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La libertad trágica


Es difícil creer que apenas haya pasado un año desde que desapareció el hombre cuya figura espiritual se ha impreso como un membrete en el paisaje de la época. Ha desaparecido, y el manto del tiempo del que se despojó aún conserva el contorno de su figura. Como si las leyes de la perspectiva hubiesen sufrido un cambio, y el espacio hubiera agrandado poderosamente sus límites, separado y alargado la duración del tiempo. Como si la hora que lo ha llevado en sus brazos se hubiese dilatado con todo el peso con que él la engrandecía, como si no tuviese necesidad del tiempo y del trabajo que monumentaliza y también borra los detalles. El tiempo se lanza tras aquél que se ha ido, se eleva tras él en el aire como un águila y cae impotente, habiendo golpeado la eternidad. Así pasó él de la historia a la leyenda, raudamente, como de una sala a otra.

¿Qué es la historia? ¿Quién ha penetrado el misterio de su gracia, el secreto de sus favores? ¿Qué sucede en el cara a cara entre ella y el héroe, qué secretos tienen entre ellos? Lo ignoramos. ¿Es el secreto del elegido y la bienamada? ¡Qué numerosos son los que ella enumera con indiferencia, aun no siéndole útiles! Sobre cuántos pasa sin incluso mirarlos, como las páginas de un libro que no leerá, hasta que se detenga ante uno solo, súbitamente atenta y llena de ardor. Los demás los utiliza rápido, superficialmente; ya no hay en ellos existencia como no hay vida en esa única palabra, en ese único grito con el que hubieran podido responder a su pregunta. Pues lo que estaban a punto de pronunciar, apenas es una palabra. Su vida entera, únicamente ha llegado para una sola letra de un solo verso de ese enigma. Pero aquéllos a quien ella elige vienen de su fondo con una respuesta preparada. Crecían con toda su fuerza de vida hacia esa pregunta, van por delante de ella y a menudo le cortan el camino, como una larga pared, súbitamente adultos y formados, como si tuviesen más años que la historia misma. De ahí la fuerza e infalibilidad de sus acciones, de ahí su gran poder. No nos sorprendamos si conmocionan los míticos orígenes, pues vuelven a nacer del mismo reino oscuro.

Que aquéllo que debe vivir en poesía deba también morir en la vida, es sólo un prejuicio romántico. El mito de Piłsudski estaba ya dispuesto en vida. Aún sin conformar, estaba suspendido en el aire, salía y entraba con la misma respiración de los pechos. Era un mito potencial, un mito–elemento, la dinámica misma aún no actualizada de una gran leyenda. Los relámpagos de esa nube pasaban una y otra vez, pero nadie era capaz de arrancarle la confesión, de hacer derramar en lluvia su electricidad anónima, de expresar el meritum histórico, de hacer pasar al sentido y la palabra lo que sólo era un céntuple murmullo inarticulado. Esa tarea esperaba su poeta, un poeta predestinado. Debía sentirse fundido con el mito, enraizado en él hasta el punto de poder prestarle su boca sin temor a que la falsedad, la mentira, la mezquindad de su propia palabra pudiesen deslizarse en ese testimonio y esa profecía inspiradas.

¡Contemplar esa grandeza como todo el cielo, rostro del mito, y leer, adivinar y soñar lo que anónimamente se sueña! ¡Desem- barazarlo cuidadosamente con sus raíces del seno de la nube, sujetar a la urdimbre de las palabras aquéllo que se desprendía de sus crecientes energías, de esa electricidad errática no unida, sin romper no obstante el cordón umbilical del mito, sin encerrarlo antes de tiempo en una forma unívoca y mensurable! Pues el fondo del mito debe comunicar con lo impensable, con lo que se sitúa antes del verbo, para que pueda permanecer vivo, sujeto por sus raíces a su oscura patria. La oscuridad del mito con la precisión aguda de la historia actual: el poeta ha debido manejar su barca entre esos arrecifes de Caribdis y Escila.

Y lo ha hecho, y el mito está ahí, realizado ante nosotros en un logro poco común: La libertad trágica, de Kazimierz Wierzyński.

*

¿Puede considerarse un azar que el poeta de la juventud triunfante haya asumido el peso de ese desafío, de ese “clamor social”, y lo haya sentido como una misión, de acuerdo con su vocación más íntima? Wierzyński es en su generación el que ha permanecido más fuertemente ligado a su juventud, para quien la misma no ha sido solamente una época de la vida, que se supera, que encerramos en el pasado, sino un gran programa, un manifiesto al que ha respondido plenamente con su vida y obra. Su obra realiza el testamento de una juventud que él ha vivido más plenamente, más triunfalmente, de manera más ejemplar que los otros. Hemos visto cómo llegaba, año tras año, hasta su plena madurez, aquélla que era preludio, turbación universal y biológica, cómo de año en año afirmaba y coloreaba aquéllo que sólo era esbozo, cómo los rostros diversos de esa juventud genial vienen, uno tras otro, a fundirse en una forma rigurosa, actual y plenamente representativa.

