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La Estación Muerta


I

A las cinco de la mañana de un temprano y resplandeciente amanecer, nuestra casa ya estaba sumergida en el tranquilo baño solar de la ardiente aurora. En esa hora solemne, sin que nadie se hubiese dado cuenta penetraba enteramente y silenciosa -mientras que la armoniosa respiración de los que dormían recorría solidariamente la penumbra de las habitaciones- con su fachada relumbrante de sol, en la calma del ardor temprano, como si toda su superficie aún no hubiera despegado los suaves párpados adormecidos. Aprovechando el descanso de esas misericordes horas, la casa, llena de luz, con su rostro beatíficamente adormecido, con todos sus rasgos sensiblemente estremecidos bajo los sueños de esa hora intensa, absorbía el primer fuego del amanecer. La sombra de la acacia ondeaba con fulgor ante la fachada de la casa, y sobre la caliente superficie de sus párpados repetía, como sobre un fortepiano, una y otra vez el mismo fraseo que después era borrado por la brisa, esforzándose en vano para penetrar en el interior de ese dorado sueño. Las cortinas se saciaban del incendio matinal, sorbo a sorbo, y vermellonaban desmayándose en ese resplandor sin límites.

En esa hora temprana, mi padre, no pudiendo conciliar el sueño, descendía las escaleras cargado con sus dietarios para abrir la tienda situada en la planta baja de la casa. Permanecía un momento ante el portal, inmóvil, soportando con los ojos semicerrados el intenso ataque del fuego solar. La soleada pared de la casa lo absorbía entonces dulcemente contra su lisa y pulida superficie. Mi padre se volvía plano por un instante, incrustado en la fachada sentía cómo sus temblorosas manos, calientes y abiertas, se ramificaban fundiéndose en el dorado estuco de la pared. (Cuántos padres –a las cinco de la mañana- se han fundido para siempre en la fachada de su propia casa, en el mismo instante en que acababan de bajar el último peldaño. Cuántos padres se han erigido de ese modo en perpetuos cancerberos de su puerta, en mascarones de oro esculpido, con la mano agarrando el pomo, y los rasgos de la cara desfigurados, a quienes más tarde los dedos de sus hijos acariciaban, buscando los últimos vestigios, para siempre fundidos en la perenne sonrisa de la pared). Pero al poco tiempo, gracias a un resto de voluntad, mi padre lograba arrancarse de la pared, alcanzar de nuevo la tercera dimensión, y, otra vez humano, liberaba a la blindada puerta de la tienda de sus candados y cierres.

Cuando abría de ese modo la hoja de la puerta acorazada de hierro, la ronroneante oscuridad retrocedía palmo a palmo hacia el interior, para alojarse perezosamente al fondo. El rocío del amanecer se detenía tímidamente en el umbral, donde aún humeaban discretamente las frescas baldosas de la acera, como una serpentina vibrante y apenas perceptible. Al fondo, entre las piezas de tela virgen, reposaba la penumbra de tantos días y noches transcurridos, que, ahora, retrocedía refugiándose entre las balas de paño, en apretujadas formaciones, hasta detenerse en el oscuro corazón de la trastienda, donde, saturada de sí misma y ya sin remedio terminaba disolviéndose en una sorda y fantasmal quintaesencia de paño.

Mi padre, mientras se desplazaba entre las balas de cheviots y cardadas, rozaba suavemente con los dedos, como si se trataran de los pliegues de un vestido femenino, los bordes de las piezas del tejido. Los ciegos troncos de sus cuerpos, a cada instante dispuestos a romper filas y a zozobrar, recobraban la tranquilidad al sentir su caricia y se realzaban en su jerarquía textil.

Para mi padre la tienda resultaba ser un lugar de eternos problemas y preocupaciones sin fin. La obra que había creado con sus propias manos, tras haberse desarrollado, comenzaba ahora a escapar a su control debido a su crecimiento, cada vez más implacable. La tienda se erigía ante él como un deber sublime, como una labor inmensa y superior a sus fuerzas. La proporción de la tarea que tenía ante sí le aterrorizaba. Contemplaba con temor aquella obra a la que no podía hacer frente ni aún jugando su vida a una sola carta, y observaba con tristeza la despreocupación de los dependientes, su fatuo y desenvuelto optimismo, sus maquinaciones frívolas e irreflexivas, al margen de su gran causa. Escrutaba con amarga ironía esas caras a las que no asomaba ningún rasgo de inquietud, esas cabezas huecas, y cuando les miraba al fondo de los ojos sólo encontraba una confiada inocencia libre de cualquier sombra de sospecha. ¿En qué podía ayudarle mi madre, una mujer tal fiel y entregada? Las segregaciones de aquella inabordable responsabilidad no llegaban a afectar su alma sencilla e inocente. Ella no estaba destinada para las empresas heroicas. ¿Acaso mi padre no veía cómo ella, a sus espaldas, intercambiaba con los dependientes furtivas miradas de complicidad, aprovechando alegremente cada ocasión para participar en sus anodinas bufonadas?

