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Edzio


I

En el mismo piso que nosotros, en un extremo del longitudinal y estrecho edificio, sobre el patio, vivía Edzio con su familia.

Hace mucho tiempo que Edzio dejó de ser un niño, ahora es un hombre adulto de voz sonora y viril con la que canta a veces arias de ópera.

Edzio tenía tendencia a engordar, mas no bajo una forma esponjosa y blanda, sino más bien atlética y musculada. Tenía los brazos fuertes como un oso, aunque -desgraciadamente- sus piernas, completamente degeneradas y deformes, eran inutilizables. A decir verdad, después de mirar las piernas de Edzio no comprendíamos en qué consistía de hecho aquella extraña invalidez. Parecía como si tuviesen demasiadas articulaciones entre la rodilla y el tobillo, al menos dos más que las piernas normales. Nada extraño, pues, si en el sitio de esas articulaciones que están de más se doblaban penosamente, y no sólo a izquierda y derecha, sino también hacia adelante y en todos los sentidos.

Edzio se desplazaba entonces con la ayuda de dos muletas, de una excelente fabricación, barnizadas a imitación de la caoba. Con ellas, bajaba todos los días a comprar el periódico, y ese era su único paseo y su única distracción. Resultaba penoso verlo subir la escalera. Sus piernas se balanceaban irregularmente -a un lado, al otro, después hacia atrás- y se doblaban en sitios inesperados, mientras que los pies –cortos y altos- semejantes a cascos de caballo, golpeaban contra los escalones con un ruido sordo como de troncos de madera. Pero una vez en terreno liso, Edzio se transformaba completamente. Se erguía sacando el pecho, su cuerpo adquiría otra movilidad. Apoyado en las muletas, impulsaba sus piernas hacia adelante que volvían a caer en dos tiempos, después trasladaba las muletas y con un nuevo impulso conseguía avanzar.

Así, entre saltos y distensiones del cuerpo, Edzio conquistaba el espacio. En ocasiones, maniobrando las muletas con el exceso de fuerzas acumuladas durante su prolongada inmovilidad, hacía con una pasión realmente admirable la demostración de ese heroico método de locomoción ante la fascinada mirada de las sirvientas del primer piso y del bajo. Su cuello se hinchaba, dos pliegues se dibujaban bajo el mentón, mientras que en su rostro inclinado, en torno a la boca crispada por el esfuerzo, aparecía furtivamente una mueca dolorosa. Edzio no tenía ni oficio ni trabajo, como si el destino, al afligirle con esa enfermedad, le hubiese compensado liberándolo discretamente de la maldición de los hijos de Adán.

A la sombra de su invalidez, Edzio aprovechaba plenamente su excepcional derecho a la ociosidad, y en su fuero interno estaba satisfecho de ese contrato personal firmado con el destino.

Sin embargo, nos hemos preguntado a veces en qué empleaba su tiempo aquel joven de más de veinte años. La lectura del periódico le ocupaba muchas horas. Edzio era un lector serio. Ni una noticia breve, ni un pequeño anuncio escapaban a su atención. Y cuando finalmente llegaba a la última página del periódico, eso no quería decir que le esperase el aburrimiento el resto del día, oh, de ninguna manera. Era entonces cuando el verdadero trabajo comenzaba y Edzio se alegraba por adelantado. Después del mediodía, cuando los demás echaban la siesta, sacaba sus grandes y voluminosos libros, los disponía sobre la mesa cerca de la ventana, preparaba la cola y los pinceles, las tijeras, y se ponía a la agradable tarea de recortar los artículos más interesantes e incorporarlos en los volúmenes según un orden muy personal. Las muletas estaban cerca de él, por si acaso, apoyadas contra el parapeto de la ventana. Aunque Edzio no las necesitaba, pues tenía a mano todo lo necesario, y las restantes horas hasta el momento de la merienda transcurrían así en medio de un trabajo aplicado.