¡Embriagamiento a través de la libertad, voluptuosidad por volver a su cuerpo floreciente! Wierzyński vive en las categorías biológicas, en su propio cuerpo, en sus sentidos encontrados, el regreso a la realidad histórica. La llegada de todas las dimensiones espectrales de la existencia antihistórica –a la sangre y la carne viva de una vida histórica– reviste la forma de una euforia generalizada, que va más allá de sus límites. La biología es aquí símbolo, transposición de una realidad histórica. En el microcosmos de esa juventud deslumbrante un inmenso hecho histórico se encuentra representado en su forma: la resurreción del ser del Estado. Provisoria todavía, ilusoria y vacilante. He aquí el anverso de la medalla: el genio alado de la libertad que se embriaga con el encuentro de su cuerpo. Aún transcurrirán veinte años antes de que el poeta esculpa el anverso, antes de que talle nuevamente el rostro de la libertad: ¡tan diferente!

Extraño paralelismo entre el destino de un poeta y la historia de un mito colectivo. Nosotros sabemos cómo ese mito se ha injertado en la primera juventud –que entonces tenía veinte años– de esos seres, cómo ha crecido, igual que un trigo amarillo, en esa gleba de corazones y entusiasmos. Sin esa juventud, no hubiese existido Piłsudski. Ella lo ha soñado, lo ha imaginado y ha ido por delante de su grandeza. Todavía no era más que el magma brumoso de un mito, pleno de amaneceres y primaveras, enredado en su propia eflorescencia, perdido en su propia espesura, no leyendo claramente en sí mismo, lleno de felices malentendidos, fundido en su propio crecimiento, en su propia expansión universal. Y ese mito madura con el poeta, se destila bajo la presión de la vida, de las sensaciones y los análisis; esta flor ferviente, ardiente de pretensiones grandiosas, pierde uno tras otro sus pétalos, entra en su molde, en el fruto lleno de principios y concentrada fuerza nutricia. Durante todo ese tiempo se hizo amargo y consistente, hizo entrar en él toda la sabiduría agria y triste de la época. Cuando el poeta se libró del hechizo de su juventud, realizó y engrandeció el mito de su generación, le dio el nombre bajo el que debía pasar a la posteridad como la voz misma de nuestro tiempo. ¿Quién podría imaginar tan amargo y trágico el fruto de esa juventud que comenzó triunfalmente bajo el signo de la Pimavera y el vino? La feliz locura del hombre en éxtasis transformada en una terrible libertad trágica, un optimismo infinito de la vida retrocediendo a las posiciones más estrechas, trágicamente amenazadas por todas partes.

En La libertad trágica no solamente el mito de nuestro tiempo madura hasta su forma definitiva, sino que el poeta alcanza también su fin más alejado. La figura del héroe que levanta sobre esa cima de su obra: se la debe a sus propios recursos. Para ella madura y se eleva hasta su fuerza suprema, y por ella acumula en él y atesora esa fuerza del verbo y la idea que le permite ser igual a su tema. De ahí proviene el derecho de palabra, la vocación interior de Wierzyński, y por eso, cuando habla en nombre de su héroe, el “yo” no suena como una usurpación. Esa identificación, esa unión del héroe y el poeta es lícita y tiene fuerza de ley. En todo este gran poemario ni un solo poema es falso. El poeta lo colma con una única sustancia interior que lo abarca todo: pues construye la grandeza de su héroe con su propia grandeza profética.

*

Una vez más vuelve la gran fatalidad de esa Polonia que define lo trágico de su historia: un individuo que se adelanta a su siglo, un genio de amor y solicitud, devorado por la mezquindad. Esa gran soledad, ese gran silencio en torno a la grandeza, el patetismo de ese amor que provoca el odio (“que el amor signifique en Polonia lo mismo que el odio”), los expresa a través de las variaciones que van pautando esta gran biografía, cada una de las cuales se cierra con un episodio monumental, resumido en una balada.

El poeta devana de sí mismo una extraña materia, un hilo poético particular de donde se teje esta historia casi legendaria. Quizá sea ahí donde se sitúa el centro de gravedad del acto artístico de Wierzyński, en esa urdimbre que concibe en el fondo de su inspiración, en esa sustancia que encuentra en el fondo de él, realidad poética que posee su propio ritmo, que se desarrolla en su propio espacio espiritual, que utiliza para que pueda encarnar ahí el cuerpo poético del mito.