Mi padre se apartaba cada vez más de aquel mundo de desafecto, huyendo del mismo, y se refugiaba en el rígido reglamento de su orden. Asustado por la decadencia que lo rodeaba, se recluía solitario en el servicio a su alto ideal. Jamás su mano aflojó las riendas, ni se permitió relajar la disciplina ni recurrir a cómodas facilidades.

Eso podían permitírselo Balanda y Cía., y demás diletantes del ramo, que ignoraban el afán de perfección y el ascetismo debido a ese comercio. Mi padre asistía con dolor a la degradación del oficio. ¿Quién de la actual generación de pañeros conocía las nobles tradiciones del arte de antaño, quién sabía, por ejemplo, que la columna de balas de tela colocada en los anaqueles del armario según los principios de la estética mercantil, debía de sonar con un arpegio bajo el dedo que la recorre de arriba abajo? ¿Quién de ellos llegaba a ese refinamiento del estilo indispensable en todo intercambio de notas, de memorándums y cartas? ¿Quién conocía el encanto de esa diplomacia comercial, esa diplomacia de la buena y antigua escuela, el tenso curso de las negociaciones que iba de la firmeza más intransigente, de la reserva más estricta cuando llegaba el ministro plenipotenciario de la firma extranjera, y avanzaba con un lento deshielo debido tanto a la incansable verborrea como a las seducciones del diplomático, hasta su conclusión: una cena entre hombres, regada con generosos vinos, servida allí, sobre el escritorio, entre los documentos desplegados; una comida degustada en un solemne ambiente, y donde nadie se privaba de pellizcar las nalgas de Adela en medio de un diálogo picante y libertino, como correspondía a señores que no ignoraban lo que deben a determinado momento y circunstancia, y que culminaban un acuerdo que ha finalizado de forma positiva para ambas partes?

En el silencio de las primeras horas, cuando el ardor maduraba, mi padre esperaba encontrar por fin la idea feliz y luminosa que le permitiera finalizar su carta dirigida a los señores Christian Seipel e Hijos (Hilaturas y Tejedoras mecánicas). Se trataba de una réplica tajante a las infundadas pretensiones de esos señores, respuesta que se vio interrumpida precisamente en el instante decisivo, allí donde el estilo debía alcanzar un estado culminante –en el momento en que se produjo el cortocircuito, percibido con un leve estremecimiento interior-, para acabar después con una frase de cortesía, rotunda y definitiva. Vagorosamente presentía ese punto culminante que, desde hacía días, se le escapaba como agua entre los dedos, siempre inalcanzable. En esos momentos carecía de la inspiración y el humor adecuados para salvar el obstáculo contra el cual tropezaba. Una y otra vez su mano cogía una hoja nueva, afín de superar la dificultad que malograba sus esfuerzos.

Entretanto la tienda, poco a poco, se llenaba de dependientes. Entraban sofocados por el calor matutino, evitando el escritorio de mi padre al que dirigían sus miradas temerosas, imbuidas de culpabilidad.

Irreverentes y débiles, sentían sobre ellos el peso de una muda reprobación, conscientes de no poder oponerse a ella. Nada podía calmar a ese patrón ensimismado en sus preocupaciones, ninguna adhesión lo apaciguaba: permanecía allí, acechando como un escorpión detrás de su escritorio; sus gafas emitían destellos venenosos mientras él hurgaba entre sus papeles como un ratón.

A medida que el calor solar iba en aumento crecía su excitación y su ira desbordaba. Un rectángulo luminoso llameaba en el suelo. Metálicos, iridiscentes, los tábanos acuchillaban la entrada con sus vuelos, posándose por un instante en los entramados de la puerta, como pompas de metálico cristal surgidas de la vidriería de ese día ígneo; los tábanos se detenían por un instante para después, desplegando sus élitros, reemprender inesperadamente la danza de sus furiosos zigzags. En la luminosidad del rectángulo de la puerta se desvanecían los lejanos tilos del parque y el distante campanario de la iglesia se vislumbraba en el aire transparente y vibrante, tan cercano como si se viera a través de un catalejo. Los tejados de latón ardían. Sobre el mundo se inflaba un enorme y dorado globo de calor.

La irritación de mi padre aumentaba. Dolorosamente encorvado, fatigado por la diarrea, miraba en torno suyo con desamparo. En su boca sentía un sabor más amargo que el del ajenjo. El ardor del día seguía intensificándose, agudizando la ferocidad de los tábanos, encendiendo puntos luminosos en el cuero azul de sus corsés. El rectángulo encendido alcanzaba ya la mesa, cuyos papeles ardían como un Apocalipsis. Los ojos, cegados por el exceso de luz, no podían soportar su blanca uniformidad.

