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Dodo


Venía a nuestra casa el sábado por la tarde, vestido con una oscura levita, un chaleco de piqué blanco y un sombrero hongo posiblemente hecho a la medida, en vista de las dimensiones de su cráneo; venía para quedarse sentado un cuarto de hora, o dos, delante de un vaso de jugo de frambuesa con agua, soñar con el mentón apoyado contra el pomo de marfil de su bastón que mantenía entre las piernas, y meditar mientras contemplaba el humo azul de su cigarrillo.

Habitualmente, también nos visitaban otros familiares en ese momento, y, durante una conversación sin mucho orden ni concierto, Dodo se quedaba aparte, descendido al papel de figurante en una reunión familiar. Él se callaba y sus ojos embellecidos por unas soberbias cejas iban de una persona a la otra, mientras que su cara se alargaba progresivamente, como desencajada, y se volvía completamente estúpida, pues aún siguiendo la conversación con avidez Dodo perdía el control de la misma.

Sólo hablaba cuando alguien se dirigía directamente a él; respondía entonces a las preguntas, pero con monosílabos y reticencia, con la mirada huidiza, y solamente en la medida en que las preguntas no salieran del ámbito de los asuntos simples y fáciles de juzgar. En ocasiones, conseguía alimentar un cambio de propósitos relativos a otras preguntas, más allá de ese ámbito, gracias a la reserva de muecas y gestos de que disponía y que, siendo ambiguos, le rendían servicios apreciables para llenar los vacíos de la palabra articulada y mantener la esperanza de una reacción razonable. Pero eso sólo era una ilusión que se desvanecía enseguida, la conversación encallaba penosamente,la mira- da de su interlocutor se apartaba poco a poco, pensativa, mientras que Dodo, abandonado a sí mismo, regresaba a su verdadero papel, al papel de figurante y observador pasivo.

¿Cómo continuar la conversación con alguien que, a la pregunta: “¿has acompañado a tu madre al campo?”, responde en tono apagado: “no sé”? Esa era la vergonzosa y triste verdad, porque la memoria de Dodo no iba más allá del momento presente. Dodo había sufrido en su infancia una grave enfermedad cerebral, durante la cual permaneció sin conocimiento durante muchos meses, más cerca de la muerte que de la vida. Cuando se vio curado, estaba ya fuera de onda, ya no formaba parte de la gente razonable. Su educación se llevó a cabo en casa, con muchos cuidados, y más bien por la forma. Las exigencias, duras hacia los demás, se suavizaban cuando se trataba de Dodo; con él la severidad se convertía en indulgencia.

En torno a él se creó un espacio privilegiado, como un cerco de seguridad, una zona neutra que lo protegía contra los asaltos de la vida y sus exigencias. Todos los que se encontraban en el exterior de esa zona estaban expuestos a los ataques de la realidad, chapoteaban ruidosamente en sus olas, se dejaban llevar, emocionados, arrastrados por un extraño frenesí. En el interior reinaba la calma, era una pausa, una cesura en medio del tumulto general.

Así crecía, y su destino excepcional crecía con él, indiscutible y sin despertar ninguna oposición por parte de nadie. Dodo no recibía nunca trajes nuevos, solamente los trajes usados de su hermano mayor. Mientras que la vida de los muchachos de su edad se dividía en fases, en periodos articulados por ciertos momentos importantes y simbólicos que marcaban los límites –cumpleaños, exámenes, noviazgos, ascensos-, la suya seguía un curso monótono que nada agradable o penoso venía jamás a turbar, y el futuro también le aparecía como un camino igual y monótono, sin hechos destacados ni sorpresas.

Nos equivocaríamos si pensamos que Dodo rechazaba interiormente tal estado de cosas. Lo aceptaba con simplicidad, como la forma de vida que le era propia, sin extrañarse, con realismo y un optimismo serio; se acomodaba a ella y organizaba los detalles en los límites de esa grisalla sin acontecimientos.

