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Así nacen las leyendas


La leyenda es el medio para percibir la grandeza, es la reacción del espíritu humano frente a la grandeza.

Cuando se trata de hombres corrientes y de la historia corriente, basta con la psicología, el pragmatismo y los métodos realistas de la historia. Con esta llave desciframos lo cotidiano y son muchos los que piensan que con ella se abren todas las puertas. Así es la fe de las épocas mediocres. El positivismo es la religión de los tiempos que ignoran la grandeza. Pues la grandeza está repartida escasamente, en pequeñas dosis, sobre el mapa del mundo, como los destellos de un metal precioso sobre las hectáreas de rocalla. La falta de fe en la grandeza es innata al espíritu humano. Hay en nosotros un espíritu de mezquindad que ataca, perfora, rompe, fractura, disgrega y socava la peña de la grandeza. Es el trabajo incesante, febril y subterráneo de la mezquindad.

Para comprender, el hombre debe reducir. La pasión por comprender y asimilar es una fuerza elemental, un automatismo de la humanidad. Es así como corroe la grandeza, destruyéndola. La historia está llena de hormigueros y ruinas: fríos túmulos de la grandeza. La psicología es la mediocridad, es la fe en lo uniforme, en la ley gris de la hormiga. Una vez que el siglo XIX hubo digerido al último gran hombre, llegó la época de la psicología, como un interminable día de sol y tedio. La humanidad respiró, aliviada. Se juró no engendrar más grandes hombres. Negamos su existencia. Restauramos la mezquindad. Restituimos con alivio la mediocridad, regresamos al principio de la inteligibilidad, al racionalismo. Disecamos todo el espacio de la vida, lo troceamos, lo pusimos bajo control. Proclamamos la imposibilidad de la grandeza, su inutilidad. Confirmamos el carácter impersonal del proceso histórico, privilegiamos las cifras y la estadística. Ahí buscamos una clave para interpretar la historia.

Por eso, cuando lentamente, imperceptiblemente, comenzó a crecer entre nosotros una grandeza silenciosa y cuando los primeros rumores, como relámpagos mudos, se propagaron, el reflejo inicial de la masa fue negar, cerrarse ante ella, negarse a creer en ella. La masa humana se resiste a los que la conducen a la grandeza. Sobre todo si esa grandeza desdeña la seducción, le repugna halagar, adular o prometer. Para soportarla, hay que amarla. Pero ¿quién puede decidirse a amar tan generosamente sin ser correspondido, de manera tan ardiente y patética? ¿Quién puede asumir para siempre ese peso demoledor?

*

Con la entrada de la grandeza en las filas de la historia, las leyes de los avances ordinarios quedan en suspenso. La psicología y el racionalismo, esos instrumentos de reducción y comprensión, permanecen como cánones clavados, desajustados e inútiles. El intelecto retrocede, capitula. Las leyes de la grandeza no tienen una medida común con los métodos del pensamiento cotidiano. El espíritu que quiere concebirla debe ir a beber a fuentes más profundas y la leyenda es su construcción provisoria, un subterfugio desde hace mucho tiempo fiable. Es el encabezamiento, el primer título –provisional– de esa novela de la que es portadora la humanidad. Trazamos las fronteras del territorio sagrado donde van a levantarse los templos y santuarios, la acróplis de la nación, y, en esas tierras, clavamos una enseña con la inscripción: leyenda.