A través de sus gruesas lentes cromáticas mi padre veía todos los objetos rodeados de una aureola púrpura, con orlas violetas-verdes y se desesperaba ante tal explosión de colores, tal anarquía de tonos que trastocaba el mundo en orgías luminosas. Las manos le temblaban. Tenía el paladar seco y amargo como antes de un ataque. Sus ojos, hundidos en el delta de las arrugas, observaban acechantes y con atención el desarrollo de los acontecimientos.




II

Cuando, al llegar el mediodía, mi padre –al borde de la locura, amodorrado por la canícula y temblando a causa de un malestar que ignorábamos-, se retiraba a las habitaciones de la parte alta de la casa y, en medio del silencio, el techo del piso crujía de un extremo a otro bajo sus nerviosos acuclillamientos, la tienda experimentaba un momento de distensión y pausa: daba comienzo la siesta.

Los dependientes entonces emprendían mil diabluras sobre las piezas de tejido, levantaban tiendas de campaña entre los anaqueles de sargas y colgaban columpios de tela. Al desenrollar los pesados cortes de tela, liberaban una vellosa penumbra, centenaria y mil veces doblada. Al fin liberado, ese crepúsculo de fieltro deslustrado por la edad impregnaba el ambiente con antiguos perfumes, con el olor de los días transcurridos, pacientemente amontonados en innumerables capas desde los frescos otoños de antaño. Las ciegas polillas se esparcían por el aire sombrío, vedijas de plumón y lana revoloteaban por la tienda sembrando oscuridad y un olor a apresto profundo y otoñal, saciando ese oscuro campamento de paños y terciopelo. Acampados en medio de sus tiendas, los dependientes sólo pensaban en bromas y juegos, y se dejaban envolver hasta las orejas por sus compañeros en los oscuros cortes de frescos tejidos, y permanecían después de ese modo, juntos, tumbados el uno al lado del otro, beatíficamente inmóviles bajo las pilas, convertidos en piezas vivas, momias textiles, que a duras penas podían cerrar los ojos y simular el terror de verse imposibilitados para moverse. O, también, preferían columpiarse y mantearse hasta el techo, metidos en telas totalmente extendidas: el sordo chasquido de la tela, las ráfagas que removían furiosamente el aire, los sumergían en un arrebato demencial. Parecía como si la tienda entera se alzara en vuelo: las telas se levantaban inspiradas; los dependientes, con sus faldones desplegados, emprendían breves ascensiones, como si fueran profetas. Mi madre observaba con indulgencia esos juegos: el relajamiento de aquellas horas de siesta justificaba, en su opinión, los peores excesos.

Durante el verano las malas hierbas invadían desordenadamente la trastienda. Por el lado del patio, frente al cobertizo, la ventana verdeaba, infestada de gramas y ortigas, acuáticas y relucientes, debido al brillo de las hojas y a los ondulantes reflejos de las mismas. Como en el fondo de una vieja botella verde, las moscas se entrecruzaban en la penumbra de los largos mediodías veraniegos con una infatigable melancolía: ejemplares enfermos, monstruosos, criados con el dulce vino de mi padre, esos eremitas peludos y abominables lloraban durante todo el día su maldito destino en largas e interminables epopeyas. Propensa a las bruscas mutaciones, la decadente tribu de las moscas de tienda, fruto de tantos cruces incestuosos, abundaba en especímenes excéntricos y degeneraba en una superespecie de agigantados ancestros, de feroces y sombríos druidas76 taciturnos a causa de su propio sufrimiento. Al finalizar el verano, todos los abortos póstumos y solitarios eclosionaban: semejantes a grandes escarabajos azules, nacidos sin voz y con pobres muñones de alas, raros mohicanos que deambulaban infinitamente por los verdes cristales en infatigables peregrinaciones.

La puerta, que muy raras veces permanecía abierta, se llenaba de telarañas. Situada detrás del escritorio, mi madre dormía en una hamaca de tela que colgaba entre las estanterías. Los dependientes, azuzados por las moscas, se agitaban entre muecas nerviosas durante esa siesta veraniega. En el patio crecía la maraña. Bajo la inmisericorde llama solar proliferaban generaciones de ortigas y bardanas en ese estercolero.

