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Prólogo de Jerzy FICOWSKI


La correspondencia de Bruno Schulz –todo lo que se ha podido encontrar y salvar de la destrucción– no constituye una simple recopilación de cartas; se trata ante todo de una autobiografía fragmentaria, de una contribución esencial a la biografía de un escritor cuyas huellas fueron borradas en su mayor parte por la guerra y el genocidio. A decir verdad, todo lo que hoy sabemos de la vida de Bruno Schulz ha sido progresivamente reconstituido por el autor de este prólogo a partir de las cartas del escritor, de los recuerdos, muy numerosos, de aquellos que le sobrevivieron, así como de los raros documentos en nuestra posesión.

Aparte de las peticiones dirigidas a las instancias superiores encargadas de la administración escolar y la educación pública –cartas con las que se cierra esta Correspondencia–, los elementos concretos, los problemas relativos a la vida cotidiana, los datos de una biografía exterior, los hechos puros y simples faltan a menudo, excepto cuando se trata de formular una queja o lanzar una petición de ayuda. Pues la vida de Schulz en su universo propio –el único que verdaderamente le importaba– era muy pobre en hechos; sólo se componía de acontecimientos interiores, de peripecias intelectuales, de una producción literaria y artística considerada como el sentido supremo de la existencia, la finalidad exclusiva de todos los esfuerzos. Todo lo demás era, por decirlo así, los engorros de la vida cotidiana, que venían a perturbar el ritmo del tiempo, quitándole al escritor cualquier posibilidad de crear. La vida, en su dimensión y significación prácticas, cotidianas, no era para él más que un obstáculo, un factor susceptible de provocar y alimentar esas depresiones que lo reducían a la impotencia, causa de la improductividad de este artista que, como Rilke –por el que sentía una verdadera adoración– sólo sabía dar toda su medida en el arte, sintiéndose además extraño al mundo que lo rodeaba. Si mantenía ciertas relaciones personales sin escrúpulos, e incluso con interés, si dedicaba, a veces no sin hipocresía, una especie de atención benevolente a temas y problemas que, aparentemente, nada tenían que ver con la única cosa que de verdad le importaba, era sobre todo pensando en las ventajas que podía sacar para su obra personal. Era, pues, un perfecto egoísta –pero un egoísta que no pretendía conseguir ninguna ventaja fuera de las que podían, creía él, servir a su trabajo de escritor. Un egoísta en nombre del arte al que se había entregado en cuerpo y alma, con el que se identificaba, al que dedicaba todos los esfuerzos, todas las acciones, todas las hazañas que él mismo creía necesario llevar a cabo...

Las cartas que se han conservado son una imagen fiel, un ejemplo elocuente de esa particular actitud, de los principios que aquí hemos expuesto, sin poder evitar el escollo de una cierta simplificación. Pues esas cartas apenas constituyen una ínfima parte con relación a la enorme masa de toda una correspondencia desaparecida. Sin la guerra y el genocidio que no perdonaron ni al escritor, ni sus cartas y manuscritos, ni a la gran mayoría de los destinatarios de esas mismas cartas, una producción epistolar tan rica hubiera podido ser objeto de una recopilación en varios volúmenes superando en mucho, por el número de páginas, al conjunto de la obra puramente literaria –recopilación que hubiese igualado por su valor a Las Tiendas de Canela Fina. Pero lamentablemente, debemos contentarnos con las cartas –muy pocas– que pudimos encontrar y reunir, sin por ello renunciar a la esperanza de nuevos hallazgos en el futuro.

Si hemos de dar crédito a las confesiones del mismo Schulz –confesiones que encontramos aquí y allá en las cartas que han llegado hasta nosotros–, eso nos lleva a la conclusión de que la parte más interesante de esa producción epistolar se remonta a una época pretérita –época que constituye de alguna manera “la prehistoria” de su oficio de escritor, cuando la correspondencia era para él la única forma de mensaje literario o paraliterario. Entre las cartas presentadas aquí (y recordemos que se trata de la totalidad de las que hasta ahora han sido encontradas) algunas fueron escritas durante ese primer periodo; pero se trata casi siempre de peticiones dirigidas a diversas instancias, y las raras cartas destinadas a personas que conocía no representan el estilo ni la manera que fueron los suyos al comienzo. No disponemos, pues, de ningún rasgo de ese legendario “genio epistolar”: con el paso del tiempo será así como el mismo Schulz definirá esa época. En 1936, en una carta a Romana Halpern, escribe: “Es una lástima que nosotros no nos hayamos conocido antes, hace algunos años. Entonces aún era capaz de escribir cartas impregnadas de cierta belleza. Fue a partir de esas cartas como Las tiendas de Canela Fina vio la luz. La mayor parte de ellas estaban dirigidas a Debora Vogel, autora de una obra titulada Florecen las acacias. El grueso de esas cartas ha desaparecido.” Un año más tarde, en una carta dirigida al mismo destinatario, una amiga íntima, Schulz declara: “En esa época no sentía sobre mis hombros el fardo de ninguna responsabilidad, escribía para mí mismo; eso facilita muchas cosas.” En una carta dirigida al crítico literario Andrzej Pleśniewicz encontramos una confesión similar: “Antes, las cartas que yo escribía eran la razón de mi existencia, las mismas constituían mi única producción literaria. Es una lástima que no podamos retrotraer nuestra correspondencia hasta esa época. Hoy ya no sé escribir cartas.”

La confesión es capital. Esas cartas constituyen en el origen la única creación literaria del autor. Pues la obra escrita más tarde –aparte de esta correspondencia–, todo lo que es puramente profesional se formó justamente a partir de ese mensaje dirigido a un sólo lector –el destinatario de la carta. Esos destinatarios –antes que el autor haga su entrada en la escena literaria y demuestre su talento de escritor– eran esencialmente judíos, representantes de la intelligentsia ciudadana lejos de cualquier forma de ortodoxia, a menudo más polacos y galitzianos que judíos. Ese es el medio en cuyo seno se forma –medio al que le unían muchos lazos familiares, amistosos y de vecindad. La mayoría de esos compañeros de diálogo por correspondencia, los que contaban más para él y le eran más próximos, son, pues, grandes que pertenecían a esos círculos tan homogéneos como provincianos. Esa es también la causa de la desaparición de tantas cartas escritas por Schulz: desaparecieron al mismo tiempo que sus destinatarios, víctimas del genocidio.




[Bruno Schulz Prólogo de Jerzy Ficowski en: Correspondencia, Maldoror ediciones, Vigo 2008, 185 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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