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Mi Padre ingresa en el Cuerpo de Bomberos


Durante los primeros días de octubre regresábamos normalmente con mi madre de nuestro lugar de veraneo, situado en un cercano departamento, en el centro de ese lago boscoso de la Słotwinka, totalmente impregnado por el murmullo que surgía de sus mil fuentes. Con el oído todavía pleno del susurro de los alisos tejido con el parloteo de los pájaros, viajábamos en un antiguo landó cuya enorme capota hacía pensar en una sombría y espaciosa sala de albergue. Apretados junto a los paquetes, teníamos la impresión de hallarnos en una profunda alcoba en la que a través de la ventana caían lentamente, hoja tras hoja, como en una baraja, los cuadros de tonos vivos y frescos del paisaje.

Llegamos casi de noche a una gran meseta barrida por el cierzo, amplia encrucijada sorprendida de todo el país. El cielo, multicolor rosa de los vientos en equilibrio sobre el pivote de su cenit, dominaba la encrucijada, profunda y sin aliento. Allí se encontraba la última barrera del país, su curva final –más adelante se abría el amplio y tardío paisaje del otoño-, allí estaba la frontera, con su borrosa inscripción en el viejo y carcomido poste que vibraba a todos los vientos.

Las enormes ruedas del landó se hundieron, crujiendo, en la arena; sus radios, hasta entonces plenos de vibración y monologantes, se acallaron, y sólo la enorme capota resonaba a media voz, restallando sombríamente bajo los encontrados vientos de la encrucijada como un arca encallada en el desierto.

Mi madre pagó el peaje, la barrera se levantó con un seco crujido y el landó se adentró en el otoño. Ingresamos en la monotonía, en la marchita extensión de la llanura, en una infinitud de dulzura anodina. Una especie de serenidad, inmensa y tardía, emergía, con esas tétricas lejanías, un espejismo que tenía como único aliento el descolorido viento que soplaba sobre el ocre marchito del horizonte.

Las amarillentas hojas del paisaje, cada vez más pálidas y nerviosas, giraban como en una envejecida novela, dispuestas a disolverse en un inmenso vacío repleto de vientos. En esa desvanecida nada, en ese amarillo nirvana, habríamos podido ir más allá de toda la realidad, fuera del tiempo, y quedarnos para siempre en pleno paisaje, en medio de las estériles y tibias corrientes de aire –una diligencia inmóvil sobre las altas ruedas, aprisionada entre las nubes bajo el pergamino del cielo, olvidada ilustración de una vieja y descosida novela- cuando nuestro cochero, con un último sobresalto, sacudió las riendas y, extrayendo el landó fuera del dulce letargo de los vientos, giró bruscamente encaminándose hacia el bosque.

Y penetramos en un plumón seco y denso como el tabaco marchito. Inmediatamente todo comenzó a virar a un ocre tostado, a hacerse íntimo y tranquilo como en una caja de Trabucos. Los árboles, secos y olorosos como los puros, desfilaban frente a nosotros, en esa penumbra de cedro. Avanzábamos mientras el bosque ensombrecía cada vez más, desprendiendo un fino olor a tabaco, para encerrarnos finalmente como en la reseca caja de un violonchelo sordamente afinado por el viento. El cochero no podía encender la linterna del carruaje porque no tenía cerillas, y los caballos resoplaban en la oscuridad encontrando dificilmente el camino. El crepitante ruido de los radios disminuyó, se detuvo, y las ruedas de metálicas llantas se deslizaron sin choques sobre un lecho de olorosas agujas. Mi madre se había dormido. El tiempo transcurría sin cálculo ni medida, formando extraños compendios, nudos y elipses durante su curso. Las tinieblas seguían presentes, inalterables; se oía aún, por encima del toldo, el seco murmullo del bosque, cuando, inesperadamente, el suelo se endureció bajo los cascos de los caballos para convertirse en calle pavimentada.

El carruaje dio la vuelta a la plaza y se detuvo, tan cerca de la pared que estuvo a punto de rozarla. Y justo delante de la portezuela mi madre encontró a tientas la pared de la casa. El cochero ya estaba bajando nuestros equipajes.