La unión del fuego solar con unas gotas de agua hacía germinar en ese rodal la venenosa sustancia de la hierba, cocción quimérica, ponzoñoso derivado de la clorofila. Allí ese fermento febril hervía al sol y brotaban livianas formas de hojas, en proliferaciones dentadas, plegadas, mil veces repetidas según el mismo prototipo, de acuerdo a una única y secreta idea. Y llegada su hora, esa germinación contagiosa, ese sueño ardiente y salvaje se expandía como el fuego: con la acción del sol crecía bajo la ventana en estériles arabescos de verdes pleonasmos, pacotilla vegetal ramificada absurdamente, ese tapiz de pacotilla cubría con capas cada vez más densas y erizadas, una tras otra, la pared del almacén. Los dependientes se despertaban de su fugaz siesta con las mejillas ardiendo. Se levantaban de sus lechos llenos de una extraña inquietud, imaginando heroicas bufonadas. Corroídos por el aburrimiento, se balanceaban en las altas estanterías, golpeaban rítmicamente el suelo con sus pies o escrutaban inútilmente el extenso vacío de la plaza, barrida por la canícula, esperando que algo ocurriese.

Ocurrió entonces que un patán, con humildes ropas, descalzo, se detuvo indeciso ante la puerta de la tienda y echó una tímida mirada a su interior. Aquello era lo que los aburridos dependientes parecían estar esperando. Al instante bajaron de las escaleras como arañas al ver una mosca, y el pobre tipo, rápidamente rodeado, empujado, acosado a preguntas, intentaba hacer frente con una incómoda sonrisa a tantos inesperados requerimientos. El hombre se rascaba la cabeza, sonreía y miraba desconfiado a aquellos engatusadores. “¿Quiere tabaco? ¿Qué tabaco? ¿Del mejor, del macedonio, del rubio como ámbar? ¿No? ¿O uno corriente, de pipa? ¿Tabaco de hebra? Vamos, acérquese, no tema…” Los dependientes lo encaminaban con suaves empujones hacia el mostrador, situado al fondo de la tienda. El dependiente Leon, después de colocarse detrás del mostrador, intentaba abrir un cajón imaginario. Ah, cómo se afanaba, cómo se mordía la lengua en un esfuerzo inútil. ¡No! Había que golpear el mostrador con los puños, fuertemente. El infeliz patán, animado por los dependientes, concentrado y atento, se aplicaba con tesón. Al final, sin obtener resultado alguno, subió al mostrador y encorvado, canoso, pateaba con sus pies descalzos. Era como para partirse de risa.

Entonces tuvo lugar un incidente deplorable que nos llenó de tristeza y vergüenza. A decir verdad, a todos nos invadía un sentimiento de culpa, aunque nadie hubiera actuado de mala fe. Se debió más bien a nuestra ligereza, a la falta de respeto y comprensión hacia las altas preocupaciones de mi padre. Teniendo en cuenta su naturaleza, propensa a reacciones extremas e imprevisibles, fue nuestra falta de previsión lo que desafortunadamente llevó el asunto hasta sus fatales consecuencias.

Mientras nosotros, formando un semicírculo nos divertíamos a lo grande, mi padre entró sigilosamente en la tienda.

Aunque no nos dimos cuenta de ello. Sólo advertimos su presencia en el instante en que la repentina comprensión de los hechos, atravesándole como un relámpago, deformó inesperadamente sus rasgos con un salvaje paroxismo de horror. Mi madre irrumpió atemorizada: “¿Qué te pasa, Jakub?”, exclamaba sin aliento. Desesperada, intentaba golpearle la espalda como se hace con una persona que acaba de atragantarse. Pero ya era demasiado tarde. Mi padre, lleno de una tremenda cólera, se metamorfoseaba, raudamente su cara se descomponía en rasgos simétricos por el asombro, se transformaba por completo frente a nosotros, bajo el peso de una increíble derrota. Antes siquiera de que pudiésemos comprender lo que le ocurría, se puso a vibrar y a zumbar intensamente, y después emprendió el vuelo frente a nuestros ojos, convertido en una gran mosca velluda, monstruosa, de un metálico color azul, que con un vuelo demencial se lanzaba contra todas las paredes de la tienda. Conmovidos hasta el fondo del alma, escuchábamos el lamento sin esperanza, la sorda queja, pero elocuentemente modulada que, desde allí arriba, desde el oscuro techo de la tienda, recorría todo el registro de un sufrimiento insondable e irremediable.

Nos manteníamos allí, consternados, avergonzados ante aquel lamentable suceso, evitando mirarnos a los ojos. En el fondo del alma experimentábamos un cierto alivio al ver que, al menos, había sabido encontrar, en el instante crítico, una salida al descrédito que acababa de abrumarle. Admirábamos el supremo valor con el que, sin dudar, se lanzó a ese ciego callejón sin salida de la desesperación, del que no parecía haber posible retorno. En todo caso, convenía considerar la transformación de mi padre cum grano salis, era mucho más que un símbolo de protesta, que, aunque desesperada y violenta, encerraba una dosis de realidad. No olvidemos: casi todo lo que estamos relatando se le puede achacar a esas aberraciones del verano, a esa semirrealidad canicular, a ese tiempo marginal que corre sin ninguna garantía a través de los límites de la estación muerta.