Todos los días antes de la hora del ángelus daba un paseo, siguiendo siempre el mismo itinerario, las mismas tres calles que recorría hasta el final, para regresar después por el mismo camino. Vestido con un traje de su hermano, elegante aunque usado, sosteniendo un bastón entre sus manos cruzadas detrás de la espalda, caminaba con distinción y sin prisa. Se le podía tomar por un señor en viaje de placer visitando la ciudad. Esa falta de precipitación, esa ausencia de una dirección o finalidad, que se manifestaban en sus movimientos, adquirían a veces formas difíciles de admitir, pues Dodo tenía tendencia a pararse con la boca abierta delante de las puertas de las tiendas, delante de los talleres donde resonaban martillazos, o, incluso, ante un grupo de personas que discutían en la calle.

Su fisonomía había madurado en buena hora y, cosa extraña, mientras las pruebas y las conmociones se paraban en el umbral de esa vida, dejando intacto su vacío, los rasgos de Dodo se habían modelado según esas mismas experiencias que transcurrían lejos de él, y que parecían anticipar una biografía no realizada, apenas esbozada al nivel de las posibilidades, biografía que hubiera modelado ese rostro dándole la apariencia de una máscara de gran trágico, impregnada por el conocimiento de la tristeza de todas las cosas. Sus cejas dibujaban dos arcos perfectos, alojando en la penumbra los ojos grandes y tristes, profundamente ojerosos. A ambos lados de la nariz se trazaban dos arrugas de sufrimiento abstracto, de sabiduría ilusoria, descendiendo hasta la comisura de los labios y llegando al mentón. Sus labios pequeños y carnosos se apretaban en una mueca dolorosa, mientras que una coqueta pajarita le daba un aire de viejo y experimentado bon-vivant.

Era inevitable que su situación privilegiada y excepcional fuese alterada, olfateada por la malicia humana, ferozmente, insidiosamente agazapada y siempre hambrienta de víctimas.

Así, durante su paseo matinal, cada vez con más frecuencia encontraba compañía, y, en virtud de su situación privilegiada y excepcional eran compañeros de una especie particular, carentes del mínimo espíritu de camaradería, sin intereses comunes con él, francamente amistades poco halagüeñas. Se trataba generalmente de muchachos bastante más jóvenes que el mismo Dodo, atraídos por ese primogénito digno y serio; sus conversaciones tenían un tono de alegría, de broma, que -no podemos negarlo- significaba para Dodo algo agradable y vivificante.

Cuando caminaba así en medio de esa pandilla alborotadora a la que sobrepasaba en una cabeza, tenía el aire de un filósofo peripatético rodeado por sus discípulos. Entonces, en su cara, bajo la máscara de seriedad y tristeza aparecía una sonrisa frívola luchando contra la dominante trágica de su fisonomía.

Ahora, Dodo regresaba tarde de sus paseos matinales, traía el pelo revuelto y las ropas un poco en desorden, pero animado e inclinado a alegres controversias con Karola, una prima pobre acogida por la tía Retycja. Además, como si tuviese conciencia de la poca consideración que le procuraban esos encuentros, Dodo mostraba, en casa, una total discreción a ese respecto.

Solamente una o dos veces se produjeron en esa vida monótona acontecimientos cuya importancia fue más allá de los hechos cotidianos. En una ocasión, habiendo salido a la hora acostumbrada no apareció después a comer. Tampoco regresó por la noche, ni al día siguiente. Tía Retycja estaba al borde de la desesperación. Al fin regresó hacia la segunda noche, un poco arrugado, con su sombrero hongo aplastado y calado del revés, pero sano, salvo y con la conciencia tranquila.

Fue difícil reconstruir la historia de esa escapada sobre la que Dodo guardó un absoluto silencio. Probabemente, a consecuencia de una distracción durante el transcurso de su paseo, se alejó hasta algún barrio desconocido de la ciudad; se podía suponer, también, que los jóvenes peripatéticos quizá le habían ayudado, pues les gustaba meter a Dodo en situaciones nuevas.

O tal vez ocurriese en uno de esos días en que Dodo daba vacaciones a su pobre memoria, olvidando su dirección e incluso su nombre y la fecha del día, algo que, de lo contrario, recordaba siempre.