Entramos en un gran vestíbulo que se abría a múltiples corredores. En él reinaba la penumbra, íntima y cálida, como en un viejo horno de pan vacío durante la mañana, después de la extinción de las brasas, o bien en una casa de baños, avanzada la noche, cuando bañeras y cubos abandonados se enfrían en el silencio nocturno, que únicamente es roto por las gotas de agua que caen de ellos. En las tinieblas un grillo deshacía pacientemente ilusorias costuras, luminosos dobladillos que, no obstante, no iluminaban nada. Encontramos los escalones a tientas. Llegamos al recodo de la escalera, sobre el descansillo que crujía bajo nuestros pies: “Vamos, Józef, despiértate, dijo mi madre, no te tienes en pie, no quedan más que algunos escalones…” Vencido por el cansancio, me apreté más fuerte contra ella y me dormí.

Entre todo lo que vi esa noche a través de mis cerrados párpados –aplastado como estaba por un profundo sueño, hundiéndome perpetuamente en una ausencia sorda y sin memoria- nunca he podido, posteriormente, a pesar de las infinitas preguntas hechas a mi madre, discernir la parte real de la que había forjado mi imaginación.

Pero esa noche se había producido una violenta discusión entre mi padre, mi madre y Adela, protagonista de esa discusión. Si ahora me esfuerzo en vano para captar su sentido, que sigue escapándoseme, debo acusar de ello a las lagunas de mi memoria, esas ciegas capas de sueño que me esfuerzo en llenar a base de las más diversas hipótesis. Sin poder ni conciencia, yo derivaba continuamente hacia una ausencia muda, mientras el soplo de la noche estrellada, extendida en la ventana abierta de par en par, descendía sobre mis cerrados ojos. Respirando con ritmos puros, la noche despojaba inesperadamente a las galaxias de su velo, para deslizar en mi sueño una mirada de su faz eterna. El rayo de un lejano astro, enredado en mis pestañas, esparcía una plateada capa sobre la ciega blancura de mis ojos y, a través de la rendija de mis párpados, yo percibía la sala, iluminada con una vela, rodeada de una vacilante red de rayos dorados y zigzagueantes.

Puede ser, también, que esa escena tuviera lugar otro día. Muchas cosas parecen indicar que asistí a la misma mucho más tarde, una noche en la cual, después de haber cerrado la tienda, regresábamos a casa con mi madre y los dependientes.

En el rellano de la casa mi madre lanzó un grito de incredulidad y admiración, y los dependientes quedaron paralizados por la sorpresa. En medio de la habitación se encontraba un espléndido caballero de bronce, auténtico San Jorge, agigantado por la coraza, con sus espalderas de oro y todo el aderezo de sus placas de brillante metal. Con qué alegría, con qué admiración reconocí los hirsutos bigotes y la erizada barba de mi padre, que sobresalían de su pesado yelmo de pretoriano. La coraza se abombaba, ondulando sobre su vibrante tórax, los anillos de cobre respiraban por todas sus junturas como el inmenso cuerpo de un insecto. Gigantesco en su armadura, rutilante con todo el resplandor de sus fuselajes de oro, parecía el archiestratega de los escuadrones celestes.

-Querida Adela -decía mi padre-, no has comprendido nunca, desgraciadamente, las cosas que poseen un interés superior. Has contradicho, en todo y por todo, mis hechos y gestos con tus irreflexivos estallidos de ira. Ahora, protegido por esta coraza, me río de tus cosquillas que antes, por estar desarmado, me desesperaban. Un imponente furor anima ahora tu lenguaje y asciende hasta un numen, ciertamente deplorable, cuyo mal gusto iguala a la estupidez. Créeme, tus furores no me inspiran más que pena mezclada con algo de piedad. Cerrada a los nobles vuelos de tu fantasía, ardes con un inconsciente odio contra todo lo que eleva por encima de la pacotilla. Adela miró de arriba abajo a mi padre, con una mirada llena de un insondable desprecio, y, después, sin retener sus airadas lágrimas, se dirigió a mi madre con una voz en la que vibraba la indignación:

-¡Nos coge todo el jarabe! Está vaciando la despensa de la excelente provisión de jarabe de frambuesa en la que hemos trabajado las dos todo el verano. Quiere dársela a esos inútiles bomberos. Y, para colmo, me suelta todas esas insolencias.

Adela estalló en un débil sollozo.

