Así nacen las leyendas
La leyenda es el medio para percibir la grandeza, es la reacción del espíritu humano frente a la grandeza. *Con la entrada de la grandeza en las filas de la historia, las leyes de los avances ordinarios quedan en suspenso. La psicología y el racionalismo, esos instrumentos de reducción y comprensión, permanecen como cánones clavados, desajustados e inútiles. El intelecto retrocede, capitula. Las leyes de la grandeza no tienen una medida común con los métodos del pensamiento cotidiano. El espíritu que quiere concebirla debe ir a beber a fuentes más profundas y la leyenda es su construcción provisoria, un subterfugio desde hace mucho tiempo fiable. Es el encabezamiento, el primer título –provisional– de esa novela de la que es portadora la humanidad. Trazamos las fronteras del territorio sagrado donde van a levantarse los templos y santuarios, la acróplis de la nación, y, en esas tierras, clavamos una enseña con la inscripción: leyenda. *La esencia de la grandeza se expresa a través de grandes antinomias. Nos encontramos ante toda una serie de antinomias, de contradicciones y cosas incomprensibles. Pero nos damos cuenta de que solamente por el lado de la razón están provistas de un signo negativo. Por el otro lado, que es un territorio desconocido, esas contradicciones se resuelven en una concordancia, una lógica y una positividad supremas. En nuestro lenguaje humano debemos construirlas, de manera azarosa, con el signo “menos” y sostenerlas con negaciones. Esa cosa única, indivisible, esa totalidad perfecta, debemos dividirla en antítesis para intentar torpemente reconstituirla a partir de esos fragmentos.
¿Cómo un individuo puede ser más vasto y profundo que una nación y contenerla en él? ¿Cómo el hijo de una nación puede ser el padre y creador de ella? ¿Es el resultado de la voluntad de poder, de una ambición sobrehumana, de una usurpación, o bien de una humildad ascética, de la resignación y el sacrificio total de sí mismo? ¿Es el desprecio de los hombres y el orgullo, o bien el amor más tierno y la adoración? ¿Una soledad autosuficiente, que medita sobre su grandeza, o bien la solidaridad suprema con la colectividad? ¿Bajeza o sublimidad? Nos damos perfecta cuenta que, gracias a la acción de leyes más profundas, estas parejas antinómicas no se anulan sino que, al contrario, se adicionan a una suma suprema. Una labor inmensa, una tarea inmensa se ofrece aquí a los políticos, a los historiadores, a los estrategas y moralistas. Los especialistas se repartirán ese territorio, lo dividirán entre ellos, y medirán a lo largo y lo ancho –con sus propios instrumentos– esas dimensiones sobrehumanas. *Napoleón se transformaba en sus mismos actos, se metamorfoseaba en ellos, se confundía con ellos. Encarnaba la facultad suprema de aplicar todo su poder a las categorías de lo real: sin reservas. Añadía su propia persona a las energías desencadenadas en un momento dado y cambiaba el curso de los acontecimientos. Era una fuerza de la naturaleza entre otras.
Pero ese Grande era más grande que sus actos. *Napoleón era todo entero presencia e instante, como un deslumbrante fuego de artificio cuya única vocación es brillar hasta extinguirse. Para Piłsudski, los actos no eran cosa definitiva. A disgusto, de manera poco hábil, se sacaba entonces de la manga –cuando ya no podía actuar de otro modo– actos ejemplares. La fuerza moral que permanecía detrás del acto era para él más importante. La atesoraba en la nación. Acumulaba un capital de poder inquebrantable. En principio en sí mismo. Por eso se agrandaba a los ojos de todos: cargaba sobre él la grandeza. La emplazaba en sí mismo como si fuese el lugar más seguro. Erigía su propia estatua. Al fin, una vez edificada su grandeza, desapareció un día discretamente, sin decir ni una palabra, como si no tuviese importancia, dejándola en su lugar: una grandeza que llevaría sus rasgos para siempre. |