Por una singular alquimia del verbo crea una dimensión poética, una realidad mítica donde la crónica exterior de la historia se transforma imperceptiblemente en su significación más profunda, donde se interpenetran como en un espejo el hecho histórico y la historiosofía, la historia exterior y la lírica interior. Aún no poseemos instrumentos ni elementos para distinguir exactamente, en teoría, la esencia de la realidad poética y sus diferentes manifestaciones, para fijar sus concisiones, su estructura y sintaxis. ¿Qué decir de ella? Que ha tenido lugar, que se produjo en su propio espacio, mitad por mitad entre un paisaje mítico y el paisaje interior del héroe, es decir de Polonia. El héroe se funde aquí de manera panteísta con el paisaje histórico, se transforma en acontecimiento, guerras y triunfos, y de nuevo se une, adquiere un rostro personal que es el espíritu de su historia; el de un hombre triste, traicionado y solitario. Wierzyński le da cuerpo a este gran mito, suprapersonal y trascendente, formado por el héroe, por Polonia, por su destino y el rostro histórico de ese destino: monumental retrato mítico. Prolonga y hace entrar en nuestra época la gran veta de la poesía romántica, construyendo y confiando al futuro esa forma quizá única en los tiempos modernos del mito histórico.

Extraño: la historia más contemporánea, la que todavía vibra con el grito más actual, entra sin dificultad, bajo la mano del poeta, en forma de balada, en ese espacio mítico como en su espacio natural. Sólo un poeta predestinado podía hacer hablar así a los acontecimientos de manera que parezcan expresarse con su propia voz. Sólo un poeta tan representativo, tan ligado espiritualmente a la comunidad podía alcanzar un tono de tal simplicidad universal, encontrar un tal anonimato de expresión, descender así a la región original del lenguaje y encontrar en su fondo esa objetividad definitiva, libre de cualquier vano virtuosismo que le confiere a la poesía una eternidad, un valor universal y ejemplar. Parece como si el poeta haya liberado únicamente algo ya dispuesto de antemano, que esperaba desde hace siglos en el subsuelo del lenguaje, como si hubiese golpeado la peña del lenguaje con la vara de Moisés conjurando una fuente de la palabra. Como si arrancase del mismo fondo de la lengua, de su sabiduría y sus reservas subterráneas las verdades más profundas de la época. Podríamos decir que, incluso sin que el poeta participe, se formulan en su expresión suprema y última, completamente turbadora. Una extraña resonancia surge de esa magnífica retórica, como un eco ilusorio. El carácter ejemplar de esas fórmulas definitivas hace que sintamos la ilusión singular de haberlas ya escuchado. En muchos pasajes, en un primer momento parece como si el poeta hubiese utilizado locuciones ya existentes, que cita fórmulas eternas del ser polaco. Ha penetrado tan profundamente en el espíritu del lenguaje, se ha fundido de tal manera con él que el torrente de sus palabras inspiradas avanza en formas preexistentes, sosias de proverbios y expresiones populares. Sólo los versos de Mickiewicz poseen esa universalidad, son tan naturalmente grandes y monumentales, engendrados del mismo fondo de la lengua polaca.

Poemas como La noche nacional, La patria de los gerifaltes, El palacio, Belvedere, contienen las verdades más altas hacia las que se ha elevado la conciencia histórica de la época. Wierzyński continúa aquí la gran tradición de la literatura polaca que va de Skarga a Wyspiański. Podríamos decir que sus poemas resuenan en un vacío, bajo bóvedas sombrías, en un espacio más allá: tan poderosa es su resonancia, tan monumentales son y marmóreos. En otros como Sulejówek y La soledad, su retórica se espesa, se hace elegíaca, se sumerge en un paisaje tenebroso y lírico, un paisaje extrañamente profundo y metafísico, que podríamos llamar el paisaje espiritual de Polonia. Ese paisaje sirve de telón de fondo casi invisible para todos los eslabones de este gran poemario, un fondo sombrío y nebuloso. Es un paisaje completamente impregnado de historia, atravesado de un extremo al otro por el viento de la historia, cargado de pasado: donde se encarna el alma de Polonia.


Primera edición:
Tygodnik Ilustrowany, nº 27, 1936 [reseña del libro de poemas Wolność tragiczna (La libertad trágica), de Kazimierz Wierzyński, editorial Atlas, Lwów-Warszawa, 1936]

Reimpresión:
Bruno Schulz, Powstają legendy...,p. 27-38.



[Bruno Schulz La libertad trágica en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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