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(Maria Kuncewiczowa y Karin Michaelis)


La nueva novela de Karin Michaelis, que ha tenido una favorable acogida en Dinamarca y Alemania, es el retrato, magistral, de una madre, obra maestra de caracterización psicológica obtenida por un método de pura representación, como en un drama, a través de las palabras, de los gestos y el comportamiento del personaje. Toda la novela está construida en base a un único y extenso monólogo, el de una anciana, en situaciones muy diversas que son otras tantas ocasiones de dar libre curso al irreprimible flujo verbal propio de los ancianos.

La autora –se percibe a primera vista– se niega a la construcción. Le basta, diríamos, con cerrar los ojos, para oír de nuevo en ella esa querida voz cascarrabias; para que reanude en ella ese monólogo infinito, para el que cualquier situación es un pretexto. Así, tenemos bajo los ojos, en apariencia, una especie de estenografía del natural, un material bruto no trabajado por el arte, no recompuesto. Pero eso sólo es una ilusión. Sabemos que en la memoria del escritor se lleva a cabo una selección, y que sólo su talento y capacidad pueden aguzar de tal modo –y darle forma– a los elementos del recuerdo para conferirle a cada frase su carácter de síntoma al mismo tiempo que su perspicacia: que actúan ahí como un espejo colocado en el fondo de un alma. Al mismo tiempo que a la anciana, el monólogo ilumina su entorno, hace salir de la oscuridad, como la candela de una lámpara de aceite, ora el presente ora el pasado. Al lector polaco se le impone una cierta analogía con La Extranjera, de Maria Kuncewiczowa, y no solamente a causa de un parecido en el tema. Estas dos novelas son una y otra, por una parte, una tentativa de liberarse del complejo maternal, un ajuste de cuentas con la bienamada difunta, un exorcismo, pero también superación del complejo por el esfuerzo de objetivación del arte. Ambas ponen en escena a una mujer de indestructible vitalidad. La vitalidad de esas dos heroínas, en su expansión, pesa de manera abrumadora sobre el entorno, y reviste en el plano moral formas extrañamente ambivalentes, y a veces abiertamente negativas. Pero mientras la novelista danesa, más primitiva y más sana, no disociada interiormente, oponiendo a esa ambivalencia su sola indulgencia y su capacidad de comprensión profundamente humana, reacciona con un humor que impregna toda la obra, la escritora polaca se deja arrastrar sin reparos a la trampa de un problema que ella siente trágico, y se mide a él con una profunda seriedad, movilizando para eso todo el arsenal contemporáneo del conocimiento del alma: lo que le da a su obra, en ese registro, un mayor peso. Hay que reconocer, además, que los dos personajes de mujer difieren esencialmente en cuanto a su dimensión psíquica, lo que justifica desde el principio la diferencia de tratamiento. Karin Michaelis no nos ofrece tanto un retrato individual como un estudio de la vejez en general. Nielsina, que es una mujer simple, primitiva, no posee la dimensión de destino individual y de tragedia personal que presenta Róża en La Extranjera. Su destino es más típico, más general. Bajo este ángulo, la novela adquiere la importancia de un documento humano, precioso en tanto que cuadro de la patología de la vejez.

Nielsina ha sobrepasado el número de años más allá del cual ya no le damos la misma importancia a las manifestaciones vitales, y dejamos de considerarlas en sí mismas, para interpretarlas como síntomas de un estado: como hacemos con el comportamiento infantil; una frontera donde el ser encuentra la irresponsabilidad de sus actos, y como una segunda inocencia. En el despertar de esa inocencia, vemos a la anciana desplegar toda la plenitud de su egoísmo senil, de su vanidad, de sus tiránicas extravagancias, con toda la gama de vulgares infantilismos. Lo hace más fácilmente porque en su feliz pa- tria la vejez es tabú, y, además, vive rodeada de la protección más tierna e indulgente. A veces, casi vemos a su hija orgullosa de ese espécimen de despotismo senil, conservado a fuerza de tolerancia y paciencia, hasta el punto de sentir una cierta vanidad. Atisba con amor y constata con emoción esos momentos de hipertrofia caricatural de la vitalidad, detrás de la cual se deja ver sin embargo la ruina de una personalidad antaño honesta, activa, lúcida y sólidamente enraizada en la vida.

