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A lo largo de la primera mitad de este libro, podríamos creer que su autora trata de examinar los mecanismos que intervienen en la consecución de un logro; que, como muchos escritores de hoy, se siente atraída por ese fenómeno de un individuo fuerte que doma la vida, la complicidad secreta y la alianza entre el destino, no humano, y la inteligencia o la voluntad de un hombre: en una palabra, la filosofía y la mística del éxito.

Sin embargo, a medida que avanza la lectura, vemos claramente que el análisis, excelente, del fenómeno no es más que un trampolín hacía un horizonte y una tarea más amplios, y que a través de un caso particular apunta hacia un plano más universal, y pretende llegar a un conocimiento total en cuanto a la existencia y al destino del hombre.

Laurent Daguerne, niño de posguerra, pertenece a una generación que ha madurado demasiado pronto. Aún muy joven, llega a una visión clara del sistema de fuerzas que rigen el mundo contemporáneo, del mecanismo implacable que condena a millones de seres a vegetar sin esperanza en los bajos fondos de la sociedad, y en su aversión por el papel de explotado se propone como fin, con todo el maximalismo de la juventud, llegar a lo más alto de ese sistema. Libre de cualquier ilusión sentimental, y sensible a un solo tipo de romanticismo, el de la intriga y el juego político, discierne con lucidez el momento en que debe poner en juego toda su energía, poner en la balanza todo su valor, su intransigencia y su voluntad de vencer, para dominar el mecanismo de la existencia. Y parece predestinado a ello, pues posee esa continuidad en la concentración, esa regularidad de la puesta en marcha de la energía propia de los instrumentos de precisión. La autora muestra con toda la intencionalidad que la condición de la supremacía ejercida por tales individuos es a menudo un cierto vacío interior, la ausencia de carga afectiva, una especie de falta de compromiso profunda. Vemos a Laurent, empujado por la ardiente voluntad de escapar a la estrechez de una vida miserable, conseguir gracias a la astucia, la obstinación y la suerte, éxito tras éxito en el camino del poder.

Pero entonces comete un error esencial. En su impaciencia por borrar en él cualquier huella de inferioridad como ve en las manifestaciones sentimentales, en los movimientos del corazón y las diversas debilidades humanas, suprime con demasiado celo, como se aprecia después, la parte del sentimiento en el balance de su vida, incluso antes de que un verdadero conocimiento le permita medir el campo de acción y su importancia real. Se equivoca en el cálculo de las fuerzas que rigen su propia naturaleza, y ésta se venga cruelmente de él. Una vez que ha logrado sus fines, una vez satisfecha su ambición, siente, a las puertas de nuevos éxitos, el vacío y la decepción instalarse en el corazón mismo de sus deseos, y reducirlos a nada. Experimenta el carácter ilusorio del éxito, la nada profunda de cualquier proyecto, y después sobreviene la revancha de los sentimientos que había sofocado. Se enamora de la esposa de un amigo, una mujer sombría, marcada por una desdichada vida. El amor que lo embarga es un amor apasionado y fatal. Por primera vez ama sin cálculo, y contra todas sus ambiciones. Por vez primera tiembla por el sentimiento de debilidad y dependencia degradante hacia el ser amado. Pero en esa debilidad, esa renuncia al argullo y la confesión del sufrimiento amoroso, también le aportan por primera vez la felicidad. Es precisamente aquéllo de lo que él se había avergonzado toda su vida, lo que combatió violentamente en sí mismo, la impotencia, la dependencia, la aceptación de la derrota, lo que se convierte en lo esencial de su vida; es en la vergüenza de un amor rechazado donde encuentra su felicidad, amarga pero profunda.

Ese carácter trágico del amor sentido con pasión, esa actitud casi religiosa hacia su poder, acercan esta excelente novela a la obra de Zofia Nałkowska, a la que recuerda en muchos aspectos.