*

La esencia de la grandeza se expresa a través de grandes antinomias. Nos encontramos ante toda una serie de antinomias, de contradicciones y cosas incomprensibles. Pero nos damos cuenta de que solamente por el lado de la razón están provistas de un signo negativo. Por el otro lado, que es un territorio desconocido, esas contradicciones se resuelven en una concordancia, una lógica y una positividad supremas. En nuestro lenguaje humano debemos construirlas, de manera azarosa, con el signo “menos” y sostenerlas con negaciones. Esa cosa única, indivisible, esa totalidad perfecta, debemos dividirla en antítesis para intentar torpemente reconstituirla a partir de esos fragmentos. ¿Cómo un individuo puede ser más vasto y profundo que una nación y contenerla en él? ¿Cómo el hijo de una nación puede ser el padre y creador de ella? ¿Es el resultado de la voluntad de poder, de una ambición sobrehumana, de una usurpación, o bien de una humildad ascética, de la resignación y el sacrificio total de sí mismo? ¿Es el desprecio de los hombres y el orgullo, o bien el amor más tierno y la adoración? ¿Una soledad autosuficiente, que medita sobre su grandeza, o bien la solidaridad suprema con la colectividad? ¿Bajeza o sublimidad? Nos damos perfecta cuenta que, gracias a la acción de leyes más profundas, estas parejas antinómicas no se anulan sino que, al contrario, se adicionan a una suma suprema. Una labor inmensa, una tarea inmensa se ofrece aquí a los políticos, a los historiadores, a los estrategas y moralistas. Los especialistas se repartirán ese territorio, lo dividirán entre ellos, y medirán a lo largo y lo ancho –con sus propios instrumentos– esas dimensiones sobrehumanas.

*

Napoleón se transformaba en sus mismos actos, se metamorfoseaba en ellos, se confundía con ellos. Encarnaba la facultad suprema de aplicar todo su poder a las categorías de lo real: sin reservas. Añadía su propia persona a las energías desencadenadas en un momento dado y cambiaba el curso de los acontecimientos. Era una fuerza de la naturaleza entre otras. Pero ese Grande era más grande que sus actos.

Ninguno de ellos podía contenerlo. Se quedaba fuera de los mismos, inmenso e indescifrable. No agotaba sus recursos. Como si se reservase para algo más grande. Su fuerza, el núcleo de su ser, permanecía intacto. Se extendió como una nube sobre Polonia y ahí está todavía. Su papel histórico no ha hecho más que comenzar.

*

Napoleón era todo entero presencia e instante, como un deslumbrante fuego de artificio cuya única vocación es brillar hasta extinguirse. Para Piłsudski, los actos no eran cosa definitiva. A disgusto, de manera poco hábil, se sacaba entonces de la manga –cuando ya no podía actuar de otro modo– actos ejemplares. La fuerza moral que permanecía detrás del acto era para él más importante. La atesoraba en la nación. Acumulaba un capital de poder inquebrantable. En principio en sí mismo. Por eso se agrandaba a los ojos de todos: cargaba sobre él la grandeza. La emplazaba en sí mismo como si fuese el lugar más seguro. Erigía su propia estatua. Al fin, una vez edificada su grandeza, desapareció un día discretamente, sin decir ni una palabra, como si no tuviese importancia, dejándola en su lugar: una grandeza que llevaría sus rasgos para siempre.

Napoleón sólo se representaba a sí mismo. Se vistió de historia, haciendo de ello como un manto real de magnífica cola, en aras de su grandeza. Uno de los rasgos de su poder fue la carencia de tradición, del peso de la historia. Piłsudski salió de los subterráneos de la historia, del fondo de las tumbas, de todo un pasado. Estaba imbuido de los sueños de los bardos-profetas, completamente abrumado por las ensoñaciones de los poetas, saturado del martirio de generaciones. Era todo entero continuación. Arrastraba el pasado detrás de él como un manto inmenso desplegado sobre toda Polonia.

Su rostro fue quizá, en vida suya, el de un individuo. Sin duda, los que estaban a su lado conocían su sonrisa y sus momentos sombríos, los reflejos del instante sobre su rostro. Para nosotros, ya lejanos, sus rasgos particulares se pierden cada vez más, se tornan vagorosos, y dejan transparentar desde su interior el destello de otros rasgos más dilatados y amplios, conteniendo innumerables rostros desaparecidos.

Al morir, al entrar en la eternidad, ese rostro sueña, recuerda, camina a través de muchos rostros, cada vez más pálido, cada vez más dilatado y luminoso, hasta que esas imágenes transpuestas se petrifican en una máscara última y le confieren –para siempre– el rostro de Polonia.


Primera edición:
Tygodnik Ilustrowany nº 22, 1935 [Schulz escribió ese ensayo conmemorando la muerte de Józef Piłsudski]

Reimpresión:
Bruno Schulz, Powstają legendy. Trzy szkice wokół Piłsudskiego [prológo y redacción Stanisław Rosiek, Kraków 1993, p. 19-26]



[Bruno Schulz Así nacen las leyendas en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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