La indomable anciana es la querida desesperación de Karin Michaelis. Nielsina no deja que se abra paso en su conciencia el hecho de que su hija sea ya una mujer de edad madura, una escritora de renombre en Europa, que ha demostrado que merece su independencia. La anciana, para sentirse feliz, tiene necesidad de creer a su hija fracasada, estúpida e insensata. Persiste en esa ficción, y pretende mantenerla contra cualquier verosimilitud, y contra los testimonios universales de admiración y respeto. No cesa de deplorar la mala costumbre de escribir que tiene la pobre Karin, manía fatal que no le aportará más que disgustos y la hostilidad del mundo. Su hija es –a sus ojos– un ser solitario al que sólo la protección maternal puede salvar de un desastre definitivo. A cada momento, examina sus orejas para ver si están limpias, la corrige y reprende, se burla de su torpeza y no oculta que tiene poca estima por su belleza. No sabemos hasta qué punto se toma en serio esa ficción, pero ésta cohexiste de manera oscura con la conciencia que de verdad tiene de la situación mundana y real de su hija; y Nielsina se alegra en el fondo de un éxito que, de alguna manera, cree que también a ella le pertenece.

Su hija soporta con una paciencia de ángel la autocracia doméstica de la anciana, que dispone de todo sin su permiso, vende cuadros y muebles preciosos cuando no le gustan y regala las joyas de Karin. Incluso un día, en un acceso de ese humor involuntario que tienen los ancianos, le aconseja a su hija que redacte un testamento, en vista de que podría morir pronto, y se extiende sobre la manera en cómo ella gastaría sus bienes.

Esta despierta anciana posee todavía la curiosidad de una joven por la vida. A menudo parece que más bien fuese ella la hija exuberante de Karin, o una hermana menor un poco salvaje. Como ha sobrepasado una cierta frontera temporal, se siente de alguna forma del otro lado de la muerte, y en una nueva pero ilusoria juventud, lo que la empuja a locas iniciativas, a esfuerzos físicos de una perfecta imprudencia, que terminan siempre de manera lamentable.

A través de esta imagen superficial de una mujer ingenua, instalada en una paradójica vitalidad de anciana, aparece una capa más profunda de la personalidad, donde esos síntomas adquieren otra coloración. La autora desvela la extraña ambigüedad de ese optimismo de anciana, y nos muestra su lamentable reverso. Ese renuevo de vitalidad antes de la muerte es el producto de una compensación, una resistencia desesperada de las fuerzas de la vida ante la amenaza de la descomposición. Se dibuja finalmente, a través de los numerosos trazos de la observación realista, el mito vital que está en el centro de esta biografía. Ese mito personal de la anciana es el de un pacto privado con el destino, de una cierta alianza con la felicidad, que la mantendrá bajo la protección divina. Cuando ese mito se hace trizas a causa de la muerte en el extranjero de la bella Harriet, su hija querida, la anciana lo recompone como puede adoptando la ficción de un hermoso final sin dolor, como le sugiere su entorno. En el alma de esta increíble anciana, la idea de una muerte dulce y buena ha ocupado desde hace tiempo el lugar que ocupaba el deseo de la realización vital. Ella sueña así con tener después de la muerte, en su tumba, a todos sus hijos en torno a ella: y esta idea de la vejez como prolongación de la maternidad ultra-tumba es a la vez justa, profunda y terrible. Sin embargo, la última fortaleza del mito se derrumba. Poco a poco Nielsina, por ciertas presunciones, accede a la terrible verdad: Harriet murió de una muerte horrible y trágica, después de varias tentativas de suicidio. Esta revelación hace vacilar los fundamentos de su mito, y la rompe también a ella.