Aguzábamos el oído en medio del silencio. Esa era la refinada venganza de mi padre, su revancha sobre nuestras conciencias. A partir de entonces estábamos condenados para siempre a escuchar su lúgubre y sordo zumbido, su queja cada vez más dolorosa y obstinada, que, poco después, súbitamente se interrumpía. Durante un momento, agradecíamos aliviados ese silencio, esa pausa misericorde que despertaba en nosotros una tenue esperanza. Pero, al cabo de un momento volvía inconsolable, cada vez más exasperado y quejumbroso, y comprendíamos entonces que semejante dolor sin límites, aquella maldición oscura, parecía condenada para siempre a debatirse contra las paredes, sin poder llegar a ningún fin ni liberación. Sordo a toda persuasión, en ese quejumbroso monólogo se instalaba de vez en cuando alguna pausa que creaba la ilusión del olvido, pero poco después regresaba con un oscuro lamento como si quisiera negar el anterior rato de alivio, crispándonos profundamente. Ese interminable sufrimiento, ese obstinado dolor encerrado en su manía, que se flagelaba a sí mismo con una despiadada crueldad, acabó convirtiéndose en algo insoportable para los impotentes testigos de su infortunio. Aquella llamada incesante y exacerbada a nuestra piedad venía a significar como un duro reproche, una vehemente acusación contra la tranquilidad de nuestra existencia, provocándonos desasosiego. Entonces nos rebelábamos interiormente, y nos dejábamos arrastrar por la ira en vez del arrepentimiento. ¿En verdad, no encontró más salida que sumirse ciegamente en ese estado tan lamentable y sin ninguna esperanza? Y, una vez caído en el mismo –por su propia culpa o por la nuestra-, ¿no pudo encontrar una mayor fuerza de ánimo, una mayor dignidad para soportarlo sin lamentarse? Mi madre a duras penas podía ocultar su indignación. Los dependientes, sentados en las escaleras portátiles, soñaban una venganza: en sus pensamientos, con un cazamoscas en la mano, recorrían mentalmente los altos estantes y su mirada se velaba como con el color de la sangre. El toldo que se encontraba sobre la puerta vibraba, luminoso, al sol; a la meridiana, el ardor se extendía raudamente a través de la calcinada planicie, vaciando el mundo, y allí, en la penumbra de la tienda, bajo el oscuro techo, mi padre atrapado sin esperanza entre los nudos de sus propios giros, se enredaba en los desesperados zigzags de su vuelo.




III

En realidad, y a pesar de las apariencias, esos episodios carecían de importancia, y, para convencerse de ello basta recordar que, esa misma noche, como de costumbre, mi padre trabajaba de nuevo en sus papeles; el incidente parecía olvidado, y el doloroso trauma superado y extinguido. Por supuesto, nosotros evitábamos hacer cualquier tipo de alusión al respecto. Observábamos con satisfacción cómo con un aparente equilibrio interior, en una contemplación que parecía serena, recubría cuidadosamente página tras página con su caligráfica y bella escritura. En cambio, resultaba más difícil eliminar las comprometedoras huellas del patán –es sabido con qué obstinación ese tipo de gentes insiste en conseguir lo que se propone. Con el transcurso de las semanas, todos intentábamos olvidar al tipo que seguía, cada vez más imperceptible y gris, danzando allí, en un oscuro rincón del mostrador. Apenas visible, aún perseveraba, fiel a su papel, brincando incesantemente, con la espalda curvada, y una sonrisa pegada a los labios; golpeaba incansablemente, observando algo con atención y murmurando en voz baja. Golpear se había convertido en su auténtica vocación, y estaba a punto de caer en ella sin remedio. Ni siquiera le decíamos nada. Había ido demasiado lejos como para que tuviésemos alguna posibilidad de que nos hiciera caso.