*

Nos encontramos ante una narración que habla de la mujer nueva. No se trata, ciertamente, de ahora mismo cuando se sabe de ella, cuando se proclama su llegada, cuando percibimos las formas de su existencia. La literatura de los últimos cuarenta años se ha inclinado con una tierna solicitud sobre el alambique donde ella se constituye, con la efervescencia de todas las innovaciones de la época. Se ha querido acelerar artificialmente su llegada, se la ha sacado antes de tiempo del alambique para sostener tesis e ideologías; y lo que se ha hecho vivir y moverse son sólo abstracciones. Ange Seidler ha escogido otro camino: el de la inducción y la observación. Según ella, la mujer nueva ya existe, y lucha entre nosotros; para verla, basta con mirar con comprensión y simpatía. Existe –no como un fenómeno excepcional–, en lo más alto de la intelectualidad, y por todas partes en torno a nosotros, sobre el pavimento de las grandes metrópolis, donde se apresura –vestida con la barata elegancia de las empleadas de los grandes almacenes, de las oficinas, de las fábricas– con un paso joven y vivo. En millones de ejemplares esta criatura desconocida combate sin énfasis ni gran demostración por una forma nueva de la vida y la dignidad humana. Aún no es totalmente consciente de sí misma, pero tiene el valor de fiarse de sus instintos, de prestar atención a su naturaleza profunda; quiere pertenecerse a sí misma y autodefinirse. Elisabeth Lenard no es un simple maniquí construido para ilustrar las tesis de la autora. Ange Seidler la enseña a través de mil detalles concretos, forma ante nuestros ojos su imagen con mil reacciones y comportamientos imprevisibles, que ninguna línea trazada de antemano parece unificar.

Elisabeth Lenard es una viva protesta contra todo sectarismo doctrinario y todo fanatismo; quiere vivir no en un futuro imaginario, sino hoy, enseguida, y justamente en ese mundo aún inacabado, en ese interim de la historia donde la ha situado el destino; vivir responsable de sí misma, y lo mejor posible. Como si se opusiese a un mundo masculino hecho de palabras de orden y de verborrea, es una realista encarnizada, instintiva: realista por honestidad profunda hacia la vida. En la aquiescencia al mundo tal como es, en la voluntad de no renunciar a su vida y a su felicidad individuales, sino de salvarlas contra viento y marea, estriba el heroísmo natural, emocionante, verdaderamente femenino, de esta mujer nueva.

*

Ivo Andrič es el escritor faro de la Bosnia actual. Al leer esta selección de relatos en la cuidadosa traducción de Maria Znatowicz–Szczepańska, nos formamos la más alta idea de la envergadura literaria y del talento de este escritor. Las comparaciones más halagadoras acuden a la memoria, y, sin embargo, las mismas no agotan el fenómeno literario que representa. Consagrados a los boyardos, a los jenízaros y monjes bosnios de los siglos XVII y XVIII, estos relatos están inspirados en un pasado histórico, pero no sólo se reducen a eso. ¡Qué lejos estamos de la típica novela histórica: telón de fondo erudito, con un primer plano de fabulación a partir de una psicología estereotipada! Ninguna curiosidad folclórica, ninguna coquetería de exotismo ni de color local. El historicismo se ha diluido aquí en la esencia humana de los personajes, la distancia temporal perfectamente reducida por la poderosa actualidad de la acción. La Historia se presenta en estos relatos bajo forma intramolecular, químicamente unida, de manera que tenemos el sentimiento de leer los fastos de los cronistas del tiempo. Ivo Andrič renuncia a la fácil superioridad que ofrece la distancia histórica, que permite relativizar y suavizar lo trágico de la misma, adoptando hacia el pasado una actitud de ironía. El clima que domina, intensamente, en estos relatos es el de una actualidad amenazadora, inédita y sin salida previsible. El pasado le atrae como clima espiritual, donde los caracteres maduran de una manera más completa y trágica. Lo que le interesa son los seres profundamente prisioneros de su carne, de su sangre, encerrados en la trampa de su personalidad en el momento de confrontación trágica con su destino. Este extraordinario poeta–narrador trabaja con una clarividencia y una intuición asombrosas con los materiales de las naturalezas primitivas más intensas, de poderosa animalidad, que nos muestra habitualmente en los momentos de flaqueza, en su desatino, en la ceguera trágica de una individualidad muy limitada.


Primera edición:
Wiadomości Literackie, nº 38, 1937 [tres reseñas de las siguientes novelas: 1. El Éxito, de la novelista francesa Irène Nemirovsky:(1903-1942), traducción de J.P. Zajączkowski, editorial Rój, Warszawa, 1937; 2. Hotel Bello Sol, de la novelista alemana Ange Seidler, traducción de Tadeusz Zabłudowski, editorial Jakub Przeworski, Warszawa 1937; 3. Relatos, del escritor serbio Ivo Andrič (1892-1975), traducción de Maria Znatowicz-Szczepańska, editorial Biblioteka Polska, Warszawa 1937]

Reimpresión:
Bruno Schulz 1982-1942..., p. 159-160.


[Bruno Schulz Prosa traducida en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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