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El autor de este extraño libro mantiene una especie de flirt con el misticismo: pero un misticismo de una clase inferior y fácil. No el misticismo exigente, serio y original de Kafka, sino más bien el lúdico, hedonista y mundano de Meyrink, privado del poderoso tronco de la experiencia interior, y como de segunda mano, marcado por la arbitrariedad de un gusto caprichoso e inconsecuente. Pero mientras que en Meyrink permanece un cierto fondo filosófico, Leonhard Frank se complace en un vago borrador de ideas irracionales, dudosa mezcolanza de freudismo, de psiquiatría y mística platónica.

Este eclecticismo pseudomístico se desarrolla en torno a un eje que es la exaltación del eros, la sexualidad elevada a gran cuestión de la vida y el asunto de la elección amorosa llevado a las dimensiones de un problema metafísico. No hay nada que reprochar a la voluntad de profundizar en ese poderoso resorte del sexo, de sondear su inagotable fondo filosófico. Pero la exaltación de Frank no se apoya en ninguna revelación innovadora en ese campo; su examen al fondo del universo del sexo no va más allá del horizonte de un tocador de señoras.

La vida erótica de la heroína discurre bajo el signo de un traumatismo infantil. A causa del mismo ella se cierra convulsivamente a los accesos de pasión de un esposo que la adora. Y esta repulsión es compartida, como por efecto de una influencia simpática, por su joven y sensible sobrina, Maria. A partir de esas reacciones de virginidad histérica o de pudor femenino enfermizo el autor elabora su filosofía platónica de la elección del objeto amoroso.

Ewa se separa de su marido, tiene algunas aventuras decepcionantes hasta el momento en que repentinamente el relato abandona sin transición el terreno de la realidad. La heroína se encuentra en un mundo onírico, en una realidad soñada, sosias de la otra, donde ella ve su destino futuro, que es la unión con el verdadero amante prometido a su alma. Esas alucinaciones, que aflojan hasta lugares imprevistos el tejido de la acción verdadera, se separan del relato principal de una manera tan dificilmente perceptible que adquieren el aspecto de una realidad idéntica. El autor no explica ni interpreta esa dualidad, se limita a registrar fielmente la doble existencia de Ewa, por caminos diferentes. Ese doble juego intriga e interesa, y desde el punto de vista literario sería un procedimiento cautivante, si el autor supiese perseverar hasta el final. Pero forzado a mostrar sus cartas, descubre la pobreza del arsenal filosófico en el que ese juego encuentra su desenlace.

Franck comete además el error que tampoco han sabido soslayar otros escritores contemporáneos que han utilizado lo maravilloso y lo fantástico. A pesar de toda su habilidad, no puede evitar la colisión de dos órdenes de realidad. E.T.A. Hoffman, que también hizo uso de la antítesis entre la vida prosaica y el mundo de la fantasía, suprime de la primera su realismo y su pesadez, la trata de manera grotesca y humorística, para unificar las dos tramas paralelas, con un principio estilístico homogéneo. El escritor moderno que quiere encontrarle una justificación al mundo trascendental, intenta hacerlo verosímil situándolo allí donde nuestro conocimiento del mundo es incompleto, y obtiene un resultado totalmente contrario al que busca: desacredita la trama fantástica, corta cualquier comunicación entre lo natural y lo trascendental.

Para colmo, el autor no se satisface con una sola víctima de ese sonambulismo metafísico. Hace caer al segundo personaje de la novela, la joven Maria, en un trance idéntico, pero esta vez la define como una auténtica enferma mental, y le da por compañero a otro verdadero maníaco. De esa manera un estado que podía por su carácter excepcional pasar por ilustrar la teoría platónica de la predestinación de las almas, se convierte en una simple epidemia.

Del mismo modo no sabremos nunca por qué los sueños de Ewa son justificados en tanto que tales por el autor, mientras que los de Maria, idénticos, permanecen situados bajo el signo de la demencia.


Primera edición:
Wiadomości Literackie, nº 22, 1937 [reseña de Compañeros de sueños, del escritor alemán Leonhard Frank (1882-1961), traducción de Marceli Tarnowski, editorial Jakub Przeworski, Warszawa 1937]

Reimpresión:
Bruno Schulz 1892-1942..., p. 157-158.


[Bruno Schulz Compañeros de sueños en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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