Los días de verano no tienen crepúsculo. Antes siquiera de que lo advirtiéramos, la noche reinaba en la tienda; se encendía entonces la gran lámpara de petróleo y los negocios seguían su curso. No merecía la pena volver a casa durante esas breves noches de solsticio. Las horas se desgranaban en la oscuridad; mi padre, absorto en una engañosa concentración, permanecía sentado, y con ligeros toques de su pluma salpicaba los márgenes de su correspondencia con asteriscos volantes, duendes de tinta, afelpadas siglas, vibrantes y oscilando en nuestro campo visual, moléculas de sombra que resaltaban en la inmensa noche de verano, que se abría frente a nuestra puerta. Fuera, como un bejín, la noche esparcía sus oscuras semillas dejando caer bajo la sombra de la pantalla un sombrío microcosmos, contagioso brote de las noches de estío. Y sobre mi padre, al que deslumbraban sus gafas, la lámpara de petróleo colgaba como un ascua orlada de rayos. Mi padre esperaba, esperaba roído por la impaciencia, todo oídos, observando la resplandeciente blancura del papel surcado por oscuras galaxias y polvo de estrellas. A espaldas de mi padre, sin su aparente participación, tenía lugar una enconada disputa relacionada con la tienda, y se desarrollaba, cosa extraña, en la escena enmarcada en un cuadro que colgaba detrás de su cabeza, entre el fichero y el espejo, bajo el resplandor de la lámpara de petróleo. Era un cuadro-talismán, un cuadro indescifrable, un cuadro enigma, interpretado sin cesar y legado de una a otra generación. ¿Qué representaba, en realidad? Una discusión, una controversia llevada a cabo desde hacía siglos y hasta el infinito, un largo proceso jamás cerrado que enfrentaba a dos principios. En él se hacían frente dos negociantes, dos antítesis y dos mundos. “Yo vendía a crédito”, vociferaba el flaco, incrédulo y harapiento, y con una voz quebrada por la desesperación. “Yo vendía al contado”, replicaba desde su sillón el gordo, con las piernas entrecruzadas y los pulgares sobre el vientre. ¡!Ah, cómo mi padre odiaba al gordo! Conocía a ambos desde su infancia. Ya desde la escuela le repugnaba ese obeso egoísta que devoraba durante el recreo una increíble cantidad de panecillos con mantequilla. Pero mi padre tampoco se solidarizaba con el flaco. Con estupefacción veía cómo toda la iniciativa se le escapaba de las manos, acaparada por ambos adversarios. Conteniendo la respiración, bizqueando detrás de sus gafas, profundamente afectado y lleno de angustia, mi padre esperaba el desenlace. La tienda era impenetrable, era como la finalidad de todos sus pensamientos, de todos los desvelos nocturnos, de las amargas reflexiones de mi padre. Indescifrable e ilimitada, perduraba, sombría y fuera del tiempo, más allá de todo lo acaecido. Durante el día, esas generaciones de paño se mantenían inertes, llenas de una patriarcal gravedad, colocadas en hileras de acuerdo con el derecho de primogenitura, al igual que las generaciones y las descendencias. Pero una vez llegada la noche el alma de aquella negrura telar se liberaba y desafiaba al cielo con sus silenciosos arrebatos y sus pretensiones luciferinas. En el otoño la tienda bullía, saturada del oscuro surtido de la mercancía invernal, como si hectáreas de bosque se hubiesen desplazado a través del paisaje animado por el viento. En verano, durante la estación muerta, se oscurecía y retrocedía hacia sus sombrías reservas, inaccesible y cobijada en su madriguera de paño. Por las noches, los dependientes, utilizando sus metros de madera como mayales, golpeaban la sorda materia de las balas de paño, y escuchaban cómo gemía dolorosamente en su seno, entre las paredes de aquel cubil de telas.

Mi padre descendía esas silenciosas escaleras de fieltro hasta el origen de las genealogías, hasta el fondo de las edades. Era el último miembro de su linaje, él era el Atlas sobre cuyos hombros recaía la carga de un inmenso testamento. Durante días y noches meditaba sobre aquella tesis cuyo sentido intentaba comprender, aguardando un instante de repentina iluminación. ¡Cuántas veces, cargada de interrogación y espera, su mirada se detenía en los vendedores! Con su espíritu cegado, sin encontrar ninguna revelación ni salida, aguardaba a que aquellos jóvenes e ingenuos dependientes, apenas salidos de la crisálida, le desvelasen el oculto sentido de la tienda, que siempre se le había escapado. Con miradas interrogadoras los ponía entre la espada y la pared, pero ellos, sumisos, rehuían aquella mirada murmurando confusos desatinos. Por las mañanas, apoyándose en su cayado, mi padre recorría como un buen pastor la lanuda y ciega masa de su rebaño, las tumultuosas aglomeraciones formadas por esos ondulantes troncos que –como ovejas sin dueño- iban a balar en su abrevadero. Aún esperaba, aún aguardaba el momento de alzar a su pueblo y conducirlo –como tribu de Israel cargada con una gran provisión de víveres, hormigueante y centuplicada- a través de la tempestuosa noche.