No llegamos a conocer jamás los detalles de esa aventura.

Cuando el hermano de Dodo partió al extranjero, la familia se vio reducida a tres, a cuatro personas. Además del tío Hieronim y de la tía Retycja, estaba la prima Karola que desempeñaba el papel de gobernanta de la enorme mansión de mis tíos. Hacía muchos años que el tío Hieronim no salía nunca de su habitación. Desde que la Providencia le había retirado suavemente de las manos el timón de la nave de su vida, deteriorada y encallada contra un banco de arena, llevaba una existencia de jubilado en el estrecho territorio que se le asignó entre el pasillo y su oscura alcoba.

Vestido con una larga bata que llegaba hasta el suelo, permanecía al fondo de su habitación y día tras día se cubría de un vello fantástico. Una larga barba entrecana (casi blanca en las puntas) rodeaba su cara, hasta la mitad de las mejillas, dejando ver sólo una nariz aguileña y unos ojos cuyas pupilas brillaban en la sombra de tupidas cejas.

En la exigua prisión donde – enorme fiera- fue condenado a moverse dando vueltas ante la puerta acristalada que comunicaba con el salón, había dos grandes camas de roble, morada nocturna de los tíos, y un inmenso tapiz que cubría toda la pared del fondo, forma imprecisa emergiendo del claroscuro. Una vez que los ojos se acostumbraban a la oscuridad, surgía entre bambúes y palmeras un enorme león, poderoso y sombrío como un profeta, majestuoso como un patriarca.

Dándose la espalda por completo, el león y el tío Hieronim sentían mutuamente su presencia y se odiaban. Por momentos, el león, irritado, se alzaba sobre sus patas posteriores, erizaba sus crines, estiraba el cuello, y su rugido se expandía en torno al horizonte ensombrecido.

A veces, era el tío Hieronim quien subyugaba al león con una retahíla patética, con solemnes palabras que brotaban de su boca mientras su barba ondeaba con el soplo de la inspiración en la máscara severa de su rostro. Entonces los ojos del león se contraían dolorosamente, volvía poco a poco la cabeza, se acurrucaba domado por el poder de la palabra divina.

Ese león y ese Hieromin llenaban la sombría alcoba con una disputa eterna.

El tío Hieromin y Dodo hacían caso omiso, por decirlo así, uno del otro, viviendo en dos dimensiones diferentes que a veces se encontraban sin tocarse jamás. Al cruzarse, sus miradas iban más allá, como las de animales pertenecientes a dos especies alejadas: no se miraban, incapaces de retener una imagen extraña que atravesaba su conciencia sin fijarse.

Nunca se hablaban.

Cuando nos juntábamos a la mesa, la tía Retycja, sentada entre su marido y su hijo constituía una frontera entre dos mundos, istmo separando dos mares de locura.

El tío Hieronim comía inquieto y agitado, con su larga barba deslizándose en el plato. Cuando oía chirriar la puerta de la cocina, cogía con las dos manos su cuenco de sopa, dispuesto a escapar hacia su alcoba en caso de que algún extraño entrara en la casa. La tía Retycja lo tranquilizaba: “No tengas miedo, no viene nadie, es la sirvienta.” Entonces Dodo echaba a su padre una mirada colérica, incluso de indignación, y murmuraba, con semblante contrariado: “Viejo loco…”

