Schulz

bruno schulz

opera omnia

inicio cronología obras e-books gráfica pasión schulz maldoror


Todo Bruno Schulz
en español


El Libro
idólatra


Las tiendas de
canela fina


El sanatorio de
la clepsidra


La república
de los sueños


Ensayos críticos

Correspondencia



La Última Escapada de mi Padre


Eso ocurrió en la época de la disolución, de la liquidación definitiva de nuestros negocios. Hacía mucho tiempo que el rótulo había desaparecido de la puerta de nuestra tienda. Con los estores semibajados, mi madre llevaba a cabo el comercio clandestino de los restos de mercancía. Adela había partido a América. Se decía que el barco en el que emprendió viaje se había hundido y que todos los pasajeros habían muerto. Nunca hemos verificado ese rumor; la muchacha desapareció sin dejar rastro, y jamás volvimos a oír hablar de ella. Había comenzado una nueva era, vacía, sobria, sin alegrías, blanca como el papel. La nueva sirvienta, Genia, anémica, pálida y deshuesada, se arrastraba blandamente por la casa. Cuando le acariciaba la espalda se retorcía y estiraba como una serpiente, con un ronroneo de gata. Su tez era de un blanco turbio, incluso el envés de los párpados de sus ojos esmaltados no era rosa. En ocasiones, por distracción, preparaba la salsa con viejas facturas y libros de cuentas. Aquello tenía un gusto repugnante.

Por aquel tiempo mi padre ya había muerto definitivamente. Había muerto muchas veces, pero nunca del todo, siempre con ciertas reservas que nos obligaban a revisar el hecho mismo de su fallecimiento. Eso tenía su lado positivo. Descomponiendo su muerte en plazos, mi padre nos familiarizaba con la idea de su partida. Nos volvimos indiferentes a sus regresos, cada vez más reducidos, más lamentables. La fisonomía del ausente se dispersó por la habitación en la que había vivido, se ramificó, formando en diversos puntos extraños nudos de semejanza, increíblemente expresivos. Los tapices imitaban en algunos lugares sus tics, temblaban, los arabescos componían la anatomía dolorosa de su risa dividida en miembros simétricos, como la forma petrificada de un trilobites.91 Durante algún tiempo nos mantuvimos a cierta distancia de su pelliza de turón: respiraba. El pánico convulso de los pequeños animales aferrados unos a otros, cosidos juntos, la atravesaba y desaparecía entre los pliegues. Al acercar el oído podíamos escuchar el melódico ronroneo de su sueño. Bajo esa forma de pieles bien curtidas, con ese suave olor a turón, a muerte y celos nocturnos, hubiera podido durar años. Mas, ahí tampoco permaneció mucho tiempo.

Un día mi madre regresó a casa con aire consternado. “Mira, Józef –dijo-, qué casualidad. Lo atrapé en la escalera, saltando de escalón en escalón.” Y levantó el pañuelo que cubría algo dentro de un plato. Lo reconocí enseguida. El parecido era chocante, aunque ahora fuese un cangrejo o un gran escorpión. Nos miramos profundamente asombrados ante la evidencia de aquella similitud que se imponía irresistiblemente, a pesar de una tal metamorfosis. “¿Está vivo?” -pregunté-. “Por supuesto, casi no puedo retenerlo” -dijo mi madre-. “¿Quieres que lo ponga en el suelo?” Colocó el plato en el suelo, y, agachados sobre él, lo examinamos detalladamente. Hundido entre los arcos de sus numerosas patas, las movía imperceptiblemente. Sus pinzas y antenas levantadas parecían al acecho. Incliné el plato y mi padre buscó el suelo con precaución, un poco dudoso, pero apenas tocó el piso se echó a correr repentinamente con todas sus patas, con un ruido de huesecillos. Yo le corté el camino. Se detuvo, tocó el obstáculo con sus temblorosas antenas, después levantó sus pinzas y corrió hacia la izquierda. Lo dejamos avanzar en la dirección escogida. De ese lado, ningún mueble podía servirle de refugio. Corriendo así, con sobresaltos y torsiones, alcanzó la pared y, antes de que nosotros hubiésemos podido reaccionar, la subió, sin detenerse y sin esfuerzo. Sacudido por un estremecimiento de repugnancia instintiva, yo seguía su ruidosa ascensión a lo largo de la pared tapizada. Una vez que llegó hasta un pequeño armario empotrado de cocina, se inclinó un instante sobre el borde, examinando con sus pinzas el terreno del interior, y después se metió dentro.