Detrás de la puerta la noche parecía de plomo, sin espacio, sin aliento ni camino. Después de algunos pasos, caminábamos sin avanzar como dentro de un sueño, siempre en ese mismo espacio neutro, y, al cabo de unos instantes, los pies se detenían ante alguna invisible frontera, y el pensamiento corría interminablemente, sometido al fuego de las preguntas, seducido por los falsos argumentos de la dialéctica de la noche. Sin cesar, aquella noche desplegaba los sutiles mecanismos de su hechizo. Final- mente, nuestros pasos se detenían en ese perdido callejón sin salida. Permanecíamos allí, en aquella oscuridad, en el rincón más íntimo de la noche, de pie como en un urinario, entre un silencio mortal, durante horas, con el sentimiento de un dulce fracaso. Solo, abandonado a sí mismo, el pensamiento se liberaba poco a poco de la complicada anatomía del cerebro como una madeja, y el abstracto tratado de la noche de verano transcurría, interminable, entre la emponzoñada dialéctica, giraba buscando salidas lógicas, acosado por incansables y pacientes indagaciones, por sofismas para lo que nunca hay respuesta. Y así, con su quimérica filosofía, se desplazaba con dificultad por los espacios especulativos de esa noche, y entraba, ya sin cuerpo, en la última oscuridad. Más allá de la avanzada medianoche, mi padre, inclinado sobre sus papeles, levantó repentinamente la cabeza. Seguro de sí mismo, se irguió, prestando atención y con una mirada expresiva. “Aquí está” -anunció, y su rostro resplandecía. “Id a abrir.” Pero antes de que Teodor, el dependiente más antiguo, hubiese tenido tiempo de abrir la puerta de par en par que de noche permanecía cerrada, el huésped de barbanegra tan ansiosamente esperado ya había franqueado el umbral, cargado con pesados bultos, sonriente y majestuoso. El señor Jakub, con visible emoción, se dirigió hacia él, y, saludándolo con gestos de bienvenida, ambos se fundieron en un abrazo. Por un momento nos pareció que la locomotora de su tren, reluciente y negra, se había detenido silenciosamente ante la puerta de la tienda. Cubierto con la gorra de los empleados del ferrocarril, un mozo entró tras el visitante cargando sobre sus espaldas un enorme baúl.

Nunca llegamos a saber verdaderamente quién era aquel personaje. Si bien es cierto que Teodor afirmaba con convicción que era Christian Seipel e Hijos (Hilaturas y Tejedoras mecánicas) en persona. Nada parecía indicarlo y mi madre abrigaba, a ese respecto, las más serias reservas. Sin embargo, había algo que no ofrecía dudas: frente a nosotros se encontraba un demonio de talla, uno de los poderosos pilares de la Unión Nacional de Acreedores. Una barba negra y olorosa recubría su rostro satinado y lleno de majestuosidad. Rodeado por el brazo de mi padre, se dirigía hacia el escritorio en medio de reverentes inclinaciones.

Sin comprender ni una palabra del extraño idioma que hablaban, escuchábamos, llenos de respeto, la ceremoniosa conversación, repleta de sonrisas, de miradas recelosas y ligeras palmadas en la espalda. Después de intercambiar las iniciales cortesías, pasaron al asunto propiamente dicho. Dispusieron sobre el escritorio libros de cuentas y documentos, y descorcharon una botella de vino blanco. Con aromáticos puros en sus bocas, fruncían sus caras con un rictus de áspera satisfacción, intercambiaban cortantes expresiones, monosílabos de secreto entendimiento, mientras con un dedo retenían nerviosamente una cifra en litigio, al igual que dos augures con destellos de malicia en la mirada. Poco a poco la discusión se hacía febril y se mantenía a duras penas la sangre fría. Ambos se mordían o bien los labios, o bien llevaban a su boca los puros, ya amargos y apagados; súbitamente, sus semblantes dejaron traslucir animosidad y decepción, a la vez que se apoderaba de ellos un intimo y mutuo desprecio. Mi padre resoplaba por la nariz, sus mejillas ardían, sus cabellos se desmadejaban sobre su frente perlada de sudor. La situación se agravaba: llegó un momento en que los dos señores se levantaron con ímpetu de sus asientos, ofuscados, jadeantes, deslumbrados por el reflejo de sus lentes. Mi madre, invadida de pánico, tratando de evitar la catástrofe, fue a tranquilizar a mi padre dándole implorantes palmadas en la espalda. Y, al tener frente a ellos a una dama, ambos señores recobraron la compostura, se acordaron de que existe un código social e intercambiaron, entre sonrisas, un reverente saludo, y después se entregaron de nuevo a su tarea.

Hacia las dos de la madrugada mi padre cerró finalmente con un gesto brusco las sólidas tapas del libro mayor. Llenos de inquietud, intentábamos adivinar por el aspecto de los interlocutores hacia qué lado se había inclinado la balanza. El buen humor de mi padre nos parecía ficticio y superficial, mientras que, instalado en su sillón, con las piernas confortablemente entrecruzadas, barbanegra reflejaba con toda su persona el más afable optimismo. Y, entonces, comenzó a distribuir con ostentosa generosidad propinas entre los dependientes.