El efecto definitivo es el de un retrato de una gran audacia, ni embellecido ni travestido. La autora no justifica nada, no explica nada, no disculpa nada. Su amor por la vida es tan grande como para abrazar y superar todos las vueltas, errancias y astucias de esta fuerza vital, de esta heroica voluntad de ser y subsistir a pesar de todo: y acompañarlas con una profunda simpatía incluso allí donde se hace ambivalente y vergonzosa. Esta aparente falta de piedad es –por el contrario– una compasión profunda, generosa y vasta, un desmentido del complejo maternal y su asunción en el plano de un humanisno verdadero.

Para volver a la comparación con La Extranjera, hay que reconocer que la escritora polaca se ha propuesto una tarea más ambiciosa, de mayor alcance y universalidad. Kunce- wiczowa consigue, además, dinamizar su retrato de madre, dramatizar su análisis, otorgarle movimiento a su estudio y a sus descubrimientos en el terreno psíquico, por medio de un cierto tipo de acción novelesca. Así, le ha conferido a la imagen una tercera dimensión: como es el proceso histórico y el desenlace del complejo. Para lograrlo, ha debido escarbar en todo su pasado, introducir en el retrato la dimensión de la biografía. En la escritora nórdica, se siente la falta de esta tercera dimensión. El tejido novelesco se desarrolla en el plano uniforme del presente. La narración no tiene un centro en el que los episodios se articulen y que los unifique. Así, pues, falta esa respiración que facilite la lectura de la obra, de manera que en muchos pasajes amenaza el estancamiento: con la univocidad de un diálogo infinito. Ese efecto proviene en parte, igualmente, por la diferencia de agresividad intelectual en las dos escritoras. Kuncewiczowa muestra más mordiente hacia el lector, se impone más a él, lo guía, lo deslumbra, lo sorprende con los distintos niveles y las superposiciones del análisis. La escritora danesa se pone de alguna manera a la defensiva, no ataca, porque ella cuenta con la agresividad del lector y sus propias reacciones afectivas e intelectuales. Ella misma se abstiene de cualquier intervención, para ofrecer –diríamos– un material en bruto, como en una cura psicoanalítica, con todas sus contradicciones no resueltas: confiándole al lector el cuidado de integrarlas y organizarlas en una síntesis completa, para definir un carácter. Reuniendo numerosas observaciones sintomáticas, produce por inducción ese efecto de una perspectiva infinita en el alma humana, que Kunce- wiczowa obtiene levantando para el lector la audaz superestructura de su construcción psicoanalítica. Más rica en movimientos líricos y dramáticos, La Extranjera nos turba más profundamente, nos arrastra y nos conmueve, mientras que Karin Michaelis no conoce nada de esas alturas y esos vuelos. Los sentimientos, en ella, están como repartidos entre las moléculas del cuerpo novelesco, formando la atmósfera unificada de simpatía y de tierna emoción que penetra el libro entero. La Extranjera despliega una mayor energía intelectual, un mayor aporte espiritual, una apuesta sentimental más fuerte; en una palabra, es un libro de un mayor peso específico. Pero encontramos en la obra danesa, ciertamente más simple, más pobre, menos refinada, algo que la hace superior en el plano de una forma de cultura y de un clima moral, el que está ligado a la idea general de una cohexistencia entre los humanos. El hecho de que precisamente su autora no tenga necesidad de refinamientos narrativos, que los problemas –análogos– se resuelvan en ella de una manera más simple y natural, sin patetismo y sin recurrir a una hermenéutica, es una superioridad: aunque obtenida –podríamos decir— sin mérito, recibida en herencia por el hecho de pertenecer a una sociedad espiritualmente más sana y feliz.


Primera edición:
Pion, nº 35, 1937 [otra reseña de La Extranjera, de Maria Kuncewiczowa; esta vez Schulz hace una comparación con la obra El corazón de mi madre, de la escritora danesa Karin Michaelis (1872-1950), traducción de Zofia Julińska, editorial Nowe Wydawnictwo, Warszawa 1937]

Reimpresión:
Bruno Schulz, Proza p. 354-358.


[Bruno Schulz En la misma línea de llegada en: Ensayos críticos, Maldoror ediciones, Vigo 2004, 147 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





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