Se podría decir que de algún modo hacía de nuevo, con los sentidos de un crustáceo, el reconocimiento de la casa. Distinguía los objetos quizá con ayuda del olfato, pues a pesar de un detallado examen no pude descubrir en él ningún órgano visual. Parecía reflexionar un poco ante los objetos que encontraba en su camino, se detenía para tocarlos suavemente con sus antenas, incluso los abrazaba, los palpaba con sus pinzas, y sólo al cabo de un momento se separaba para continuar su marcha, arrastrando su abdomen ligeramente curvado por encima del suelo. Se comportaba de la misma manera ante los trozos de pan y carne que le arrojábamos con la esperanza de que comiese algo. Pero él los tanteaba furtivamente y seguía su camino sin atisbar en ellos algo alimenticio.

Viendo sus pacientes operaciones de reconocimiento por el espacio de la habitación, se podría pensar que, infatigable y obstinado, buscaba algo. De vez en cuando se precipitaba hacia el rincón de la cocina donde se encontraba un barreño del que vertía un hilo de agua, y, una vez allí, parecía beber. En ocasiones, desparecía días enteros. Daba la impresión de que pasaba sin comer, sin que su vitalidad se resintiera. Con una mezcla de vergüenza y repulsión pensábamos que podía visitarnos por la noche en nuestras camas. Mas, eso no ocurrió nunca, aunque, de día, trepaba por los muebles y le gustaba quedarse en el espacio entre los armarios y la pared. Ciertos síntomas racionales, e incluso alguna travesura, no podían pasar inadvertidos en su comportamiento. Por ejemplo, no dejaba nunca de aparecer en el comedor a las horas de la comida, donde sin embargo su participación era puramente platónica. Si, por casualidad, la puerta del comedor estaba cerrada y él se encontraba en la pieza contigua, se ponía a correr a lo largo de la rendija bajo la puerta y rascaba hasta que le abríamos. Más tarde, aprendió a pasar las pinzas y las patas anteriores por el intersticio y, tras laboriosos esfuerzos, conseguía deslizarse al otro lado. Eso parecía alegrarlo. Entonces se quedaba inmóvil bajo la mesa, en completo silencio; sólo percibíamos las pulsaciones ligeras de su abdomen. Nunca llegamos a desentrañar lo que las mismas significaban. Había en ellas algo de irónico, algo de indecente y malicioso, que parecía expresar al mismo tiempo una baja voluptuosidad. Nemrod, nuestro perro, se le acercaba despacio, indeciso, lo olfateaba con precaución, estornudaba y se alejaba con aire indiferente, sin haber podido formarse una opinión al respecto.

La disolución de nuestra casa se aceleraba. Genia dormía días enteros, su esbelto cuerpo ondeando al ritmo de una profunda respiración. A menudo encontrábamos en la sopa carretes de hilo que, presa de una extraña distracción, mezclaba con las legumbres. La tienda seguía abierta in continuo día y noche. La venta-liquidación, con los estores semibajados, reanudaba todos los días su transcurso complicado, en medio de regateos. Por añadidura, llegó el tío Karol. Parecía extrañamente turbado y silencioso. Declaró con un suspiro que después de las últimas tristes experiencias, había decidido cambiar de vida y ponerse a estudiar idiomas. Sumido en la revisión de viejas listas de precios, no abandonaba la casa, permaneciendo encerrado en la habitación del fondo de la que Genia, en señal de desaprobación, había retirado todos los tapices y colgaduras. En más de una ocasión intentó perversamente pisar el abdomen de mi padre. Se lo impedimos con gritos aterrorizados. En absoluto convencido, sonreía con malicia, mientras que mi padre, inconsciente del peligro, se detenía con atención ante unas manchas del suelo.