Una vez ordenados documentos y facturas, ambos señores abandonaron sus asientos. Mostraban un talante satisfecho. Cruzando miradas de complicidad con los dependientes, daban a entender su iniciativa y manifestaban unas tremendas ganas de irse de juerga a espaldas de mi madre. Todo aquello no era más que simple jactancia. Los dependientes sabían a qué atenerse. Esa noche no conducía a ninguna parte. Se acababa allí, al borde de la sentina, en el lugar sabido, contra una ciega pared de vergonzoso fracaso y de vacío. Todos los caminos que conducían allí llevaban otra vez a la tienda; todas las escapadas a su seno tenían desde un principio las alas rotas. Los dependientes respondían con miradas comprensivas únicamente por educación.

Barbanegra y mi padre, cogidos del brazo, abandonaban la tienda eufóricos, seguidos por la indulgente mirada de los dependientes. Una vez franqueada la puerta, la noche, como una guillotina, les cortó la cabeza y cayeron en la tiniebla como en un agua oscura. ¿Quién ha sondeado alguna vez el abismo de la noche de julio?, ¿quién ha medido cuántas brazas de profundidad tiene ese abismo, en el que nada ocurre? Después de atravesar esa infinidad tenebrosa se econtraron de nuevo ante la puerta de la tienda, como si acabaran de salir en ese momento, y recuperaron sus perdidas cabezas que conservaban aún en los labios la última palabra que no habían pronunciado el día anterior. De ese modo, de pie –y quién sabe por cuánto tiempo- charlaban monótonamente, unidos por la camaradería de una presumible escapada nocturna, como si regresaran de alguna aventura galante. Con el gesto indolente de los juerguistas, echaban su sombrero hacia atrás, vacilando sobre sus inseguras piernas.

Evitando el iluminado portal de la tienda, se encaminaron a paso furtivo hacia la puerta de la casa y, sigilosamente, subieron por la crujiente escalera hasta el primer piso. A través de la galería interior llegaron ante la ventana de la habitación de Adela, con intención de sorprenderla mientras dormía. Pero no lograron verla, yacía en la penumbra con los muslos separados, entre espasmos y en el abrazo del sueño, con la cabeza echada hacia atrás y ardiente, con todo su ser entregada a los sueños. Tamborilearon sobre los cristales empañados de nocturnidad y entonaron atrevidas coplas, pero ella, con una letárgica sonrisa en los labios, deambulaba por los lejanos espacios del sueño, inerte, cataléptica, inaccesible y distante.

Entonces, ya resignados, apoyados sobre la balaustrada, bostezaron ruidosamente, golpeando con los pies las planchas de madera del balcón. A una hora tardía e imprecisa de la noche se encontraron con sus cuerpos, no se sabe cómo, en dos pequeños lechos, inmersos en el oleaje de las ropas de cama. Llevados por la intensa corriente de sus sueños paralelos se distanciaban, tan pronto uno como otro, en la galopante carrera de un esforzado ronquido.

Y al llegar a una determinada dimensión -¿acaso la corriente onírica habría unido sus cuerpos o entrelazado sus sueños?-, en algún punto del evanescente espacio negro continuaban dirimiendo entre sí una ardua y sonámbula pelea. Jadeaban cara a cara en medio de vanos esfuerzos. Barbanegra, igual que el Ángel sobre Jacob, se hallaba encima de mi padre. Pero mi padre lo tenía cogido fuertemente entre sus rodillas, y, mientras vagaba, rígido, en la lejanía de una sorda ausencia, lograba robar, entre dos momentos de respiro, un momento de sueño. Combatían de ese modo, pero ¿por qué?, ¿por un nombre?, ¿por Dios?, ¿por un contrato?, y, perlados de sudor mortal, agotaban sus últimas fuerzas, mientras que la corriente del sueño los llevaba lejos: a los lugares más extraños y apartados de la noche.




IV

Al día siguiente mi padre cojeaba ligeramente de un pie. Su rostro resplandecía. Al llegar la aurora encontró la luminosa conclusión que le faltaba a su carta, por la que había luchado inútilmente durante tantos días y tantas noches. En cuanto a barbanegra, nadie volvió a verle jamás. Se marchó al amanecer, llevándose su baúl y sus bultos, sin despedirse de nadie. Esa noche fue la última de la estación muerta. A partir de esa noche estival, siete largos años de abundancia81 comenzaron para nuestra tienda.




[Bruno Schulz La Estación Muerta en: El Sanatorio de la Clepsidra, Maldoror ediciones, Vigo 2003, 222 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





Prólogo de Artur Sandauer

El Libro

La Época Genial

La Primavera

La Noche de Julio

Mi Padre Ingresa en el Cuerpo de Bomberos

El Segundo Otoño

La Estación Muerta

El Sanatorio de la Clepsidra

Dodo

Edzio

El Jubilado

La Soledad

La Última Escapada de mi Padre


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