-¡Capitán de bomberos! Sí, diga más bien de granujas –dijo ella enfrentándose a mi padre con una mirada llena de odio-. ¡Hay bomberos por todos lados! Por la mañana, cuando quise ir a buscar el pan, no pude abrir la puerta. Naturalmente dos de ellos se durmieron a pierna suelta a través del umbral y me impedían el paso. Lo mismo sucedió en la escalera: en cada escalón encontrarán a uno que ronca bajo su casco metálico. Me están molestando para que les deje entrar en mi cocina; deslizan su cara de conejo por la puerta entreabierta, chasquean los dedos como hacen los niños en clase e imploran con voz de mendigos: “!Azúcar, un poco de azúcar, por favor!” Me arrancan los cubos de las manos, corren a buscarme agua, danzan a mi alrededor, presumen –y poco falta para que agiten la cola. Todo el rato parpadean y se relamen los labios, de un modo indecente. Y si miro a uno de ellos con una mirada penetrante, su rostro se hincha inmediatamente con una oscura turgencia de carne violácea, como si fuera un pavo. ¡Y les tenemos que dar a esos tipos nuestro jarabe de frambuesa!

-Tu vulgar naturaleza –replicó mi padre- envilece todo lo que toca. Acabas de trazar un retrato de esos hijos del fuego totalmente digno de tu ciego espíritu. Toda mi simpatía se muestra favorable a esa infortunada tribu de salamandras, a esas pobres criaturas desheredadas. La única falta de esa raza, antes ilustre, le viene del hecho de haberse enrolado al servicio del hombre, haberse vendido a los humanos por una miserable bocanada de pan terrestre. Como compensación se les ha pagado con el desprecio. La estupidez de la plebe no tiene límites: esos seres finos y sutiles han sido reducidos por ella a la peor de las decadencias, a una total degradación. Cómo podemos, entonces, sorprendernos de que no les agrade la ordinaria e insípida comida que prepara la conserje de la escuela comunal para ellos, al mismo tiempo que para los presos de la cárcel, en la misma olla. Su delicado y ambrosiano paladar, su paladar acostumbrado a los espíritus del fuego, quiere filtros nobles y sombríos, fluidos irisados, esencias aromáticas. Así, durante esta solemne velada, cuando en plena ceremonia, que hará vibrar de alegría la gran sala de la Stauropigia72 municipal que expandirá a través de las altas ventanas su resplandor hasta los confines de la noche, cuando, como digo, nos hayamos instalado alrededor de las mesas cubiertas de inmaculadas mantelerías y cuando todo el entorno de la ciudad esté iluminado con los mil fuegos de la fiesta, cada uno de nosotros –lleno de piadoso respeto y del quintaesenciado deleite que son característicos de los hijos del fuego- mojará su pan en la copa llena de jarabe de frambuesa y catará con unción el néctar de ese espeso brebaje. He aquí como se recompone la naturaleza interior del bombero, cómo se regeneran los innumerables colores que exhala ese pueblo bajo la forma de cohetes, fuegos artificiales y luces de Bengala. Sí, mi corazón comparte su miseria, su inmerecida degradación. Si he aceptado de sus manos el sable de capitán, es con la única esperanza de arrancar a esta raza del hundimiento, de sacarla de su decadencia y desplegar por encima de sus cabezas el estandarte del nuevo ideal.

-¡Cómo has cambiado, Jakub! –dijo mi madre-.!Estás magnífico! ¿Pero no irás a dejarnos durante toda la noche? No olvides que, desde mi regreso, aun no hemos podido llevar a cabo una conversación seria. En cuanto a los bomberos, añadió, dirigiéndose a Adela, me parece que tienes respecto a ellos una extraña prevención. Son magníficos muchachos, aunque inútiles. Me gusta verles pasar con sus hermosos uniformes, aunque tal vez éstos les queden un poco ceñidos. Tienen mucha elegancia natural y me emociona la prisa, qué digo, el ardiente celo que despliegan cuando se trata de prestar un servicio a las damas. Si se me cae la sombrilla en la calle, o si se deshace el cordón de mi zapato, uno u otro corre apresuradamente a mi lado, con el rostro lleno de lágrimas y ardiendo en deseos de sacrificarse. ¿Cómo puedo tener el valor de decepcionar tan ferviente y buena voluntad? Siempre me entretengo un poco para que el joven tenga tiempo suficiente de venir a prestarme ese servicio, cosa que parece colmar totalmente su felicidad. Y apenas me ha dejado, una vez cumplidos sus deberes de caballero, se ve rodeado por sus camaradas que comentan vivamente el incidente, mientras él, héroe del asunto, imita para ellos la forma en que se han desarrollado las cosas. En tu lugar, querida, emplearía sin ninguna duda su galante disposición.