El tío Hieronim, antes de haber superado contingencias muy complicadas de la vida y obtener aquiescencia para retirarse a su refugio solitario, había sido un hombre de una especie completamente distinta. Quienes lo conocieron en su juventud contaban que su naturaleza desenfrenada no conocía entonces ningún límite, ningún escrúpulo. Le hablaba con una sádica delectación a los enfermos incurables de la muerte que les aguardaba. Aprovechaba las visitas de pésame para criticar ferozmente –ante la familia consternada, cuando todavía era llorado por sus allegados-, la vida del difunto. Revelaba en voz alta, injuriosamente, los problemas delicados y desagradables que la gente pretendía ocultar. Pero una noche regresó de un viaje transformado, enloquecido de miedo, intentando esconderse debajo de la cama. Algunos días después la familia pudo saber que, desbordado por sus dudosos y arriesgados negocios, el tío Hieronim renunciaba definitivamente a todo para comenzar una vida nueva, regida por una severa y estricta norma, incomprensible para nosotros. Los domingos por la tarde íbamos a merendar a casa de la tía Retycja. El tío Hieronim no nos reconocía. Encerrado en su alcoba, echaba sobre esa reunión, a través de la puerta acristalada, miradas salvajes y angustiadas. Sin embargo, en ocasiones abandonaba inesperadamente su retiro, vestido con su larga bata que le llegaba al suelo, la barba como oleaginosa, y, haciendo con las manos el gesto de querer separarnos, decía: “Ahora, os lo ruego, marcharos, dispersaros sin hacer ruido, sin llamar la atención…” Después, levantando un dedo misterioso, añadía en voz baja: “Se dice ya por todas partes: Di-da.”

La tía lo empujaba entonces dulcemente hacia la alcoba y él, volviéndose en el umbral, amenazador, con el dedo levantado, repetía: “Di-da.”

Dodo comprendía las cosas lentamente, no al primer golpe, y aún transcurrían algunos instantes de un silencio consternado hasta que la situación se aclaraba en su cabeza. Entonces, rodeando a los presentes con la mirada como para asegurarse de que algo divertido acababa de ocurrir, estallaba en risas altisonantes, y, satisfecho, movía la cabeza con aire de conmiseración para decir jocosamente: “Viejo loco…”

La noche caía sobre la casa de tía Retycja; las vacas, ordeñadas, se frotaban contra las maderas del establo, las muchachas dormían ya en la cocina, globos de ozono afluían del jardín y estallaban en la ventana abierta. La tía Retycja dormía al fondo de su gran cama. En la otra, el tío Hieronim estaba sentado entre las almohadas, parecía un búho. Sus ojos brillaban en la oscuridad, su barba se derramaba sobre sus rodillas plegadas.

Descendía sigilosamente de la cama y, sobre la punta de los pies, se acercaba a la tía. Él estaba allí, sobre la dormida, como un gato agazapado dispuesto a saltar, con las cejas y el bigote erizados. El león en la pared emitía un corto bostezo y volvía la cabeza. La tía se despertaba, asustada al ver aquella cara hirsuta con ojos fulgurantes. “Vete, vete a la cama”, decía, agitando las manos como si pretendiera espantar a un gallo.

Entonces él retrocedía entre fuertes resoplidos y mirando nervioso a su alrededor.

En la otra habitación, Dodo estaba acostado en su cama. Él no sabía dormir. El centro del sueño no funcionaba bien en su cerebro enfermo. Dodo se agitaba, daba vueltas entre las sábanas, se ponía de un lado y después del otro. El somier crujía. Dodo exhalaba profundos suspiros, acomodaba las almohadas.

No era la existencia vivida presa de desesperación que se agitaba así, dando vueltas como un gato en una jaula. En el cuerpo de Dodo, ese cuerpo de retrasado mental, alguien envejecía sin haber vivido, alguien maduraba y se aproximaba a la muerte, alguien que no tenía ni un átomo de contenido.

Súbitamente, un sollozo aterrador desgarró la noche.

La tía Retycja se acercó rauda hasta su cama:

-¿Qué tienes Dodo? ¿Estás mal?

Dodo la miró, asombrado:

-¿Qué? –preguntó.

-¿Por qué gimes? –preguntó la tía.

-No soy yo, es él.

-¿Quién?

-El tapiado.

-¿Quién?

Pero Dodo hizo un gesto de resignación con la mano:

-Ah…

Y se volvió contra la pared.

Tía Retycja regresó a su habitación sobre la punta de los pies. A su paso, el tío Hieronim levantó un dedo amenazador:

-Se dice por todas partes: Di-da...


[Bruno Schulz Dodo en: El Sanatorio de la Clepsidra, Maldoror ediciones, Vigo 2003, 222 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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