. Volvió a la vida en los años sesenta, cuando Artur Sandauer—que, al tiempo que otro contemporáneo de Schulz, Jerzy Ficowski, se dedicó a recuperar la obra sobreviviente- consiguió llamar la atención de un editor francés. A uno y otro les debemos hoy el conocimiento de un artista excepcional.

Schulz es un escritor difícil aún hoy. Su escritura —como la de sus contemporáneos y amigos Gombrowicz y Witkiewicz— es deudora de las vanguardias de principios del siglo XX, pero ofrece una personalidad muy acusada porque cuando uno lo lee cree estar leyendo a una especie de visionario. Me explicaré: Schulz es un escritor extraordinariamente sensitivo que, sin embargo, trabaja con la mirada, esto es, con el conocimiento de las cosas por medio de la distancia, de la perspectiva. Esta aparente contradicción se resuelve por medio de un esplendoroso trabajo de la imaginación que, convertida en lenguaje, otorga a su escritura una peculiar sensualidad transmutada en visión o ensueño. Y esto es así porque el compromiso entre realidad e imaginación lo resuelve concediendo a la primera una dimensión temporal y a la segunda una dimensión espacial.

Si tomamos un relato como La primavera veremos enseguida cómo los elementos de la realidad del inicio -la primavera, el café restaurante, los músicos, el fotógrafo, Bianka...- apenas son nombrados se expanden como una visión que recurre a cuantas transformaciones o excesos necesite para alcanzar el máximo de expresividad. Quizá a algunos les recuerde al surrealismo, pero no es así, como tampoco es estrictamente onírico; es una verdadera transformación de la realidad temporal en arte para ahondar así en el sentido último de la vida tal y como la percibe Schulz. Veamos sus palabras: "Los sucesos ordinarios están alineados en el tiempo, permanecen enhebrados en su curso como en un hilo. Allí tienen sus antecedentes y sus consecuencias que, apretujándose, se pisan los talones sin parar, sin cesar. Esto también tiene su importancia en la narración ya que su alma es la sucesión y la continuidad. Mas ¿qué hacer con los acontecimientos que no tienen su propio lugar en el tiempo, los acontecimientos que llegaron demasiado tarde, cuando el tiempo ya había sido distribuido, compartido, descompuesto, y ahora se hallan suspendidos, no clasificados, flotando en el aire desamparados y errantes?

Es en el espacio de su imaginación donde Schulz encuentra la vía paralela del tiempo por la que discurren esos acontecimientos "que llegaron demasiado tarde" y que son la sal de su escritura. El mundo de Schulz es pequeño —su pueblo, su padre, la infancia...— pero los transforma en un escenario sin límites.

La metáfora del Libro como representación del Mundo, clásica desde Charles Baudelaire, adquiere aquí una dimensión narrativa; es una lectura del mundo en la que éste se convierte en una sucesión de imágenes artísticas que se expanden en el espacio sin límites. Y son imágenes de una belleza realmente audaz: "Comprendí entonces por qué los animales tenían cuernos. Estos eran todo lo inexplicable que no cabía en sus vidas, un capricho salvaje e inoportuno, una irrazonable y ciega obstinación, una idee fixe que sobrepasó los límites de su ser y que, sumergida repentinamente en la luz, se coaguló formando una materia tangible y dura".

Schulz dice, exige: "¡No toquéis el tiempo! ¡No tenéis derecho a provocarlo! ¿No hay acaso suficiente espacio? ¡El espacio es del hombre, podéis juguetear con él a vuestro antojo, como saltimbanquis, saltar de astro en astro! Pero, por el amor de Dios, ¡no toquéis el tiempo!". Estas palabras decisivas son del relato titulado El sanatorio de la clepsidra (1937), un relato sencillamente genial en el que el hijo cuyo padre ha muerto, va a verlo a un sanatorio donde se hace retroceder el tiempo para juntar a vivos y muertos hasta que, de nuevo, sus tiempos se desajustan; pero el espacio que ha sido de ambos es, durante la narración, una representación de los misterios de la vida a través de la forma que deja al lector literalmente anonadado. Está a la altura del mejor Kafka. Bruno Schulz es un autor único con una escritura prodigiosa (aunque nada fácil de seguir si uno no está dispuesto a forzar verdaderamente su propia imaginación).

Conviene añadir que existe una edición de su narrativa completa en la editorial Siruela (1993) y que Maldoror acaba de publicar la biografía de Schulz escrita por Jerzy Jarzębski y anuncia la publicación de El libro idólatra, Las tiendas de canela fina, Ensayos críticos y su correspondencia.

decor











Bruno Schulz (1882-1942)

...

A LAS AFUERAS
Vanessa Herrero
Reseña aparecida en la revista “EL CRÍTICO” de La Escuela de Letras de Madrid (marzo, 2005) ver más

LA INFANCIA COMO IDEAL
Pablo D´Ors
Reseña aparecida en “Blanco y Negro Cultural”, diario ABC nº 615 (8 de noviembre 2003) ver más