-En mi opinión –dijo el empleado más antiguo, Teodor-, esos bomberos son todos unos parásitos. Son tan infantiles e irresponsables que nunca les dejaremos apagar los incendios. Para apreciar la madurez de sus cerebros de conejo basta ver de qué modo, con los ojos relucientes, se detienen cuando ven a unos muchachos jugando a las chapas. Si, a través de la calle, percibimos la algarabía de juegos salvajes, con toda seguridad los veremos a ellos –atareados mozos, extenuados y con la lengua fuera- agitándose en medio de los muchachos en un frenético galope que les deja al borde del desfallecimiento. ¡Un incendio les enloquece de alegría! Al verlo, aplauden y bailan a su alrededor como pieles rojas. No, como verán, es imposible utilizarlos en caso de siniestro: para esa tarea disponemos de los deshollinadores y de los guardias municipales. Pero quedan las verbenas, las fiestas populares y, entonces sí, son insustituibles. Por ejemplo, en las fiestas de otoño, durante lo que llamamos el asalto al Capitolio; apenas ha amanecido cuando disfrazados de cartagineses asaltan con un infernal estruendo la colina de los basilianos, mientras nosotros cantamos a coro: ¡Hannibal, Hannibal ante portas!73 Después, al declinar el otoño, caen en una pereza absoluta, sueñan de pie todo el tiempo y, con la primera nieve, no encontraréis ni uno. Un viejo deshollinador me explicó un día que al reparar las chimeneas se les encuentra aferrados, como inmóviles larvas, en los conductos de ladrillos, vestidos con su uniforme escarlata y el casco. De este modo, duermen de pie, repletos de jarabe, ahítos de venenoso dulzor y llamas. Entonces se les debe sa- car de la chimenea tirándoles de las orejas y llevarlos, a través de las calles rosadas aún por el rocío matinal, hasta el cuartel, ebrios de sueño y semiextraviados; algunos les tiran piedras ,mientras con una sonrisa de vergüenza y mala conciencia caminan vacilantes como borrachos.

-Diga usted todo lo que quiera- replicó Adela-, pero no tendrán ni una gota de mi jarabe. No me he dejado casi la piel en los hornos vigilándolo para consentir que se lo beban ahora esos granujas.

Por toda respuesta mi padre se llevó el silbato a los labios y lanzó una estridente señal. Como si hubieran escuchado por el ojo de la cerradura, cuatro jóvenes esbeltos irrumpieron en la habitación y se situaron a lo largo de la pared. El brillo de sus aderezos metálicos iluminó la habitación, mientras ellos, inmóviles en actitud de firmes, con sus caras bronceadas bajo el casco, esperaban órdenes. A una señal de mi padre los dos primeros cogieron por las asas recubiertas de mimbre un enorme garrafón, repleto de líquido púrpura y, antes de que Adela pudiera impedírselo, descendieron ruidosamente la escalera, llevándose el apreciado botín. Después de saludar militarmente, sus compañeros emprendieron de inmediato el mismo camino.

Por un momento creíamos que Adela se dejaba arrastrar por las peores intenciones, puesto que los destellos que lanzaban sus hermosos ojos tenían un penetrante brillo. Mi padre no esperó a que llegara ese nuevo acceso de ira: con un salto alcanzó el alféizar de la ventana y abrió los brazos. Acudimos rápidamente a su lado. La plaza del mercado, resplandeciente, rebosante de luz, hormigueaba con una multitud multicolor. Y en nuestra acera ocho bomberos tendían la gran lona circular. Por última vez mi padre se volvió hacia nosotros, y, fulgurante con todo el resplandor de su armadura, ejecutó silenciosamente un magistral saludo militar, y después, con los brazos extendidos, luminoso como un meteoro, saltó a la noche que ardía con mil fuegos.

El espectáculo nos pareció tan hermoso que aplaudimos, llenos de entusiasmo. Incluso Adela, olvidando sus rencores, aplaudió ante aquella proeza realizada con tanto brío. Pero después de saltar de la lona ya mi padre tocaba tierra. Sacudió vigorosamente la brillante parafernalia de sus metálicos aderezos y encabezó su compañía, que, poniéndose en movimiento y alargándose paulatinamente hendía la oscura hilera de curiosos y se alejaba sin prisa, rutilantes con sus cascos metálicos.


[Bruno Schulz Mi Padre Ingresa en el Cuerpo de Bomberos en: El Sanatorio de la Clepsidra, Maldoror ediciones, Vigo 2003, 222 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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