Cada tres días Edzio rasuraba su pelirroja barba. Le gustaba esa ocupación y todos sus accesorios: el agua caliente, la espuma de jabón y la navaja de afeitar lisa y suave. Mientras preparaba el jabón, o afilaba la navaja contra una correa de cuero, Edzio cantaba -ni artísticamente ni de manera rebuscada- sin pretensiones y a voz en grito; de todas formas, Adela le encontraba una voz agradable. Sin embargo, en la casa de Edzio no todo parecía ser perfecto. Existía, lamentablemente, entre él y sus padres un desacuerdo muy serio cuyas razones desconocíamos. Nosotros no vamos a repetir aquí las habladurías y nos limitaremos tan sólo a los hechos comprobados. Habitualmente ocurría hacia la noche, en la estación cálida, cuando la ventana de Edzio permanecía abierta, y podíamos escuchar entonces el marasmo de ese desacuerdo. De hecho, solo oíamos una mitad del diálogo, es decir la parte de Edzio, pues las réplicas de sus antagonistas ocultos al fondo de la casa no llegaban hasta nosotros.

Era difícil deducir lo que le reprochaban a Edzio, pero por su manera de reaccionar intuíamos que estaba indignado, casi empujado a la desesperación. Sus palabras eran violentas y desatinadas, dictadas por una emoción extrema; no obstante, a pesar de todo lo hosco que parecía, el tono era cobarde. “Sí, sí” –gritaba con voz lastimera-. “¿Y qué?… ¿Cuándo, ayer? ¡No es verdad! Bueno, ¿y si fuese cierto, qué? ¡No, no, papá es quien miente!” Y así continuaba, durante varios cuartos de hora, con el único añadido de los estallidos de amargura y de indignación de Edzio, que, presa de una rabia impotente, se golpeaba la cabeza y se arrancaba los cabellos. Mas, en ocasiones –y esa era entonces la atracción de tales escenas, lo que le daba un mordiente particular- se producía lo que estábamos esperando con la respiración contenida. Hacia el fondo de la casa estallaba un alboroto, se abría una puerta, caían muebles con estrépito y poco después se oía un gañido desgarrador de Edzio.

Escuchábamos conmovidos y avergonzados, a la vez que sentíamos el atroz goce que despertaba en nosotros la idea de la violación salvaje y fantástica cometida en la persona de ese joven atlético, con las piernas impotentes.


II

Al anochecer, cuando la vajilla de la temprana cena estaba ya lavada, Adela se sentaba en el porche que daba al patio, cerca de la ventana de Edzio. Dos largos balcones rodeaban el patio, uno en el bajo y otro a la altura del primer piso. La hierba crecía entre las planchas de madera de la galería, y, en una hendidura entre las vigas, brotaba incluso una pequeña acacia que se agitaba por encima del pavimento.

Además de Adela, otros vecinos estaban sentados, aquí y allá, delante de su puerta, difuminados en el crepúsculo, permanecían allí, llenos de la fatiga del día, como sacos atados y mudos esperando que la oscuridad los desatase suavemente.

Abajo, el patio se impregnaba rápidamente de la sombra que afluía en olas, pero más arriba el aire no quería renunciar a la luz: brillaba con más intensidad a medida que las cosas abajo se volvían carbonosas, cubriéndose con un negro de duelo; brillaba esplendente, tembloroso y reverberante, sólo oscurecido por el vuelo errático de los murciélagos.

Sin embargo, abajo la tarea rápida y silenciosa del crepúsculo ya había comenzado: las hormigas voraces bullían allí, descuartizando, haciendo jirones la sustancia de las cosas, limpiándola hasta los blancos huesos, hasta el esqueleto, hasta las costillas vagamente fosforescentes de ese triste campo de batalla. Papeles blancos, trapos arrojados a la basura, tibias de luz no consumidas, duraban el más largo tiempo, roídas por los gusanos, y duraban interminablemente en las tinieblas. Por momentos, pareciera que el crepúsculo ya las había tragado, pero de nuevo estaban allí, brillaban, ora perdidas ora encontradas por los ojos llenos de destellos, pero enseguida dejábamos de distinguir entre los vestigios de las cosas y las ilusiones del ojo que, en ese momento preciso, se ponía a divagar; entonces cada uno se rodeaba de su aura propia como de una nube de mosquitos, de un enjambre estrellado temblando al ritmo de las pulsaciones del cerebro, según el orden delirante de la alucinación.

