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A Georges Rosenberg


Georges (Grégoire) Rosenberg (alias Gregory R. Marshak; 1903-1984), hermano de Maria Rey-Chazen (alias Chasin), una amiga de Schulz que se había instalado en París.


73

Floriańska, 8; 28 de agosto 1938

Querido señor(1),
Estoy emocionado por lo que considero como un precioso testimonio de su amistad, una prueba de la delicada atención que me dispensa. Le doy las gracias de todo corazón y le quedo reconocido por dedicarme lo mejor de su tiempo y su persona: ¿debo confesar que quedé encantado del tiempo que pasamos juntos? Su sutileza, aliada a su generosidad, esa mezcla de libertad y disciplina, de independencia y moderación, me ha fascinado literalmente. Ese encanto aún se hizo más perceptible cuando creí adivinar, en el fondo, una especie de discreta bondad que usted se esforzaba en contener.
Discúlpeme si intento, muy torpemente, analizar un fenómeno por excelencia homogéneo, irreductible e indefinible. Individuum est ineffabile; pero eso es una especie de deformación profesional: ¿no se siente el escritor obligado a descomponer, a analizar, a comentar sin pausa lo que ve? Además, no nos hemos privado de nada en esas noches parisinas; no retrocedimos ante ningún desafío; como todos los espíritus libres, no dudamos en derribar los obstáculos que podía oponernos el aspecto equívoco, escabroso o vergonzoso de ciertos fenómenos. ¿No es ese, además, el postulado del humanismo? Se trata, en el fondo, de humanizar toda la esfera vital, conseguir que haya cada vez menos elementos que escapen a la luz del pensamiento, y se hurten a la expresión. Porque nosotros somos casi enteramente dueños de lo que llegamos a expresar. Me gustaría volver a la maravillosa facilidad con la que nos entendimos desde el primer momento. Explico este fenómeno por las convicciones humanistas que creaban entre nosotros una especie de complicidad. Es esa especie de plataforma común de humanismo la que nos ha servido de trampolín; en cualquier momento nuestros pensamientos podían referirse a esa fuente, a esa instancia suprema.
Gracias a su tacto –que también es un producto del humanismo– nuestras charlas no han salido nunca del marco de una cierta objetividad. Siendo completamente privadas, nunca llegaron a ser íntimas. En cada momento supimos detenernos antes de que las mismas llegasen a las fronteras de nuestro intelecto; es por lo que, al no haberse agotado nuestra curiosidad, sentimos el deseo de continuarlas. Me parece que hubiésemos llegado a mantenernos aún mucho tiempo en ese estado de tensión intelectual. Espero que tendré la posibilidad de desarrollar una relación que se anuncia tan rica e interesante. Aún no le hablé de nuestro encuentro a Maria(2), tengo que responder a su última carta. A la espera de sus noticias, le ruego que crea, Señor, en mis mejores sentimientos.

Bruno Schulz

P.-S. Ahora me doy cuenta de que sólo anoté su número de teléfono.


NOTAS

1. Fue en 1938 cuando Georges Rosenberg conoció a Schulz durante su estancia de cuatro semanas en Francia. En una carta a J. Ficowski, escribe: “La estancia de Schulz en París fue breve, no pude verlo con frecuencia dados mis constantes desplazamientos. Pero nos sentíamos muy cercanos uno del otro; lo recuerdo como a un ser de gran riqueza intelectual y un verdadero mago del verbo, que sabía arrastrarme a las cimas inexploradas del psiquismo y las motivaciones humanas, al mismo tiempo que penetraba en los rincones más oscuros de nuestra sensibilidad. Era tímido, y a veces parecía como asustado (...), extremadamente sensible al encanto femenino, también era de una infinita delicadeza. Pasamos toda una noche en uno de los cabarets de Montmartre más elegantes de la época –el Casanova–, no lejos del cementerio donde está enterrado Heinrich Heine. A Schulz le conmovió el encanto, la elegancia y vestimenta de las mujeres con sus “vertiginosos” escotes. Aún no se daba cuenta de que alguna de aquellas mujeres le hacía proposiciones “comerciales”. Me preguntó con timidez si podía acariciar el brazo de nuestra vecina de mesa quien, al parecer, no veía inconveniente en ello. Aquel contacto le emocionó. Comprendí que estaba prisionero de sus propios fantasmas y no era un hombre feliz. Y, sin embargo, nos dominaba totalmente por la riqueza de su inteligencia, de su pensamiento y poesía.”

2. María Rey-Chazen (Chasin), célebre pianista, amiga de Schulz, que residía en Łódź. Al comienzo de la ocupación alemana, consiguió huir al oeste tras haber ocultado las cartas de Schulz. Después de la guerra se instaló en Nueva York, donde murió en los años 70.




[Bruno Schulz A Georges Rosenberg en: Correspondencia, Maldoror ediciones, Vigo 2008, 185 p.
Traducción: Jorge Segovia y Violetta Beck]





Prólogo de Jerzy Ficowski

A Ostap Ortwin

A Stefan Szuman

A Arnold Spaet

A Maria Kasprowiczowa

A Julian Tuwim

A Tadeusz y Zofia Breza

A Rudolf Ottenbreit

A Zenon Waśniewski

A la redacción de Sygnały

A Jarosław Iwaszkiewicz

A Wacław Czarski

A Władysław Zawistowski

A Stanisław Ignacy Witkiewicz

A Kazimierz Truchanowski

A Witold Gombrowicz

A Andrzej Pleśniewicz

A Mendel Neugröschl

A Mieczysław Grydzewski

A Georges Rosenberg

A Ludwik Lille

A Romana Halpern

A Marian Jachimowicz

A Tadeusz Wojciechowski

A Anna Płockier

Cartas dirigidas a las instancias superiores...


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