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Los ángeles negros, de Mauriac


Es una de las paradojas más extrañas de nuestro tiempo que en el momento –podríamos decir– menos oportuno, veamos revivir una problemática olvidada durante más de dos siglos, incluso parecía que superada, y como arrinconada en la sombra de esos arsenales históricos y ya trasnochados del pensamiento humano: la problemática de la filosofía católica.

Se demuestra, en efecto, que los maestros de la psicología y el análisis moderno, los intrépidos escrutadores del alma humana, se sienten atraídos y fascinados por esa gran escuela de introspección que ha creado la iglesia católica. Escritores de inspiración tan diversa como Kafka, Claudel, Joyce o Bernanos, dan en sus obras ese testimonio inesperado, a pesar de que el análisis psicológico intenta superar la pura descripción, el puro testimonio, y busca una estructura maestra y soluciones más profundas, no consigue ir más allá de las categorías del pensamiento católico.

La novela de Mauriac tiene su origen en una reflexión acerca del misterio del mal, del misterio del pecado. El autor está fascinado por la inmensidad y variedad de formas con que se reviste el mal y condiciona el destino humano. He aquí ante nosotros a un criminal por la gracia de Dios, y predestinado al pecado desde su infancia. Para Gabriel Gradére, el mal es simplemente una emanación de la vida. Un peso natural, una inclinación apenas perceptible del carácter lo empuja hacia el mal, del mismo modo que el agua discurre por la pendiente de su lecho. En la confesión de su vida dirigida al joven cura de Liogeats, Gradére, de cincuenta años, expresa su perplejidad ante esa latente predisposición hacia el mal, ante toda su vida absurda y fútil, estérilmente arruinada y dedicada al vicio y el libertinaje. E incluso se siente casi como una especie de receptáculo pasivo y abúlico, lleno de cobardía, que desborda y se expande a través del mundo.

Mientras que tras la muerte de Adela (su mujer), Gradére lleva una vida disoluta en París, gastando la fortuna de su hijo André, éste crece en el campo –fuerte y de franca ingenuidad– bajo la tutela de su tía Mathilde. Ésta, antaño, estuvo enamorada de Gabriel. Actualmente ella vuelca su amor en André, y, sin ser consciente de la verdadera naturaleza de sus sentimientos, lo defiende contra su marido, el anciano Desbats, que en su avidez quisiera apoderarse de la fortuna de André. Gradére, que se debate desde hace años entre las garras de una mujer, Aline, que lo chantajea, llega a Liogeats, a casa de su hijo, con la esperanza de arrancarle el resto de su fortuna para saciar a aquélla que lo vampiriza.

Como si, con la llegada de Gradére, un fermento nefasto hubiese penetrado en la mansión campestre, comienza un drama lúgubre, en un otoño atravesado de tormentas. Cuando se descubre que el viejo Desbats ha gastado la fortuna de André, Gabriel Gradére, que ama realmente a su hijo, consigue acelerar la muerte del anciano enfermo. Con la perspicacia de un demonio adivina la naturaleza de los sentimientos que alimenta Mathilde por André. La envuelve en sus redes, la gana por un momento para sus planes haciéndole creer que se casará con André. Todos esos planes se vendrán abajo ante la noticia de la llegada de la amante extorsionadora. Una noche de otoño que llueve a mares, Gradére espera a su acosadora en una pequeña estación desierta, la lleva a un camino apartado y la estrangula, ejecutando así la venganza que meditaba desde hacía tiempo.

Cometido ese homicidio –pero para defenderse, y sobre un personaje monstruoso–, ese acto por el que Gradére se siente casi instrumento de la justicia divina, llena sin embargo la medida del mal, y rompe las resistencias de ese malhechor de nacimiento. Mauriac corre el velo en el último acto de ese drama, con el arrepentimiento del criminal. Se limita a relatar los hechos externos. Gradére, con el alma rota, al final de sus fuerzas, se arrastra hasta el presbiterio donde es recibido y amparado por un sacerdote, el mismo en el cual un extraño instinto le hizo presentir desde tiempo atrás un hermano espiritual; y tiene una muerte bella, reconciliado con Dios y los hombres.

¿Qué lazos ocultos pueden unir al criminal Gabriel Gradére con el buen sacerdote, el abate Forcas?; ¿qué paradójica analogía se puede hacer entre estos dos hombres, qué acción espiritual los sitúa uno al lado del otro, en una oposición extraña, sobre el tablero de un juego eterno? ¿Un alma y su sacrificio pueden compensar la caída de otra? ¿En un orden superior de cosas, esas dos almas se pesan en los dos platos de la balanza que Dios tiene en la mano? Mientras que el criminal Gradére, que ha llegado al fondo de la miseria humana, se eleva en paz hacia el cielo, el puro, el inocente abate Forcas sufre la prueba más dura, dudando casi de su fe, bajo el peso de los pecados del otro.


Primera edición:
Wiadomości Literackie, nº 19, 1937 [reseña de la obra Los ángeles negros, de François Mauriac, traducción de H.H., editorial Rój, Warszawa 1936]

Reimpresión:
Bruno Schulz, Proza, p. 400-402.


[Bruno Schulz Los ángeles negros, de Mauriac en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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