Ahora comenzaban a subir del patio vaharadas de aire, todavía inseguras de su realidad y ya dispuestas a renunciar a ella antes incluso de haber llegado a nuestro rostro: esas estelas de frescor con que la noche de verano se forraba como con una seda. Y mientras que en el cielo se encendían y se apagaban las primeras estrellas, el velo sofocante del crepúsculo tejido de torbellinos y fatamorganas se desprendía muy lentamente, y la noche se abría con un suspiro, profundo, lleno del polvo astral y del lejano croar de las ranas.

Adela, sin encender la lámpara, se acostaba en las mismas sábanas arrugadas la noche anterior. Una vez que había cerrado los párpados, comenzaba el frenesí a través de todos los pisos y todas las estancias de la casa.

Únicamente para los no iniciados la noche de verano es olvido y descanso. Apenas finalizadas las actividades del día, cuando el cerebro fatigado quisiera dormir y olvidar, comenzaba esa agitación desordenada, ese gran enigma laberíntico de la noche de julio. En todos los pisos de la casa, en todas las habitaciones y alcobas se oían fuertes voces, continuas idas y venidas. En todas las ventanas se encendían los globos de las lámparas, incluso los pasillos estaban iluminados, las puertas se abrían y cerraban sin cesar. Una conversación única, inabarcable y confusa, un tanto irónica, se desarrollaba, se trenzaba en medio de malentendidos a través de todas las celdas de esa colmena. En el primer piso no sabían muy bien lo que querían los del bajo, se enviaban mensajeros con instrucciones urgentes. Los correos galopaban a través de la casa, subiendo y bajando la escalera; olvidaban los mensajes por el camino, eran llamados sin pausa para recibir otros. Siempre quedaba algo por añadir, siempre el asunto quedaba en suspenso, y toda esa agitación llena de bromas y risas no conducía a ningún desenlace.

Solamente algunas habitaciones apartadas no participaban en el gran desorden de la noche, poseían su tiempo propio, marginal, medido por el tictac de los relojes, monólogo del silencio, y por la respiración profunda de sus ocupantes. Allí descansaban las exuberantes nodrizas, rebosantes de leche, ávidamente aferradas al seno de la noche, con las mejillas ardientes de éxtasis, y los bebés deambulaban en su sueño, con los ojos cerrados; pequeños animales olfateantes y acariciadores avanzaban por el mapa azul de las venas, sobre las blancas llanuras de los senos, gateaban buscando con su cara ciega el tibio orificio, la entrada de ese sueño, finalmente la boca encontraba ese biberón anestesiante, la mama protectora llena de un dulce olvido.

Y aquellos que en sus lechos habían atrapado el sueño, ya no lo soltaban, luchaban con él como con un Ángel87 que intentaba escapárseles en tanto no lo habían vencido, aplastado contra las sábanas; entonces se ponían a roncar por turnos, parecía que discutiesen, que se reprochasen con cólera, él y ellos, la historia de su odio. Y cuando esos rencores y resentimientos se habían callado, apaciguado, cuando el tumulto se había diluido, dispersado por los rincones, y cuando una habitación tras otra caía en la nada, entonces el dependiente Leon subía a tientas la escalera, con los zapatos en la mano, y buscaba en la oscuridad el agujero de la cerradura. Como todas las noches, regresaba de un lupanar, con los ojos inyectados en sangre, sacudido por el hipo y con un hilo de saliva escapando de su boca entreabierta.