Mi padre, ágil y rápido cuando se mantenía sobre sus patas, compartía con los demás crustáceos la particularidad de encontrarse desamparado una vez caído sobre la espalda. Ofrecía un espectáculo penoso y molesto cuando, tendido de espaldas, movía desesperadamente sus extremidades girando sobre sí mismo. No podíamos mirar sin dolor el mecanismo de su anatomía, demasiado evidente, demasiado articulada, casi indecente, expuesta a la vista y con la superficie segmentada de su vientre completamente desnuda. En esos momentos, el tío Karol se encolerizaba, empujado por el deseo de aplastarlo con el pie. Nosotros corríamos a rescatarlo, arrojándole a mi padre algún objeto que él agarraba convulsivamente con sus pinzas, recobrando hábilmente su posición normal, tras lo cual comenzaba una carrera circular en zigzags relampagueantes como si quisiera borrar el recuerdo de su caída.

Me resulta difícil soslayar la reticencia que siento, ahora que voy a contar un hecho inconcebible que todo mi ser se niega a admitir. Aún hoy, no puedo comprender que hayamos sido sus autores de manera consciente. Bajo este prisma, todo lo ocurrido adquiere el carácter de una extraña fatalidad. Porque la fatalidad no evita nuestra conciencia y nuestra voluntad, las integra en su mecanismo, de tal manera que aceptamos como en un sueño letárgico cosas que, en condiciones normales, nos harían estremecer.

Cuando, conmovido por la horrible acción llevada a cabo, le pregunté con desesperación a mi madre: “¿Cómo has podido hacer eso?” ¡Si al menos fuera Genia, pero tú, tú misma…!”, ella se puso a llorar, levantó los brazos al cielo y no supo que responder. ¿Acaso había pensado que mi padre estaría mejor así, había visto allí la única salida a una situación inextricable, o bien había actuado empujada por una inconcebible ligereza y aturdimiento?… El destino encuentra mil soluciones cuando se trata de imponer su enigmática voluntad. Un eclipse momentáneo de la razón, un instante de ceguera o descuido le bastan para hilvanar un acto entre Scylla y Caribdis de nuestras decisiones. Después, siempre se pueden interpretar y explicar los motivos infinitamente ex post, buscar las razones: el hecho consumado permanece irreversible, inmutable de una vez para siempre.

Lo comprendimos cuando trajeron a mi padre en una fuente. Yacía tendido allí, grande e hinchado por la cocción, gris pálido y gelatinoso. Abatidos, nos callábamos. Sólo el tío Karol acercó su tenedor a la fuente, pero se detuvo a medio camino, perplejo, mirándonos con aire de sorpresa. Mi madre ordenó llevar la fuente al salón. Allí reposa sobre una mesa cubierta con un paño de terciopelo, al lado del álbum de fotografías y de una caja de música que distribuía cigarrillos. Mi padre yacía allí, aparte, inmóvil. Nosotros lo evitábamos.

Mas, ahí no se termina la peregrinación terrestre de mi padre; esa continuación, esa prolongación de la historia más allá de lo que parece como el límite último de lo admisible, es el punto más doloroso. ¿Por qué no quiso abandonar la partida, por qué no aceptó su derrota en el momento en que tenía verdaderamente todas las razones para hacerlo, cuando el destino no podía ir más lejos en la humillación que le infligía, con la que lo aplastaba? Al cabo de algunas semanas de inmovilidad, mi padre comenzó a solidificarse, a consolidarse, pareció volver en sí poco a poco. Una mañana, encontramos la fuente vacía. Solamente una pata colgaba del borde, perdida en la salsa de tomate coagulada y la gelatina pisoteada en su huída. Cocido, perdiendo sus extremidades por el camino, se había arrastrado con el resto de sus fuerzas para continuar su viaje solitario. No le volvimos a ver jamás.


[Bruno Schulz La Última Escapada de mi Padre en: El Sanatorio de la Clepsidra, Maldoror ediciones, Vigo 2003, 222 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





Prólogo de Artur Sandauer

El Libro

La Época Genial

La Primavera

La Noche de Julio

Mi Padre Ingresa en el Cuerpo de Bomberos

El Segundo Otoño

La Estación Muerta

El Sanatorio de la Clepsidra

Dodo

Edzio

El Jubilado

La Soledad

La Última Escapada de mi Padre


  • maldoror
  • autores
  • títulos
  • enlaces
  • novedades
  • vanguardias
  • e-books
  • © Copyright 2008-2014 -MALDOROR ediciones