La Noche de Julio
Conocí por primera vez las noches de verano durante las largas vacaciones que siguieron a mi bachillerato. Nuestra casa, por cuyas ventanas abiertas de par en par desde el amanecer hasta la noche entraban los efluvios, los murmullos y los reflejos de esos largos días de calima, acababa de recibir a un nuevo y llorón inquilino, el recién nacido de mi hermana. La llegada de ese ser minúsculo y enojado llevó de nuevo la vida de toda la familia a las condiciones más antiguas y retrotrajo su evolución social a la etapa del matriarcado: ambiente de harén nómada con su vivaque de ropa de cama, pañales y mantillas sempiternamente lavadas y secadas, además de la manera poco precavida de asearse de la nodriza —mujer que tenía que mostrar floridos desnudos, tan exuberantes como inocentes—, y todo impregnado por ese olor ácido que desprenden la carne de los recién nacidos y los pechos desbordantes de leche. |