En la habitación del señor Jakub había una lámpara encendida sobre la mesa, mientras que él, inclinado sobre unos papeles, escribía una carta a Christian Seipel e Hijos (Hilaturas y Tejedoras mecánicas), una extensa carta de varias páginas. Los pliegos se amontonaban en el suelo, pero aquello no había finalizado, nada más lejos. En ocasiones, el señor Jakub se levantaba de la mesa y se ponía a correr alrededor de la habitación, con las manos hundidas entre sus desgreñados cabellos, y dando vueltas de esa manera ocurría que se subía a la pared, sobrevolaba los reverberantes tapices, como un enorme mosquito borroso golpeándose contra los arabescos pintados, después volvía a descender al suelo para proseguir su carrera circular e inspirada.

Adela dormía profundamente, con la boca entreabierta, la cara como ausente y distendida, aunque los párpados cerrados eran transparentes y sobre ese delgado pergamino la noche escribía su carta, mitad-texto, mitad-imágenes, cubierta de tachaduras, de correcciones y garabatos.

Edzio, desnudo de cintura para arriba, hacía ejercicios con las pesas en su habitación. Necesitaba que sus brazos fueran muy fuertes toda vez que estos reemplazaban a sus piernas impotentes, y es por lo que entrenaba a escondidas, con encarnizamiento, durante noches enteras.

Adela dormía como a la deriva, hacia atrás y hacia la ausencia, no podía gritar, o llamar, ni impedir que Edzio saliese por la ventana. Edzio escalaba el parapeto sin ayuda de las muletas y Adela miraba con angustia: ¿resistirán sus piernas? Pero Edzio no intentaba caminar. Como un enorme perro blanco, se aproximaba a cuatro patas, deslizándose a saltos sobre las crujientes planchas de madera del porche, y con presteza alcanzaba la ventana de Adela. Como cada noche, apretujaba contra el cristal en el que brillaba la luna su cara gorda y pálida, con una mueca dolorosa, y hablaba con una voz penosa, insistente, contaba entre lágrimas que, por la noche, encerraban bajo llave sus muletas en el armario, y que entonces debía andar a cuatro patas como un perro.

Mas, Adela permanecía inerte, sumida por completo en el ritmo profundo del sueño que pasaba a través de ella. Ni siquiera tenía fuerza para subir el edredón hasta sus muslos desnudos, y tampoco podía impedir que las chinches, filas y columnas de chinches, caminasen por su cuerpo. Esos abdómenes delgados y ligeros en forma de hoja la recorrían con tanta delicadeza que no sentía el menor roce. Eran pequeños sacos de sangre, bolsitas planas de color del óxido, sin ojos ni fisonomía; ahora avanzaban en clanes, como una migración de pueblos divididos en tribus y familias. Ascendían a lo largo de las piernas, cada vez más grandes, tan grandes como mariposas nocturnas, como portafolios, enormes vampiros rojos sin cabeza, ligeros, de papel, con patas más inmateriales que una tela de araña. Cuando al fin pasaron las últimas chinches retrasadas, y desaparecieron -y todavía una, enorme, y después una última- se hizo un silencio absoluto, y, mientras que una gris aurora invadía las habitaciones, el sueño profundo transcurría por los pasillos vacíos y por los pisos.

En todas las camas la gente dormía con las piernas encogidas, la cara vuelta de un lado, concentrada, colgada, abismada en el sueño. Con semblante fervoroso y ausente, agarraban convulsivamente el sueño, como habían caído en él, y su respiración erraba completamente sola por lejanos caminos.

En el fondo, era una sola historia, dividida en capítulos, en cantos repartidos entre la gente dormida. Cuando uno de ellos se callaba, otro recogía su motivo y la historia progresaba así, aquí y allá, en épicos zigzags, mientras yacían inertes: granos de adormidera en las cavidades de una enorme y silente cápsula, y su propia respiración los hacía avanzar hacia la aurora.


[Bruno Schulz Edzio en: El Sanatorio de la Clepsidra, Maldoror ediciones, Vigo 2003, 222 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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